Las cartas de mi juego: Naipe Nº 19, El cuenco de arroz
La pobreza y la austeridad como el camino seguro hacia la libertad

Comprar, poseer, aburrirnos, comprar, poseer, aburrirnos, comprar… ese es el juego que nos ofrecen. Tarjetas de crédito, facilidades…para acabar: endeudados. Esa es la trampa. Porque en ese momento ya nos tienen cogidos por las partes nobles. Hemos dejado de existir como seres libres: ya sólo somos esclavos.
Cuantas más deudas tengamos (hipoteca, plazos del coche, plazos del ultimo viaje a……..) menos libres somos. Tenemos que aceptar las condiciones de trabajo, de comportamiento que nos imponen, aunque no estemos de acuerdo con ellas. No podemos revelarnos, defender nuestros intereses, ya que si nos dejan en paro a ver quien va a pagar la casa y la comida. Por eso el budismo plantea que es esencial romper con las cadenas de la vida cotidiana de esclavitud para poder avanzar hacia la liberación.
También el cristianismo hizo énfasis en otro aspecto de la pobreza: “es más difícil que un rico entre en el reino de los cielos que un camello pase por el ojo de una aguja”. Dedicados a atesorar objetos nos convertimos en cerdos que hincamos el hocico en la basura. No podemos mirar el resto de lo que nos rodea porque la mierda nos lo impide. Quizás no hemos comprendido que ese “reino de los cielos” puede ser la felicidad en este mundo: desprenderse de todo para ser uno con lo demás, y uno con uno mismo: ser verdaderamente libre.

“Me llamo Lester Burnhan
Éste es mi barrio
Ésta es mi calle
Ésta es mi vida
Tengo cuarenta y dos años; en menos de un año
habré muerto.
-Suena un despertador
Claro que eso no lo sé aún.
Y en cierto modo ya estoy muerto.
Aquí me tienen cascándomela en la ducha
Para mí, el mejor momento del día
A partir de aquí todo va a peor.
Ésta es mi esposa, Carolyn.
Se han fijado que el mango de las tijeras de podar,
hace juego con sus suecos.
No es casualidad…
…Sólo con verla me agoto.
No siempre fue así.
Antes era feliz. Éramos felices…
Tanto mi mujer como mi hija piensan
que soy un gran perdedor y tienen razón
He perdido algo
No estoy seguro de lo que es,
pero nunca me he sentido tan apático
Pero saben,
Nunca es tarde para recuperarse
American Beauty

Al salir de este sueño lo invadió un profundo sentimiento de tristeza. Fútil pareció su vida pasada, carente de valor y de sentido; nada vital, nada que fuera de algún modo precioso o digno de ser conservado le había quedado entre las manos. Se encontró solo y vacío como un naufrago en una playa desierta.
Sombrío se dirigió Siddhartha a uno de sus jardincillos, cuya puerta cerró tras de sí, y se sentó bajo un árbol de mango, sintiendo la muerte en su corazón y el terror en su pecho. Y entonces noto que algo se moría en él, marchitándose y llegando a su fin. Poco a poco logró concentrarse y, mentalmente, volvió a recorrer todo el camino de su vida, desde los primeros días de los que guardaba memoria. ¿Cuando habla sentido realmente una dicha autentica, una verdadera voluptuosidad? Oh sí, la había sentido varias veces en sus años juveniles: al recibir elogios de los brahmanes, al superar con creces a los demás muchachos de su edad en la recitación de los versos sagrados, en las discusiones con los sabios y mientras ayudaba a realizar sacrificios. Una voz le había dicho entonces en su corazón: «Ante ti se abre un camino para el que has sido elegido. Los dioses te aguardan».
Y, siempre en su juventud, cuando la meta cada vez más alta de sus reflexiones lo elevaba por encima de quienes compartían sus aspiraciones, cuando se afanaba y torturaba por descifrar el sentido de Brahma, cuando cada conocimiento adquirido no hacía más que renovar su sed de instruirse, allí, en medio de aquella sed y de aquellas torturas, había vuelto a escuchar la misma voz: «¡Adelante! ¡Adelante! ¡Tú eres el llamado!». La había escuchado cuando se fue de su casa para adoptar la vida de samana, y volvió a oírla cuando dejo a los samanas por aquel Ser Perfecto, a quien también abandono para lanzarse a la aventura. Mas ¡cuanto tiempo llevaba sin oír aquella voz ni ascender a cumbre alguna! ¡Qué camino tan árido y llano había recorrido en esos largos años, sin sentir aquella sed de aspiraciones nobles y sin proponerse una meta elevada, contentándose con placeres mezquinos que, sin embargo, nunca lo satisfacían! Todo aquel tiempo se había esforzado, sin él mismo saberlo, por llegar a ser un hombre como los demás, como esos niños grandes, sin otro resultado que un mayor empobrecimiento de su propia vida, más miserable ahora que la de ellos, cuyos objetivos e inquietudes eran muy distintos de los suyos. Pues, para él, todo ese mundo no había sido más que un juego, un baile que uno observa desde lejos, una comedia. Sólo había amado y apreciado a Kamala… pero ¿acaso la seguía queriendo? ¿La necesitaba todavía, o ella a él? ¿No estaban jugando a un juego infinito? ¿Era necesario vivir para ello? ¡No, desde luego que no! Aquel juego se llamaba sansara: un juego de niños que quizá fuera agradable jugar una, dos o diez veces…, pero ¿siempre, siempre?
Y entonces supo Siddhartha que el juego había terminado y que él ya no podría volver a jugarlo. Un estremecimiento sacudió su cuerpo: algo en su interior, sintió de pronto, había muerto.
Pasó todo aquel día sentado bajo el mango, recordando a su padre, a Govinda, a Gotama. ¿Los había abandonado a todos para convertirse en un Kamaswami cualquiera? Aún seguía sentado cuando cayó la noche. Al levantar la mirada y ver las estrellas, pensó: «Heme aquí sentado en mi jardín, bajo mi mango». Sonrió ligeramente. ¿Era justo y necesario poseer un mango y un jardín? ¿No era acaso un juego absurdo?
Aquella misma noche abandono Siddhartha su jardín y la ciudad, a la que nunca más volvió





ser alcanzado con la mente ni sin ella. Las palabras no pueden contenerlo ni el silencio abarcarlo. Lo principal es que el individuo adquiera una fe sólida y pueda contemplar directamente el estado previo a toda concepción, el estado anterior a toda diferenciación.
¿Por qué? …


