La vida como laberinto

 

Para el común de los mortales:

Si miramos hacia atrás

 

Si miramos hacia delante

 

Para los que actúan y luego reflexionan:

Si miran hacia atrás

Si miran hacia delante

 

Para los indecisos:

Si miran hacia atrás

 Si miran hacia delante

 

 

Para los deterministas:

 Si miran hacia atrás

Si miran hacia delante

No soy yo,

 

pero soy el Otro de mis sueños.

 

Me costó lo suyo, pero al fin he obtenido los frutos de mi esfuerzo: ya no soy yo: soy otro. Pero no otro cualquiera, no: Soy un otro a mi gusto. Quizás sería  más exacto decir que Otro según mi interés.

El trabajo ha sido duro pero ha merecido la pena. Es cierto que apenas me reconozco en el espejo, que cuando hablo las palabras suenan en mi cabeza como las de un extraño, que tengo que hacer un esfuerzo agotador para que no emerja algo fuera del papel…pero solo es el pequeño precio del éxito. Ahora pertenezco  al cogollito de la sociedad.

Gracias a las duras jornadas en el ambiente irrespirable del gimnasio (abdominales, brazos, spinning, pesas, anabolizantes, charlas absurdas, chiflados del sudor…) he construido una fachada magnifica.

Atrás quedan horas de correr sobre el asfalto, sobre tierra, en invierno, verano, calor, lluvia, polución, los faros de los coches distraídos. El espejo ya no muestra a aquel ser endeble de hombros caídos, con mirada cansina y barriguita fofa. Ahora la imagen que me devuelve parece más alta, con músculos definidos y mirada desafiante.

Las mujeres me admiran y los hombres me respetan.

Mi piel es tersa, sin rastro de los pelos lobunos. Las piernas son suaves al tacto. El pecho es terso y brillante (el dolor de las depilaciones han resultado compensados con creces). El pecho lobo se ha reconvertido en un tórax helénico. Ahora me siento seguro en los espacios cortos.

Ni que decir tiene que “voy de marca” hasta los calzoncillos: no se puede descuidar ni el más leve detalle en la lucha humana. Cuesta lo suyo, pero lo vale. Desnudo y vestido marco las diferencias. Por supuesto que también he cambiado mi olor corporal: no puedo salir a la calle sin O´DeChotas.

Mis pensamientos anteriores han quedado sepultados por un alud de positividad. Solo pensamientos positivos: se muere el perro, que alegría; me despiden del trabajo, que feliz; tengo una enfermedad grave, que ilusión…

“Todo depende de ti” me ha inculcado mi psicoach personal. “La realidad es inmutable, la vida es así, siempre el currante es el paganini, siempre habrá listos y tontos, ricos y pobres (acuérdate la canción Everybody Knows de Cohen: …the war is over…The poor stay poor, the rich get rich). No cambies la realidad, cambia tus pensamientos”. Sus palabras resuenan en mi mente a cada paso. Representan los nuevos mandamientos de mi vida.

Mis emociones no me dominan: tristeza, pasión, rabia, vergüenza, el miedo…Para algo están los antirecaptadores de la serotonina. Navego por la vida fríamente,  solo los objetivos (mis objetivos) marcan mis pasos. Por fin soy inmune al dolor ajeno. Soy libre.

Que delicia engañar a la viejecita que viene a solicitar la pensión. Pero sobre todo, decirles a los que me piden que interceda por ellos lo que quieren oír sabiendo que es mentira…

Ahora puedo ser de uno en el trabajo, otro con mi mujer, otro con mi amante, otro cuando hablo con alguien, otro cuando se va…sin que chirríe nada dentro de mí.

En el final del esfuerzo nada que envidiar a la Marquesa de Merteuil: le gano en que no me guía la venganza de género, pierdo en que soy esclavo de la opinión de los demás.

Soy el fiel reflejo del exterior. Soy la Nada envuelta en papel de celofán. Soy un producto de estantería de imagen apetecible.  Soy una realidad construida desde la banalidad para la banalidad. Casi he conseguido ser el psicópata perfecto que los demás me demandan. Qué más puedo pedir. Nada que pensar, nada de culpabilidad, nada de nada: solo el placer de la alabanza.

Cuan lejos queda aquel petimetre que fui, con sus versitos, sus libros de filosofía barata, preocupado por los demás ¡Cuántas tonterías!

Hoy soy concejal (aún no de urbanismo, pero todo llegará), vivo del sudor ajeno. No huelen a disfrute, no saborean mi éxito desde su ética trasnochada. Se que les doy envidia. Que le vamos a hacer.

No soy yo, pero soy el Otro de mis sueños.

                                                                        

4, Recta acción

 

Se dice que el camino de la liberación es octuple

 

4. Samma kammanta (recta acción). Esto implica mu­cho más que el mero cumplimiento de los preceptos:

 

1. Me comprometo a abstenerme de hacer daño a seres vivientes.

2. Me comprometo a abstenerme de tomar lo que no se me ha dado.

3. Me comprometo a abstenerme del mal uso de mis sentidos.

4. Me comprometo a abstenerme de palabras inconvenientes.

5. Me comprometo a abstenerme de tomar drogas o bebidas que ofusquen la mente.

En las primeras etapas de la práctica del sendero el cumplimiento de los preceptos probablemente requiera un esfuerzo tal que quedara poca energía para continuar en el desarrollo de la recta acción. Poco a poco, sin embargo, conforme se debilitan las costumbres impuras y empezamos a formar algunas vir­tudes positivas (Dejar de hacer el mal, aprender a hacer el bien, purificar la mente), se pueden consi­derar las posteriores implicaciones del samma kammanta.

Recta acción es cualquier acción procedente de una mente no obstruida. Mientras que la moralidad, en el sentido usual de la palabra, puede ser practicada por quien desconozca los motivos que se esconden tras esa manera de comportarse, la recta acción es imposible sin una, comprensión clara y profunda.

Introducción al budismo.

H Saddhatissa

 

La simple moralidad es esclavizarse a un recetario de normas que se nos imponen desde el exterior. Normas que cumplimos por tradición, por mimetismo…aunque somos conscientes que muchas veces son ajenas a nuestra manera de sentir.  La moral que aceptemos tiene que ser una conquista y nunca una imposición; deben ser unos preceptos que sean guía del camino de  felicidad para nosotros y los que nos rodean.

Nuestra conducta, nuestras acciones son las que realmente muestran nuestra verdadera identidad, pues están ancladas en los esquemas más profundos de nuestra mente. Esquemas que dominan nuestra conducta en el momento de enfrentarnos a la vida diaria. No son nuestros pensamientos o nuestras palabras la que nos definen, sino nuestro comportamiento: “Por sus hechos los conoceréis”.  

Para cambiar nuestra manera de actuar no basta con pensarlo, hay que trabajar día a día para que nuestros automatismos dejen su lugar a un comportamiento ligado a nuestra verdadera intención: hacer el bien, ser justos. Tenemos que luchar contra viejos instintos y debilidades. Fortalecer la mente para poder actuar de acuerdo a nuestros verdaderos deseos.

El transcurso del tiempo social

Pirámide social siglo XIX

Pirámide social siglo XXI

Los diez mandamientos para enfrentarse al miedo: Séptimo mandamiento (II)

 

¿Tienen los miedos algún sentido oculto?

 

Para algunas personas las fobias tienen un sentido: estas son un mensaje de nuestro inconsciente que nos alerta de los problemas que no hemos solucionado en la vida. Un poco como ocurre con “la interpretación de los sueños”, en la que cada sueño tiene un determinado significado. En el caso de los sueños se ha demostrado que esta visión es errónea, y lo mismo sucede con las fobias. En este aspecto, la psicología ha abusado mucho de este tipo de reflexión, en detrimento de enfoques más eficaces.

 Las secuelas del psicoanálisis lacaniano Y la moda de los juegos de palabras a modo de reflexión psicopatológica han aportado muchos errores al mundo de la psicología. De ahí que un gran número de fóbicos haya sido víctima del diván, a veces durante muchos años.

Me acuerdo de una paciente que presentaba miedo a asfi­xiarse. Un psicoanalista al que había ido durante muchos años le había dicho que su fobia se debía a que había vivido “alguna experiencia muy difícil de asimilar”. Observemos que el no arriesgaba nada al afirmar tal cosa, pues ¿”qué ser humano no ha vivido “experiencias difíciles de asimilar”? La paciente había buscado en vano siguiendo esa pista, sin ha­llar ninguna mejora.

Esta es una historia que contaba mi amigo el psicólogo Jacques Van Rillaer: «En la época en la que trabajaba en un centro de psicología clínica de tendencia psicoanalítica, una estudiante vino a la consulta de uno de mis compañeros con la esperanza de superar su miedo a los exámenes. Desde la primera visita el psicoanalista le había explicado que su mie­do a los exámenes se debía a su miedo a la masturbación. Su argumento se resumía en una frase: “El miedo a los exámenes es el miedo al sexo en solitario”. Desconozco si esta bri­llante interpretación permitió a la paciente masturbarse sin sentirse culpable y obtener así su diploma».

A una de mis amigas que tenía un miedo incontrolable a las arañas, un terapeuta le dijo que su fobia no era más que una representación de su angustia frente al sexo opuesto: os­curo y velludo.

No hace mucho vino a mi consulta una joven que tenia pánico a que se le escaparan las heces en un lugar publico, miedo bastante frecuente en algunos fóbicos sociales gra­ves. También había padecido interpretaciones salvajes des­de su segunda (¡Y última!) sesión con un psicólogo que le había dicho: « ¿Se desprecia usted hasta el punto de llegar a cagarse encima?». El efecto terapéutico fue nulo. Como re­vancha se había negado a ir a consulta durante seis años, con­vencida de que todos los psicólogos se parecían a aquel te­rapeuta, lo cual es absolutamente falso, tanto en lo que se refiere a los psicoanalistas serios como a las otras escuelas de psicoterapia.

Esta visión de la fobia como traducción de un conflicto in­trapsíquico supone uno de los pilares de la teoría del psicoanálisis. Aunque sea poco funcional en la terapia, su di­mensión poética y misteriosa ha contribuido a su gran éxito gracias a muchos escritores cuyo talento ha permitido que lle­gara a popularizarse. En la novel a La peur, el escritor Stefan Zweig, muy influenciado por las teorías psicoanalíticas, des­cribe las angustias fóbicas de Irene Wagner, una burguesa adúltera: «Cuando Irene salía del apartamento de su amante y bajaba la escalera, de nuevo un miedo súbito e irracional se apoderaba de ella. Una peonza negra giraba ante sus ojos, las rodillas se le anquilosaban y se veía obligada a agarrarse a la barandilla para no caerse de bruces… Fuera le esperaba el miedo, impaciente por arremeter contra ella y que le comprimía el corazón de tal modo que desde los primeros escalones ya estaba sin aliento… ¿Crees… que siempre es el miedo…lo que paraliza a la gente? ¿No será a veces… la vergüenza… la vergüenza a abrir el corazón… a desnudarlo ante todo el mun­do?». Según Zweig, la culpabilidad de Irene era el origen de todas sus enfermedades fóbicas.

También es posible que este enfoque sea válido en algu­nas ocasiones. Pero parece que se aleja mucho de ser la nor­ma general. El problema es que si empezamos a investigar sobre las causas de los conflictos intrapsíquicos pronto en­contraremos docenas. Por una parte, estos conflictos pueden desempeñar un papel no específico, aunque sean un factor global de estrés, sin que se les haya de atribuir forzosamente un simbolismo. Si una persona fóbica tiene problemas conyugales o sexuales, no hay nada que pruebe que éstos sean el origen de sus miedos

 

Psicología del miedo

Christophe André

Los diez mandamientos para enfrentarse al miedo: Séptimo mandamiento (I)

 

7. Reflexione sobre su miedo, su historia y su función, ¡pero no se pierda por el camino!

 

Durante mucho tiempo las soluciones propuestas por los terapeutas en cuestión de grandes miedos han sido siempre las mismas: «vamos a reflexionar sobre su pasado». Para muchos de los pacientes fóbicos que visitamos en nuestro hospital, las terapias que habían seguido antes, a menudo se limitaban a “hablar de la infancia”, con lo que habían conse­guido muy pocos beneficios para vencer sus miedos.

 Nuestro pasado es sin duda importante para nosotros y para la comprensión de nuestros miedos. Pero se ha de hacer buen uso del mismo para trabajar la fobia: siempre es importante reflexionar, pero también lo es no obsesionarse, aho­garse o divagar.

 

Es importante reflexionar sobre la historia de nuestros miedos

En general, eso no basta para librarse de los miedos, pero puede ayudarnos mucho a aprender sobre los errores que nos han podido llevar a agravarlos para no volver a repetirlos. Esto también nos ayudará a no transmitírselos a nuestros hi­jos mediante la educación o la observación. La lucha contra los miedos siempre se gana en el presente: darle vueltas al pasado nunca es la solución para deshacerse de las fobias. Pero esto no significa que haya que olvidarlo por completo. Reflexionar sobre la historia de las fobias es pues una etapa útil, porque nos permite comprender como se instalaron y como -inconscientemente- las hemos estado manteniendo y alimentando. De todos modos, también hemos de tener presente que la historia que nos explicamos de nuestra fobia siempre es una reconstrucción incierta y aproximada. No es más que un conjunto de hipótesis explicativas; en materia de fobias, como de muchas otras cosas, a menudo preferimos dar explicaciones simples y coherentes. No obstante, la rea­lidad siempre es más complicada; ya hemos hablado de los orígenes múltiples de los miedos en el capitulo anterior.

 foto: Ricardo Pérez Fernández

 

¿Tiene ventajas ser fóbico?

En mis primeros años de práctica en psiquiatría, muchos de mis colegas que llevaban más años estaban más interesa­dos en la investigación de lo que llamaban “beneficios secundarios” de la fobia que en su tratamiento. Tal vez porque no dispusieran de métodos de tratamiento eficaces y por esa razón fueran más testigos que actores de la evolución de los miedos de sus pacientes?

El postulado básico de esta hipótesis de los beneficios se­cundarios consistía en suponer que existían más ventajas que inconvenientes en ser fóbico. El miedo excesivo permitía, por ejemplo, estar sobreprotegido o castigar a los allegados complicándoles la vida. Según este tipo de teoría, las muje­res agorafóbicas podían también, gracias a su fobia, tener siempre a alguien para que las acompañara a todas partes. In­cluso podían autoinmolarse en el altar de la agorafobia, per­diendo totalmente su autonomía para -inconscientemente -complacer a un marido celoso.

El hecho de haber recurrido sistemáticamente a este tipo de teorías les ha restado credibilidad. Concederles tanta im­portancia fue sin duda un error, como lo sería no concederles ninguna. A veces existen beneficios en ser fóbico, pero nun­ca he encontrado un paciente que no los hubiera cambiado por la dicha de una verdadera curación. Prudencia pues con los terapeutas obsesionados por la puesta al día de los famo­sos beneficios secundarios.

 

Psicología del miedo

Christophe André

3, Recto modo de expresión(recta comunicación)

 

Se dice que el camino de la liberación es octuple

 

3. Samma vaca (recto modo de expresión). No pres­tando atención a la mentira, ni entregándonos a ella, ni a la difamación, conversaciones groseras o frívolas, etcétera, podemos establecer un puente de unión entre «recto pensamiento» y «recta acción». El. samma vaca está libre de las afirmaciones dogmáticas, de las suges­tiones hipnóticas; es un instrumento mediante el cual podemos aprender y enseñar, ayudar y ser ayudados. Practicamos el recto modo de expresión cuando usamos la conversación como medio para llegar a las personas, para entenderlas y entendernos a nosotros mismos. Esta última frase puede parecernos superflua si la miramos superficialmente: ¿Para qué otra cosa, podríamos pre­guntarnos, podría usarse la conversación? Sin embargo, basta con sentarse en un tren o en un autobús y escu­char las «conversaciones» que tienen lugar a nuestro alrededor para darnos cuenta de que muy raramente son ejemplos de recto modo de expresión. La mayor parte de las llamadas conversaciones son una serie de entrecor­tados monólogos; cada miembro del grupo habla más o menos cuando le corresponde, pero no hay nadie que escuche o que intente responder.

La práctica de este tercer factor del sendero implica un cambio gradual (pero radical) en nuestro uso del lenguaje. En los tiempos en que se desarrollaba el óctuple sendero, la palabra hablada era el principal medio de comunicación; pero lo que aquí se expone como «rec­to modo de expresión» debería ser interpretado ahora como «recta comunicación», ya sea en forma de programa de radio o televisión, anuncios, periódicos, revis­tas o libros. El desarrollo del samma vaca debería lle­varnos a un gradual refinamiento de nuestro uso de todas las formas de comunicación. Nos daremos cuenta de la destructiva naturaleza de los anuncios hipnóticos de la televisión, de los artículos de prensa sensacionalistas y de la literatura escapista de toda especie. Nos daremos cuenta de los peligros, al igual que del inmenso valor potencial de la conversación.

Recto modo de expresión, por consiguiente, significa el uso de diversos modos de comunicación para promo­ver la búsqueda de la comprensión y del discernimiento.

Debería estar caracterizado no solamente por la sabiduría, sino también por la amabilidad. La persona que siga el recto modo de expresión no debería ser fácilmente excitable ni propensa al apasionamiento ni a intereses egoístas. Debería ser tal que no despertara las pasiones.

La persona de recto modo de expresión ha sido expli­cada por Buda de la manera siguiente:

 

Evita la mentira, habla la verdad. Donde quiera que se halle nunca miente a sabiendas, ni para su propio provecho, ni para el de otra persona, ni para conseguir cualquier ventaja. Evita contar historias imaginarias. Lo que ha oído aquí no lo repite allí, evitando causar discordia allí; y lo que ha oído allí no lo repite aquí, evitando causar discordia aquí. Así une a los que estaban divididos y a los que están unidos los estimula a seguir. La concordia le produce alegría, goza y se recrea en la concordia; y es concordia lo que propagan sus palabras. Evita las expresiones groseras. Sus palabras son amables, agradables al oído, cariñosas, palabras que van al corazón, corteses y afectuosas y que agradan a muchos. Evita la vana palabrería. Habla en el momento preciso, ciñéndose a los hechos, habla lo que es de utilidad, de la norma y de la disciplina; su conversación es como un tesoro, expresada en el instante preciso, acompañada de ar­gumentos, moderada y llena de significado.

Su modo de expresión es inofensivo, agradable al oído, ama­ble; que llega al corazón, cortes, grato y agradable a muchos. A este se le llama «el que tiene lengua de miel».

 

Introducción al budismo.

H Saddhatissa

Hizo un agujero en el tejado para que el bambú pu­diera seguir creciendo

 

El zen trata de actuar lo mejor posible. El problema es que normalmente no sabemos en que consiste ac­tuar lo mejor posible.

En lugar de ello nos apegamos a algún concepto sobre lo que esto significa. Tenemos ideas sobre lo que es bueno y lo que es malo y sobre lo que debemos o no hacer. Y luego nos fijamos unas metas y unos modelos con los que evalua­mos nuestro progreso.

Al hacerlo lo llevamos todo al territorio del ego: «Ac­tuaré lo mejor posible». «Triunfaré.» «Lo haré mejor que los demás.» Nos quedamos atrapados en los pensamientos y en la ambición personal, incluso con relación a la meditación, la sabiduría o la compasión. «Alcanzaré el estado del sin yo.» «Alcanzaré el nirvana.» Pero eso es ridículo.

Observa el estado mental que crea esta clase de pensa­mientos. Es tu mente codiciosa, apegada e interesada la que los crea. Esta fragmentada y agitada.

En el zen actuar lo mejor posible consiste en cultivar una mente que no cae en unas prácticas egoístas. En obser­var aquellas palabras y conducta tuyas que te separan, des­conectan de los demás o te hacen enfrentar con ellos, para evitarlas.

Ryokan, un monje zen y poeta japonés que vivió del 1758 al 1831, tenía una verdadera mente zen. Hay muchas historias sobre el -y algunas de ellas tienen varias ver­siones-, pero dos en particular muestran bellamente esta clase de mente.

Un día cuando Ryokan había salido de su cabaña, un ladrón entro en ella buscando algo que robar. Pero se decep­ciono al no encontrar nada de valor. Cuando estaba a punto ya de abandonarla, se topo con Ryokan.

Ryokan, apiadándose de él, le ofreció la ropa que lleva­ba. El ladrón sorprendido la tomo y se fue rápidamente.

Aquella noche, mientras Ryokan estaba sentado desnu­do fuera de su cabaña de paja, pensó mientras contemplaba la luna llena saliendo: «¡Pobre hombre, ojalá pudiera darle la luna que estoy contemplando!».

Aunque en esta historia la luna puede tomarse en el sen­tido literal, también hay que tener en cuenta que en el zen la luna llena simboliza la Iluminación. Pero aunque Ryokan deseara poder darle a aquel pobre hombre la mente de la Iluminación, era imposible, porque hemos de cultivarla en nuestro interior, nadie puede hacerlo por nosotros.

En otra historia, mientras Ryokan estaba sentado en su cabaña, advirtió que del suelo de tierra de debajo de la ve­randa brotaba una cana de bambú. En lugar de arrancarla, la dejó. El bambú fue creciendo hasta llegar al techo. Ryokan al verlo hizo un agujero en el tejado para que el bambú pu­diera seguir creciendo.

Actuar lo mejor posible es estar presente en este mo­mento y ver lo que esta ocurriendo. Es comprender que tu vida no es tuya, que en realidad es inseparable del Todo.

Ala mayoría de nosotros nos gusta creer que somos una entidad separada. Pero esta idea solo genera soledad, egoísmo, sufrimiento y dificultades. Sin embargo, al vernos de este modo -y al intentar mitigar el dolor que nos produce vivir así- consumimos una enorme cantidad de energía y de medios para cambiarnos a nosotros mismos, a los demás y al entorno, solo para intentar alcanzar nuestros intereses inmediatos. Mientras tanto, apenas vemos, o no vemos, como nuestras acciones afectan a los demás, y somos muy poco conscientes de que aquello que afecta a los demás tam­bién nos afecta a nosotros.

A nosotros nos resulta muy fácil mirar «allí» y reaccio­nar a como «aquello» «me» afecta negativamente. «¡No quie­ro que el bambú crezca allí!» «¡No quiero que las abejas ha­gan una colmena bajo el alero!» «¡No quiero ganar con mi inversión menos de un diez por ciento!» Y sin embargo, pocas veces tenemos en cuenta la cualidad de nuestra men­te o el impacto que tienen nuestras acciones en el mundo.

 

El budismo no es lo que crees

 Steve Hagen

 

fotos:

Leire Montero Arenas

Jeronimo B. Delgado

El pasajero de tercera clase debe sufrir (II)

 

Después de negar­les a los pobres lo necesario, les brinda a los ricos lo superfluo.

 

En los supermercados, vemos el mismo truco: productos que pare­cen haber sido empaquetados con el expreso propósito de transmitir mala calidad. Los supermercados a menudo producen una línea «económica» con la marca del supermercado, que tiene toscos diseños, todos iguales, ya se trate de limonada, pan o alubias en salsa. No cos­taría mucho dinero contratar a un buen diseñador e imprimir unos logotipos más atractivos, pero eso iría en contra del objetivo: el enva­se esta cuidadosamente diseñado para desalentar la compra de ese pro­ducto por parte de aquellos clientes que están dispuestos a pagar más dinero. Hasta los clientes que estarían dispuestos a pagar cinco veces más por una botella de limonada comprarán el producto más barato, a menos que el supermercado haga algún esfuerzo por desalentarlos. Por lo tanto, al igual que la falta de mesas en los vagones de tercera clase de los trenes y de los incómodos asientos en las salas de espera de los aeropuertos, el feo envase de los productos «económicos» está diseñado para asegurar que el cliente refinado se autofije los precios más altos.

Los ejemplos más sorprendentes provienen del mundo de los orde­nadores. Por ejemplo, la impresora láser de baja calidad LaserWriter E de IBM resultó tener los mismos componentes que la impresora de alta calidad LaserWriter de esa misma empresa, y la única diferencia era que en la versión más barata había un chip adicional que la hacia más lenta. La forma más efectiva para que IBM fijara el precio de sus impresoras con arreglo al cliente era diseñar y producir en masa una única impresora y luego venderla a dos precios distintos. Claro está que, para lograr que alguien comprara la impresora cara, debía hacer más lenta a la barata. Parece un verdadero desaprovechamiento del pro­ducto, pero aparentemente era más barato para IBM hacer esto que diseñar y fabricar dos impresoras completamente diferentes. Intel, el fabricante del chip, hizo una jugada similar al vender dos chips pro­cesadores muy parecidos entre sí a diferentes precios. En este caso, el chip de inferior calidad era realmente el más caro de producir: se obtuvo desactivando una de las funciones del chip superior, para lo cual debla hacerse un trabajo adicional.

  

El economista camuflado

Tim Harford

El pasajero de tercera clase debe sufrir (I)

 

Después de negar­les a los pobres lo necesario, les brinda a los ricos lo superfluo.

 

…Es mucho más caro viajar en primera  clase por tren o avión que viajar en los asientos de tercera clase, pero como el objetivo fundamental es transportar a las personas de A a B, puede que sea difícil sacarle mucho dinero a los pasajeros más acaudalados. Con el fin de fijar los precios de acuerdo con el cliente de una forma más efec­tiva las empresas tal vez deban exagerar las diferencias entre el mejor y de peor servicio. En realidad, no existe ninguna razón por la cual los vagones de tercera clase de los trenes no tengan mesas -como es el caso típico en el Reino Unido, por ejemplo-, salvo el hecho de que si así no fuera se correría el riesgo de que los potenciales clientes de primera clase pudieran decidir comprar un billete más barato al ver que cómodos se han vuelto los vagones de tercera clase. Por lo tanto, el pasajero de tercera clase debe sufrir. 

Existe un ejemplo famoso que se remonta a los comienzos de la era de los trenes en Francia:

La razón por la que algunas empresas ferroviarias tienen vagones de tercera clase sin techo y con bancas de madera no es que tendrían que gastar unos pocas miles de francos en la colocación del techo o en tapizar los asientos… Lo que las empresas intentan es impedir que los pasajeros que pueden pagar la tarifa de segunda clase viajen en tercera. Maltratan al pobre, no porque quieran lastimarlo, sino porque quieren amedrentar al rico… Y, otra vez, se trata de la misma razón por la cual las empresas, tras haber mostrado un trato casi cruel con el pasajero de tercera clase y tratado mezquinamente a los de segunda clase, es gene­rosa cuando se tratan de los clientes de la primera clase. Después de negar­les a los pobres lo necesario, les brinda a los ricos lo superfluo.

 La bajísima calidad de la mayoría de las salas de embarque de los aeropuertos del mundo entero es, sin duda, parte del mismo fenómeno. Si las salas de espera de uso libre y gratuito fueran cómodas, entonces las compañías aéreas ya no podrán vender los billetes de clase preferente en virtud de sus salas de espera «para ejecutivos». Y esto también explicaría por qué, algunas veces, los auxiliares de vue­lo impiden que los pasajeros de tercera clase desciendan del avión antes que los pasajeros de primera clase y de clase preferente. Este “servicio” no está dirigido a los pasajeros de la clase económica, sino a quie­nes miran con  lástima  y desdén desde la parte delantera del avión. El mensaje es claro: seguid pagando vuestros asientos caros o tal vez la próxima vez podrías encontraros a la espalda del auxiliar de vuelo.

El economista camuflado

Tim Harford

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