Borges y el blog: “Pecunia evanescere”

 

 

Fito el Napia, conocedor de primera mano del latín y el hebreo, me puso en la pista del “Pecunia evanescere” (Libro que yo atribuía al escritor romano nacido en Novara: Silio Cayo Albucio).

- Aunque ciertos autores medievales parecen apuntar tu tesis, la clave del origen de este texto lo encontramos en el tercer tomo de la Historia de Heródoto;  que sitúa su génesis en un mito de las costas de la Turquía actual.- Apuntó Fito sin despeinarse.

- Efectivamente.

Delante de las paginas del historiador griego, pude reconstruir (sin desdeñar algo de  imaginación) el extraordinario caso paranormal del dinero que se desvanece.

Heródoto narra la historia tal como se la contó un  sacerdote del templo de Baalbek .

En la ciudad de Tiro, el potentado Annibal Siqueo, ante la imposibidad de  afrontar el coste de naves y hombres en su creciente comercio con las factorías púnicas del mediterráneo, tuvo la brillante idea de vender participaciones de su negocio comercial entre sus conciudadanos. Cada vez que una flota era preparada para efectuar su ruta comercial sacaba participaciones para  que los pequeños ahorradores pudieran participar en la empresa. Cuando al cabo de los meses volvía la flota, las riquezas obtenidas (o perdidas) se repartían en función de las participaciones repartidas.

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 Annibal, viendo que este sistema le permitía incrementar de manera exponencial sus empresas comerciales: más dinero significaba más barcos, más hombres, fundar factorías más lejanas… Todo esto le permitió dar un nuevo salto: las participaciones no se emitirían con cada flota, sino que se remitirían al global de toda su empresa. O sea, al final de cada año  presentaba en el ágora el resultado de todos sus negocios y repartía ganancias o pérdidas.

Este modelo de negocio terminaría por ser copiado por todos los comerciantes de la ciudad de Tiro. Así los ciudadanos que habían comprado participaciones pasaban todos los días (no festivos) por el ágora para ver como iban sus dineros. Estos crecían o menguaban de una manera azarosa: lo que dio un cierto halo mágico a los movimientos del vil metal.

Se incrementaban la cantidad de negocios de la urbe con tales transacciones, al mismo ritmo crecía la cantidad de ciudadanos que vivía de tal práctica: Unos se dedicaban a aconsejar en las inversiones a los ignorantes ahorradores, otros se dedicaban a calificar las participaciones (si eran A, AA o AAA), otros mantenían las reglas en el ágora para que compra y venta fueran claras; otros para ampliar las riquezas empezaron a vender participaciones de las participaciones, otros participaciones de las participaciones de las participaciones…

1 1 Abaalbek2Tiro se convirtió en la joya del Mediterráneo oriental.

El pueblo compraba participaciones y luego se sentaba en la plaza para ver como éstas se multiplicaban. Compraban casas en el campo.  Podían ir al templo a disfrutar más a menudo de las prostitutas, incluso algunos se atrevían (sin saber muy bien para qué) a comprar pantallas planas del extremo oriente.  Puro placer, pura magia. Tan alucinante era el fenómeno que la gente que no disponía de dinero para comprar participaciones lo pedía en préstamo; nadie quería quedarse fuera del festín.

 Aumentaron los días de festejos. Los grandes comerciantes invertían cada año inmensas sumas de dinero en celebraciones multitudinarias. Atracciones venidas de los más alejados confines del mundo. Comida y vino se repartían por las calles a todos. El circo funcionaba la mayoría de los días de festejo. La atracción más deseada era: los Magos de Heliopolis : Elefantes o jirafas que desaparecían de la arena; bellas jóvenes que eran partidas en dos y vueltas a unir; …pero era el número de la caja multiplicadora la que enloquecía a la gente. Se seleccionaban al azar algunos espectadores, bajaban a la arena y se les invitaba a introducir las monedas que tuvieran en una bolsa dorada. Se cerraba y al momento se volvía a abrir: el dinero se había multiplicado por dos, por tres incluso por cuatro. Alucinante. Hasta los más incrédulos tenían que rendirse a la evidencia:

“El dinero tiene vida propia, no se sujeta a las leyes del universo”

Ya la gente no se preocupaba de ir a los puertos para oír las noticias de los marineros, 1 1 ABaalbekni sus cuitas por una vida cada vez más miserable. La vida y el dinero sólo bullían en el ágora. Los trajinadores de las participaciones comerciales y sus subproductos eran los nuevos chamanes de la vida. La riqueza parecía que brotaba de las losas del recinto. Eran los magos de la riqueza.

 Annibal Siqueo murió en plena explosión de la riqueza. Su nombre fue grabado en todos los lugares de la ciudad como: El multiplicador del oro. Aquí nació el mito.

El dinero se resistía a cumplir las humildes leyes de la naturaleza. Todo el mundo creía firmemente que sus monedas, llevadas al ágora, se multiplicarían al infinito.

Pero surgió un imprevisto, la recién fundada ciudad de Cartago empezó a apropiarse de las mejores de las mejores rutas comerciales. Los negocios ya no eran tan prósperos, incluso se hicieron ruinosos. La gente ya no recibía nada por sus inversiones. Sólo buenas palabras.

Un “run-run” recorría las calles de la ciudad: los negocios iban mal.

Ante el miedo, la mayoría de la gente intentó sacar su dinero para no seguir perdiendo. Pero gente sólo recibía evasivas: ahora mismo no hay liquidez; hay que esperar; esto era un mal momento. No se asusten, esto es meramente un ajuste pasajero…una cuestión de confianza

Y, pasando los días, descubrieron que la mayoría de los prebostes habían puesto pies en polvorosa.

Aquí surgió la otra cara del mito: “el dinero se desvanece”.

El sacerdote concluyó: “tenga siempre presente esta verdad: El dinero ni se crea ni se destruye, sólo cambia de bolsillo” .

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Aún en las tardes de invierno cuando sopla el gélido viento en las ruinas de la otrora joya del Mediterráneo, parece oírse un angustiante gemido:

 

“Que me devuelvan mi ahorros, ladrones”

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