1.- LAS PERSONAS TIENEN PALABRAS
2.- SOMOS LOS ÚNICOS EN CREERNOS NUESTRAS PROPIAS
MENTIRAS
Dye perdió su trabajo, pero tenía razón. Antes de que Philips & Drew pudiera cambiar su estrategia, el mercado bursátil dio un vuelco. Las acciones de las empresas de Internet, de telecomunicaciones y tecnológicas cayeron en picado. Todo el mercado bursátil se desplomó. A las «anticuadas» acciones «de valor» que Dye había retenido les fue bien y el dinero en efectivo también rindió mejor que las acciones de Internet, que cayeron estrepitosamente. Philips & Drew subió hasta la cima de la tabla de rendimiento de fondos de pensiones, y sus clientes ganaron un 6,4 por ciento en los tres meses anteriores a junio del año 2000 (lo que equivale a un beneficio de más del 28 por ciento anual en un mercado que caía abruptamente). El índice FTSE bajó sin cesar, de los 6.400 puntos que tenía cuando el señor Dye se fue de la empresa a menos de 3.300 puntos tres años después. En 1996, Dye había llegado a la conclusión de que para sus clientes iba a ser mejor vender las acciones cuando el mercado se encontraba en 4.000 puntos y depositar ese dinero en una cuenta de ahorro. Con el tiempo, siete años después, se comprobó que estaba en lo cierto.
posible que, como se rumoreaba alguna vez, estuviera escondido en algún sitio de la propia Oceanía.

Al cabo de dos o tres horas dejaba de inspeccionar la carretera, no por sentirse satisfecho de su búsqueda, sino por cansancio físico y emocional. Extenuado por unas emociones tan intensas, por último lograba apartarse de esa experiencia penosa y se dirigía a su casa, mientras trataba de convencerse de que no había sucedido nada terrible. Pero el terror no terminaba allí. Al aparcar el coche en el camino particular que conducía a su casa, inspeccionaba las ruedas esperando encontrar huellas de sangre, y al día siguiente leería el periódico y escucharía la radio en busca de noticias sobre un accidente de tráfico en el que el conductor se había dado a la fuga después de atropellar a alguien…
comieron rábanos manifestaron que tuvieron que hacer más esfuerzo para comer que los del chocolate, además de que admitieron haber tenido que resistir la tentación de engullir las galletas. Por el contrario, ninguno del grupo del chocolate se sintió tentado de probar los rábanos. Acto seguido, los investigadores pidieron a cada participante -como algo independiente del experimento que trataran de resolver un rompecabezas, que consistía en completar una figura geométrica con un lápiz sin retroceder ni levantar la mano. Podían tomarse todo el tiempo que quisieran. Los sujetos no sabían que el problema era imposible de resolver. El grupo asignado a degustar rábanos abandonó la prueba mucho antes que el grupo del chocolate. La conclusión de los investigadores fue que el autocontrol tiene un coste de energía mental. Y la energía mental es limitada.
entender: «sólo lo que tiene verdadera razón de ser -derivando del plan de Dios- merece ser llamado real»; cierto que hay márgenes de error, escorias, desperdicios, pero eso no es real. Sin embargo, como individuos, no puede menos de inquietarnos esa lectura: en el plan de Dios entraría todo, incluso el que algunos seamos echados a un lado, y suframos. Hegel lo reconoce así, brutalmente: «Es posible que le ocurran desgracias al individuo, pero eso no le importa a la historia universal, que tiene a los individuos como medios para su avance.»