CONSUMIR DEMASIADOS REFRESCOS Y DULCES DAÑA EL RENDIMIENTO INTELECTUAL II

 

El equipo de investigación estudió dos grupos de ratas que consumieron una solución de fructosa durante seis semanas. Uno de ellos recibió además un aporte de ácidos grasos omega-3, en forma de aceite de linaza y ácido docosahexaenoico (DHA), un ácido de la serie omega-3 presente, fundamentalmente, en el pescado y las algas.

“El DHA es esencial para la función sináptica, la habilidad de las neuronas para trasmitir señales de una a otra”, explica Gómez-Pinilla. “Es el mecanismo que hace posible el aprendizaje y la memoria. Nuestros cuerpos no pueden producir DHA suficiente, así que debe ser suministrado a través de nuestra alimentación”.

Antes de comenzar las pruebas, las ratas se alimentaron con pienso estándar y se entrenaron en un laberinto dos veces al día durante cinco jornadas. Los científicos observaron cómo se desenvolvían las ratas por el laberinto, que sólo tenía una salida, y colocaron puntos de referencia para ayudar a éstas a recordar el camino correcto. Seis semanas después, tras añadir fructosa a la dieta, los investigadores volvieron a someter a las ratas a la prueba.

“El grupo de ratas que había recibido ácidos grasos omega-3 salía del laberinto mucho más rápido”, explica Gómez-Pinilla. “Los animales que no habían recibido un aporte de DHA eran más lentos y sus cerebros mostraron un declive en la actividad sináptica. Sus neuronas tenían problemas para comunicarse, alterando la habilidad de las ratas para pensar con claridad y recordar el camino que habían aprendido”.

Las ratas que no recibieron DHA además desarrollaron señales de resistencia a la insulina, la hormona que controla los niveles de azúcar en la sangre y regula la sinapsis. Un examen en profundidad al cerebro de las ratas sugirió que la insulina había perdido gran parte de su poder e influencia sobre las neuronas.

Los científicos creen que la fructosa es la culpable del déficit de DHA en las ratas con disfunción cerebral. Comer demasiada fructosa podría bloquear la habilidad de la insulina para regular como las células usan y almacenan el azúcar. “La insulina es importante en el cuerpo para controlar el nivel de azúcar en sangre, pero podría jugar un papel distinto en el cerebro, donde parece corromper la memoria y el aprendizaje”, explica Gómez-Pinilla. “Nuestro estudio muestra que una dieta alta en fructosa daña también al cerebro.

Esto es algo nuevo”.El doctor Gómez-Pinilla cree que es conveniente mantener un reducido consumo de fructosa  y evitar en la medida de lo posible los productos con alto contenido en azúcares, sobre todo aquellos procesados con edulcorantes como el JMAF. Por otro lado, recomienda comer alimentos ricos en ácidos grasos omega-3 como salmón, arenques, anchoas o frutos secos, para alcanzar un aporte de DHA de un gramo al día. “Consumir DHA regularmente protege al cerebro de los efectos perniciosos de la fructosa”, concluye el investigador.

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CONSUMIR DEMASIADOS REFRESCOS Y DULCES DAÑA EL RENDIMIENTO INTELECTUAL I

Aviso para los estudiantes que preparan estos días los exámenes finales: consumir muchos refrescos y dulces durante más de seis semanas podría haceros más tontos. A no ser que acompañéis vuestra dieta con anchoas. 

Un nuevo estudio de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) llevado a cabo en ratones de laboratorio, muestra por primera vez como una dieta alta en fructosa ralentiza el cerebro y obstaculiza la memoria y el aprendizaje.  Hasta ahora se habían realizado investigaciones que relacionaban la fructosa con la diabetes, la obesidad y la esteatosis hepática, pero es la primera vez que se muestra como los dulcificantes influyen en el cerebro.  

“Nuestros hallazgos muestran que lo que se come afecta a lo que se piensa”, explica Fernando Gómez-Pinilla, profesor de neurocirugía en la David Geffen School of Medicnde de la UCLA. “Consumir una dieta alta en fructosa durante demasiado tiempo altera la habilidad del cerebro para aprender y retener información, advierte Gómez-Pinilla, pero “añadir ácidos grasos omega-3 a las comidas puede minimizar los daños”.

El jarabe de maíz, principal fuente de fructosa

El equipo de investigadores de la UCLA ha centrado sus experimentos en el jarabe de maíz de alta fructosa (JMAF), un edulcorante creado a partir de almidón o fécula de maíz. Se trata de un líquido barato, seis veces más dulce que el azúcar de caña, muy utilizado en la industria alimentaria para todo tipo de refrescos, condimentos, dulces e, incluso, comidas para bebés. Según el Departamento de Agricultura de los EE.UU, al que cita el estudio, un americano medio consume más de 18 kilos de este jarabe al año, pese a las intensas críticas que ha recibido por parte de nutricionistas y médicos.

Gómez-Pinilla deja claro que no pretenden atacar a la fructosa de las frutas, “que contiene importantes antioxidantes”, sino al JMAF, “que se añade a los productos manufacturados como endulzante y conservante”.

 

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LOS CINCO HOMBRES CIEGOS Y EL ELEFANTE

A las orillas del gran río Indus, cinco hombres se juntaban todos los días bajo la sombra de las palmeras. Estos hombres, no podían ver el suave pasar del gran río, ni las palmeras meciéndose en la brisa, porque los cinco habían nacido ciegos. Para pasar el tiempo tomaban turnos en contarse historias cada una más fantástica que la otra. Y así, compitiendo entre ellos, cada uno añadía a su historia fantásticos detalles y así la hacía mejor y más increíble que la anterior historia inventada.

 

Un día un manso elefante se paseaba bajo las palmeras, buscando también su sombra. Viendo que los hombres que allí se encontraban no eran una amenaza el gran elefante se sentó junto a ellos pacíficamente en las orillas de aquel acogedor lugar.

 

Los cinco hombres ciegos que tenían los sentidos restantes muy agudos, escucharon que algo o alguien les acompañaba en su descanso junto al río. Aun así no sabían que era exactamente aquello que se encontraba entre ellos. Así que con mucho cuidado cada hombre comenzó a sentir, extendiendo el brazo y tocando la parte más cercana a él, de aquel visitante en un intento de averiguar realmente que era ese individuo o cosa.

 

Sintiendo el cuerpo del elefante, el primer hombre dijo, “Es un gran muro de barro, que se ha endurecido al sol… pero ¿cómo es que se ha desplazado hasta aquí?”

 El segundo hombre tocaba los colmillos del elefante. Decía, “No, no es un gran muro de barro. Lo tenemos aquí son dos lanzas gigantes de marfil, ni más ni menos”

 

El tercer hombre ciego estaba pasando la mano por la trompa escurridiza del gran elefante. “No sean ridículos. Esto es sin duda una gran pitón que cuelga de un árbol sobre nuestras cabezas. “Que estupidez,” dijo el cuarto hombre que sujetaba entre sus manos la cola del elefante, “debería ser obvio para cualquier persona sensata que esto que estamos sintiendo no es más que una cuerda muy gruesa.”

 

El quinto hombre, quien se agarraba a la pierna del gran elefante, negaba las versiones de los demás. “Todos habéis perdido vuestro sentido del tacto. Esto es tan duro e inmovible como un pilar. Solo puede ser el tronco de alguna gran palmera.”

 

Entonces un niño pasó por allí. Y viendo lo que ocurría preguntó a los hombres, “¿Porque estáis agarrando a este gran elefante?”

Los cinco hombres por una vez en la vida estaban anonadados, sin palabras ni explicaciones fantásticas que dar.

“Quizás sean sordos y mudos.” Pensó el joven mientras seguía su camino.

 

RELATOS DE LA ANTIGUA INDIA

DIARIO DE UN HOMBRE DE SU TIEMPO

-“Otra vez llego tarde a casa”.

Antes de introducir la llave ya noto la presencia de Kiki tras la puerta. Inquieta, rasca con sus patas la madera. Cojo a la perra, que no hace más que lamerme la cara con satisfacción (es la única que se inquieta si tardo en llegar). En la puerta del salón mi mujer, huraña, me suelta la retahíla de dónde habré estado, si vengo del bar…Mis hijos presupongo que, ajenos a todo interés por su progenitor, estarán en sus cuartos con el twitter,  la tele,  o sus videojuegos.

Me pregunto si tanto esfuerzo merece este trato. No hago más que trabajar y éste es el pago. Imagino que es ley de vida.

Estos días he notado en la mirada de la gente en la calle cierto desdén. Aunque deben ser imaginaciones. Como pueden saber cuál es mi verdadero cometido en la policía política. Y aunque lo supieran, deberían comprender que mi labor mantiene al país seguro para que puedan vivir. A veces no puedo olvidar la cara de terror de esos desgraciados. Sus ojos pidiendo clemencia se me clavan en la mente. Pero el mundo es así. Yo sé que  no han hecho nada. Pero hay que mantener a la gente con el miedo en el cuerpo; así el resto se pensará dos veces revelarse contra el orden natural de este mundo. Además, algo habrán hecho para acabar así.

Es un trabajo duro. A veces he pensado dejarlo, pero tal como están las cosas, y con mi edad: dónde voy a ir. Tengo que pensar en mi familia. Mantener a tres críos, educación, hipoteca, que si las vacaciones, que si el coche. Además el mayor está a las puertas de la universidad, más gastos aún. La vida es como es; este es mi trabajo. Y en el fondo hago una labor social.

Conciencia, conciencia…que tontería. Lo importante es el trabajo, mantener el nivel de vida de los tuyos: eso es lo correcto. Yo no tengo culpa de la pobreza de los demás, ni de su sufrimiento, ni de su rebeldía; seguro que se lo han buscado con su indolencia…

Mi labor es importante. Es una labor social. No entiendo ciertas críticas.

Cierro la ducha. Cada día cuesta más librarme del olor  de la sangre de esos desgraciados. Cuánto se resisten algunos.

Se ha hecho tarde, tengo que acostarme temprano que tengo sesión de budismo zen matutina en el dojo. Y también acordarme de hacer el discurso de la parroquia para el domingo que viene.

Y es que SOY  la base de esta sociedad.

LAS PERSONAS ATEAS Y AGNÓSTICAS SON MÁS COMPASIVAS QUE LAS CREYENTES

Las personas más religiosas están menos motivadas por la compasión a la hora de ayudar a un extraño que los ateos, los agnósticos y, en general, la gente menos religiosa.  Las conclusiones a las que ha llegado este estudio, que se publicará en el número del próximo mes de junio de la revista Social Psychological and Personality Science no descartan que las personas religiosas no ayuden a los demás, sino que se mueven menos por las emociones. “Hemos descubierto que, en general, las personas menos religiosas se mueven fundamentalmente por los vínculos emocionales a la hora de decidir si ayudar a los demás o no”, explica el coautor del estudio Robb Willer, de la Universidad de California, en un comunicado. Por el contrario, “los religiosos no basan tanto su generosidad en los aspectos emocionales, sino en otros factores como la doctrina, la identidad común o la reputación”.

Laura Saslow, también coautora de la investigación y estudiante postdoctoral en la Universidad de California, explica que se interesó por este objeto de estudio cuando uno de sus amigos agnósticos se decidió a donar una determinada cantidad de dinero para ayudar a la reconstrucción de Haití tras sufrir el terremoto, sólo después de ver un vídeo en el que una mujer estaba siendo rescatada de entre los escombros: una imagen que le rompió el corazón y lo llevó a ayudar. Su donación no se acompañaba de un razonamiento sobre la necesidad de su aportación, explica la investigadora. “Estaba interesada en lograr que esta experiencia –la de un ateo fuertemente influenciable por las emociones, que mostrara generosidad a los extraños–fuera reflejada en tres grandes estudios sistemáticos”, explica Saslow en el comunicado.

Una investigación con tres partes

En el primer experimento, los investigadores analizaron datos de una encuesta de 2004, realizada entre 1.300 estadounidenses adultos. Aquellos que mostraban su adhesión a afirmaciones como “cuando veo a alguien del que se están aprovechando, siento que debería protegerle” también muestran inclinaciones para mostrar generosidad en actos de bondad aleatorios, tal como explican los investigadores, como prestar sus pertenencias u ofrecer su asiento en el transporte público.

Cuando estudiaron qué nivel de compasión era necesario para que los participantes fueran más caritativos, dando dinero o comida a una persona sin hogar, los no creyentes, y aquellos con un nivel menor de religiosidad tomaron la delantera: “Estos hallazgos muestran que pese a que la compasión se asocia con la caridad tanto para las personas religiosas como las que no, la relación es más robusta en las personas no religiosas”, explican los investigadores.

En un segundo experimento, 101 adultos visualizaron dos vídeos, uno neutro y otro de fuerte carga emocional, sobre los niños que viven en la pobreza. Tras esto se les dio un billete falso de 10 dólares y se les explicó que podían dar lo que quisieran a un extraño. Aquellos participantes menos religiosos dieron más dinero al ver la proyección. “El vídeo que inducía a la compasión tuvo un gran efecto sobre su generosidad”, explicó Willer, “pero no cambió significativamente la generosidad de los participantes más religiosos”.

Finalmente, más de 200 estudiantes universitarios, participaron en una prueba. Primero informaron sobre su nivel de compasión en ese momento y después participaron en un juego en el que un extraño les daba dinero y tenían la opción de retenerlo o compartirlo. Los estudiantes menos religiosos, pero que se mostraron más compasivos en el cuestionario previo, compartieron más dinero.

Aunque se necesitan más investigaciones para entender qué factores motivan a la gente religiosa para repartir dádivas, el estudio deja claro que la empatía y la compasión no son las únicas variables en juego. “En resumen”, explica Willer, “la investigación sugiere que, aunque en EE.UU. se tiende a creer que las personas menos religiosas son menos sinceras respecto al sentimiento de compasión, podrían, de hecho, mostrarse más dispuestas a ayudar al prójimo que la gente más religiosa”.

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EL MIEDO ES TU VERDADERO ENEMIGO II

Unos días después, de nuevo volvió el perro y de nuevo estaba muy asustado mientras le pedía ayuda,

-”Por favor, por favor, noble yogui ayúdame, me persigue un terrible y feroz tigre hambriento. ¡Ayúdame, sino este será mi fin!”

El compasivo yogui cedió ante tal temor y respondió, “Oh, eres una criatura muy temerosa. Deja de temblar. ¡Vuélvete un tigre! No tengas más miedo.” Y así con un hechizo transformó al perro, que se convirtió en el animal más temible del bosque, un bello y fuerte tigre.

Unos días después el yogui estaba sentado bajo su árbol en su postura habitual gozando de la paz que le rodeaba, cuando vio salir del bosque a un tigre temeroso.

-“Eres el ratón que convertí en gato, y luego en perro, y luego en tigre…de que tienes miedo ahora”.

El tigre asustado le dijo: “Tengo un terrible miedo a enfermar amado yogui”.

 

El yogui lo miró un instante,  y luego le habló.

-“Ninguna transformación que pueda hacerte te aliviará, porque el problema está en tu corazón: es el miedo. La única medicina que te dará la paz deseada es afrontarlo y ser valiente”.

 

 

RELATOS DE LA ANTIGUA INDIA

EL MIEDO ES TU VERDADERO ENEMIGO I

En un pequeño claro en lo profundo de un denso bosque meditaba un yogui místico. Sentado en el suelo en posición de loto con los ojos cerrados, el yogui estaba quieto como una estatua. Así, apreciaba la calma y la paz que le rodeaba.

 

Sin aviso, ante el yogui apareció un ratoncito que estaba aterrorizado de miedo, temblaba y al llegar ante el yogui de un salto tomó refugio en su regazo. El ratón chilló

-”¡Por favor, ayúdame noble místico, me persigue un terrible gato hambriento, por lo que más quieras, o si no será mi fin!”

 

El yogui lentamente dirigió la mirada hacia el ratón. Abriendo un ojo muy despacio, miró al temeroso ratón.

-”No es asunto mío correr tras gatos salvajes.” Respondió el yogui.”

-”Por favor señor, ayudadme, soy un pobre ratón indefenso ante tal amenaza”.

-”Esta bien”, accedió el yogui lleno de misericordia trascendental, “Te volverás un gato, ¡ahora!” Y así alzó la mano con la palma hacia fuera y con un simple hechizo convirtió el ratón en un gato”.

El ratón que ahora era un gato huyó al bosque a salvo.

 

Unos días después el yogui estaba sentado bajo su árbol en su postura habitual gozando de la paz que le rodeaba mientras desarrollaba sus poderes místicos meditando durante horas. Esta vez, de entre las plantas del bosque, apareció el gato que había sido ratón, maullando penosamente.

-”¡Por favor, sálvame, por lo que más quieras! Me persigue un perro rabioso, acabará conmigo seguramente si no me ayudas.”

-”Te reconozco gato,” dijo el yogui, “Eres el ratón que convertí en gato el otro día.”

El gato maullaba cada vez más fuerte, “Ayúdame, ayúdame.” Decía.

-”Bueno, bueno, ¿qué haremos hoy por ti gatito?” Así, el yogui de nuevo levantó la mano y con un simple gesto transformó al gato en un perro.

Así, el perro se retiró al bosque a salvo de nuevo y el yogui pudo seguir con su meditación.

 

 

RELATOS DE LA ANTIGUA INDIA

EL TRAPO DEL YOGUI

Un joven yogui vivía al lado del río. Allí pasaba la mayor parte de su tiempo practicando yoga y meditando. Su vida era simple y libre de preocupaciones. Por no tener otras responsabilidades, el yogui podía pasar largos ratos sentado, contemplando con ojos cerrados la bella forma trascendental del Señor que se encuentra en nuestro corazón. Esta era su rutina y meditación diaria.

Un día, mientras estaba a las orillas del río el yogui lavaba su única prenda de ropa y única posesión, el trapo que usaba para cubrir sus partes íntimas. En la India al hacer tanto calor, poco más era necesario. Aun así mientras el yogui lavaba y secaba el trapo, tenía que estar desnudo y esperar a que este se secara. Un día mientras esperaba que se secara su trapo pensó, “Si tuviera otro trapo no malgastaría mi tiempo esperando a que este trapo estuviera seco. Podría vestirme enseguida después de mi baño.”

Justo en ese momento pasaba un sabio por allí. Un sabio con poder de leer el pensamiento. Él se paró y se dirigió al yogui. “Querido hijo, sé lo que tienes en mente. Quieres ganar tiempo. Pero escúchame cuando te digo que mejor que adquirir más posesiones es mejor conformarse con lo que uno tiene. Es mejor así.” Entonces el sabio le ofreció al joven sus bendiciones y siguió su camino.

 El joven yogui meditó profundamente en lo que le había dicho aquel sabio pero al final pensó que con un solo trapo más, no pasaría nada, no era demasiado desear. Así que fue al mercado y compró un trapo de vestir.

 Al día siguiente se bañó en el río como de costumbre, lavó su ropa y la tendió en una roca a secar. Después se vistió su nueva ropa y se fue a meditar. Más tarde, el yogui volvió a la roca a recoger su trapo seco. Al recogerlo de la roca el yogui se dio cuenta de que el trapo estaba lleno de agujeritos, mordidas de un ratón hambriento. El yogui estaba disgustado pero pensó, “Ya sé, me compraré un gato para que ahuyente a los ratones mientras se seca mi ropa.” Y así el joven yogui volvió al mercado a comprar un gato.

Al día siguiente el yogui pasó el día felizmente meditando hasta que cayó la noche. A esta hora el gato empezó a maullar, molestando al yogui. “Oh, el gato quiere leche, ” suspiró el yogui. Así que esta vez fue al mercado y volvió con una vaca. Todo iba tranquilamente hasta que de nuevo cayó la noche y la vaca comenzó a mugir. “¡No voy a ordeñar la vaca todos los días!”, pensó. “Se tarda mucho.”

Así que volvió al pueblo y allí le pidió a una joven que fuera su esposa. Ella podría ordeñar la vaca y dársela al gato, que mantendría alejado al ratón del trapo del joven yogui. Y así el yogui fue feliz un tiempo. Después vinieron los bebés… Hasta que un día su esposa le dijo, “necesitamos una casa.” Así que el yogui construyó una casa

Mientras pasaba el tiempo, el yogui fue meditando cada vez menos y preocupándose más y más. Estaba constantemente ocupado cuidando de su casa, su familia, que crecía, y sus animales. Algunas veces, cuando tenía un momento de paz, él solía recordar aquellos tiempos cuando no tenía ninguna preocupación y su única posesión era tan solo un trapo.

 Entonces un día, recordando aquellos tiempos de paz, de nuevo apareció el viejo sadhu que pasaba por allí. El sadhu sonrió y dijo, “Veo que estas pensativo, así pues te diré una vez más que es mejor contentarse con lo que uno tiene. Porque cuando se trata de querer o desear cosas, no hay fin.”

 

Relatos de la antigua India