EL REBAÑO LIMITA A LA RAZÓN

Fíjate en la historia de Tony Dye, jefe de inversiones de Philips & Drew, una empresa que administra inversiones -tales como fondos de inversión- de grandes clientes. En 1996, Tony Dye llegó a la conclusión de que el índice FTSE 100 (el índice que refleja los resultados de las cien empresas más grandes que cotizan en la bolsa de Londres análogo al IBEX 35 español), al encontrarse en un nivel de 4.000, estaba sobrevalorado. Por eso transformó una buena parte del dinero de sus clientes en efectivo y lo invirtió en cuentas de ahorro. Al haber retirado 7.000 millones de libras del mercado bursátil, día tras día, sus clientes, sus colegas y los periódicos juzgaban la decisión que había tomado: Fue objeto de burla y llegaron a apodarle Dr. Doom -el malvado personaje de los cómics de Los cuatro fantásticos-. A medida que el índice FTSE continuaba subiendo a finales de los años noventa, Dye parecía cada vez más estúpido. En 1999, Philips & Drew perdió más clientes que cualquier otra empresa de administración de fondos. Basándose en los beneficios proporcionados a los clientes en los últimos tres meses de 1999, quedó en la posición 76 de un ranking de 77 competidores.

Dye siguió insistiendo en que el mercado bursátil estaba sobrevaluado, rechazó las acciones provenientes del área de Internet y de las telecomunicaciones y mantuvo un inusual porcentaje de las inversiones de sus clientes en efectivo. El final era inevitable: a principios de marzo del año 2000, se anunció su jubilación anticipada y la opinión general fue la de que lo habían obligado a retirarse. El Times londinense  se refirió a Philips & Drew llamándolo «un chiste» y el sucesor de Dye reconoció que éste había sufrido: «Se encontraba solo. Los últimos años no han sido los más fáciles, debido a las críticas que tuvo que soportar”,

Dye perdió su trabajo, pero tenía razón. Antes de que Philips & Drew pudiera cambiar su estrategia, el mercado bursátil dio un vuelco. Las acciones de las empresas de Internet, de telecomunicaciones y tecnológicas cayeron en picado. Todo el mercado bursátil se desplomó. A las «anticuadas» acciones «de valor» que Dye había retenido les fue bien y el dinero en efectivo también rindió mejor que las acciones de Internet, que cayeron estrepitosamente. Philips & Drew subió hasta la cima de la tabla de rendimiento de fondos de pensiones, y sus clientes ganaron un 6,4 por ciento en los tres meses anteriores a junio del año 2000 (lo que equivale a un beneficio de más del 28 por ciento anual en un mercado que caía abruptamente). El índice FTSE bajó sin cesar, de los 6.400 puntos que tenía cuando el señor Dye se fue de la empresa a menos de 3.300 puntos tres años después. En 1996, Dye había llegado a la conclusión de que para sus clientes iba a ser mejor vender las acciones cuando el mercado se encontraba en 4.000 puntos y depositar ese dinero en una cuenta de ahorro. Con el tiempo, siete años después, se comprobó que estaba en lo cierto.

Tony Dye tenía razón, pero ¿fue sensato lo que hizo? Los cientos de administradores de fondos de quienes se comprobó que se habían equivocado desastrosamente conservaron su puesto de trabajo porque se equivocaron junto con el resto del rebaño. Tony Dye decidió seguir su propio camino. Al final fue reivindicado, pero no sin antes haber sido ridiculizado por la prensa, abandonado por sus clientes y obligado por su empresa a renunciar. Quienes administran fondos se enfrentan a incentivos desiguales: si deciden adoptar un punto de vista distinto al resto, ganarán algunos clientes si tienen éxito; pero perderán su puesto de trabajo si no lo tienen. Es mucho más seguro seguir al rebaño.

El economista camuflado

Tim Harford

EL ESTADO Y EL SECUESTRO DE LA RAZÓN : OVEJAS, ODIO Y MIEDO,

Cerca de las once  en el Departamento de Registro, donde trabajaba Winston, sacaban las sillas de las cabinas y las agrupaban en el centro del vestíbulo, frente a la gran telepantalla, preparándose para los Dos Minutos de Odio.

Un momento después se oyó un espantoso chirrido, como de una monstruosa máquina sin engrasar, ruido que procedía de la gran telepantalla situada al fondo de la habitación. Era un ruido que le hacía rechinar a uno los dientes y que ponía los pelos de punta. Había empezado el Odio.

Como de costumbre, apareció en la pantalla el rostro de Emmanuel Goldstein, el Enemigo del Pueblo. Del público salieron aquí y allá fuertes silbidos. La mujeruca del pelo arenoso dio un chillido mezcla de miedo y asco. Goldstein era el renegado que desde hacía mucho tiempo (nadie podía recordar cuánto)… y luego se había dedicado a actividades revolucionarias, había sido condenado a muerte y se había escapado misteriosamente, desapareciendo para siempre. Los programas de los Dos Minutos de Odio variaban cada día, pero en ninguno de ellos dejaba de ser Goldstein el protagonista…Todos los actos de sabotaje, herejías, desviaciones y traiciones de toda clase procedían directamente de sus enseñanzas.

En cierto modo, seguía vivo y conspirando.

Quizás se encontrara en algún lugar enemigo, a sueldo de sus amos extranjeros, e incluso era posible que, como se rumoreaba alguna vez, estuviera escondido en algún sitio de la propia Oceanía.

Y mientras gritaba, por detrás de él desfilaban interminables columnas del ejército de Eurasia, para que nadie interpretase como simple palabrería la oculta maldad de las frases de Goldstein. Aparecían en la pantalla filas y más filas de forzudos soldados, con impasibles rostros asiáticos; se acercaban a primer término y desaparecían. El sordo y rítmico clap-clap de las botas militares formaba el contrapunto de la hiriente voz de Goldstein.

Antes de que el Odio hubiera durado treinta segundos, la mitad de los espectadores lanzaban incontenibles exclamaciones de rabia. La satisfecha y ovejuna faz del enemigo y el terrorífico poder del ejército que desfilaba a sus espaldas, era demasiado para que nadie pudiera resistirlo indiferente. Además, sólo con ver a Goldstein o pensar en él surgían el miedo y la ira automáticamente. En su segundo minuto, el odio llegó al frenesí. Los espectadores saltaban y gritaban enfurecidos tratando de apagar con sus gritos la perforante voz que salía de la pantalla.

La joven sentada exactamente detrás de Winston, aquella morena, había empezado a gritar: «¡Cerdo! ¡Cerdo! ¡Cerdo!», y, de pronto, cogiendo un pesado diccionario de neolengua, lo arrojó a la pantalla. El diccionario le dio a Goldstein en la nariz y rebotó. Pero la voz continuó inexorable. En un momento de lucidez descubrió Winston que estaba chillando histéricamente como los demás y dando fuertes patadas con los talones contra los palos de su propia silla.

Lo horrible de los Dos Minutos de Odio no era el que cada uno tuviera que desempeñar allí un papel sino, al contrario, que era absolutamente imposible evitar la participación porque era uno arrastrado irremisiblemente.

1984

George Orwell

El miedo: el principal enemigo de la razón II


El problema de Paul comenzó aproximadamente a los dieciocho años. Un día, en el momento de abandonar la iglesia después de asistir a misa, apareció fugazmente en su mente la imagen de sí mismo derribando la estatua de la Virgen María. Esta imagen fue bastante vívida, aun cuando duró sólo un instante. Al considerar esta imagen como una blasfemia, Paul llegó a sentirse sumamente atemorizado ante el pensamiento de que Dios lo castigaría por ello.

A medida que transcurría el tiempo, la imagen de sí mismo derribando la estatua de la Virgen María y, a veces, la representación de la estatua hecha añicos en el suelo aparecía en su mente con creciente frecuencia. Y Paul llegó a temer con mayor intensidad el castigo de Dios. Sentía vergüenza y culpa, especialmente cuando las imágenes aparecían en su mente de manera incontrolada durante el desarrollo de la misa. Estaba tan distraído que no podía concentrarse durante el servicio.

Paul descubrió que si repetía una y otra vez las acciones a las que estaba entregado mientras se le aparecía esa imagen, su ansiedad y sentimiento de vergüenza se veían aliviados. Por razones que desconocía, las secuencias de cuatro repeticiones llegaron a resultar especialmente útiles. Sin embargo, el proceso no era simple. Con el objeto de que sus acciones redujesen su ansiedad, aunque fuese temporalmente, tenía que repetirlas de una manera determinada. Por ejemplo, si la imagen de derribar la estatua irrumpía en su mente mientras se cepillaba el pelo, tenía que cepillarse el cabello con la mano izquierda con cuatro golpes cortos, que distribuía sobre la coronilla, la nuca y ambos lados de la cabeza. Si esta secuencia era interrumpida, Paul tendría que iniciar todo el proceso desde el comienzo. Y durante toda la secuencia no podía tener ni una sola visión de la estatua de la Virgen María. Si la imagen de la Virgen aparecía en su mente, debía volver a repetir todo el proceso. Además de repetir las acciones, Paul ejecutaba un ritual mental: rezaba pidiendo perdón de una manera muy estructurada y rígida. Las oraciones también se repetían en secuencias de cuatro, con una entonación y pausas precisas…

Venza sus Obsesiones

Edna B. Foa

Reid Wilson

El miedo: el principal enemigo de la razón I


 

En el umbral, se tocó el bolsillo de atrás buscando el llavín. Ahí no. En los pantalones que dejé. Tengo que buscarla. La patata sí que la tengo.

Ulises

James Joyce

 

En la época en que entró en tratamiento, David tenía veintisiete años, estaba casado, era padre de un niño pequeño y trabajaba como contable. Sus problemas obsesivo-compulsivos se habían desarrollado cuando era un adolescente. En el instituto de bachillerato se mostraba muy preocupado por sus deberes. Solía leer un pasaje de un libro una y otra vez para asegurarse de que lo había comprendido. Repasaba sus redacciones repetidamente en busca de errores. Para David, la corrección de una redacción no significaba simplemente revisar unas pocas veces la estructura de las oraciones y los errores gramaticales. El revisaba minuciosamente cada línea docenas de veces antes de pasar a la línea siguiente. Estaba obsesionado con la idea de escribir la redacción «perfecta».

Después de que David se casó y se compró una casa, sus rituales verificadores comenzaron a extenderse y se volvieron más intensos. Se sentía abrumado hasta por las responsabilidades más terrenales. Verificaba el horno y los artefactos eléctricos una y otra vez antes de salir de casa o de irse a la cama. Verificaba el cierre de cada ventana y puerta de seis a ocho veces. Tenía miedo de que la casa se incendiase, o de que irrumpiese un ladrón si él no completaba todos sus rituales...

Con el tiempo, David desarrolló miedos adicionales y los rituales correspondientes. El miedo de hacer daño a los demás impregnaba casi toda acción que emprendía. Mientras conducía, tenía miedo de atropellar a algún peatón en forma inadvertida. Si en la carretera se encontraba con algún bulto, imaginaba que se trataba del cuerpo de una persona y se sentía compelido a regresar y comprobarlo. Temía que la persona herida quedase tendida en medio de la carretera, sangrando hasta morir. Para prevenir esa horrible posibilidad, evitaba conducir solo siempre que podía. Cuando debía conducir solo, David desandaba todo su trayecto en busca de la persona herida. Mientras buscaba a la persona accidentada, imaginaba que chocaba contra otro bulto y creía que había atropellado el cuerpo una segunda vez, o que había herido a otra persona. Al imaginar que ese acontecimiento espantoso se había producido realmente, en el transcurso de la búsqueda David se mantenía en un estado de terror.

Al cabo de dos o tres horas dejaba de inspeccionar la carretera, no por sentirse satisfecho de su búsqueda, sino por cansancio físico y emocional. Extenuado por unas emociones tan intensas, por último lograba apartarse de esa experiencia penosa y se dirigía a su casa, mientras trataba de convencerse de que no había sucedido nada terrible. Pero el terror no terminaba allí. Al aparcar el coche en el camino particular que conducía a su casa, inspeccionaba las ruedas esperando encontrar huellas de sangre, y al día siguiente leería el periódico y escucharía la radio en busca de noticias sobre un accidente de tráfico en el que el conductor se había dado a la fuga después de atropellar a alguien…

Venza sus Obsesiones

Edna B. Foa

Reid Wilson

El costo de la razón: llevar las riendas de nuestros impulsos consume bastante energía

La capacidad de frenar de forma consciente los impulsos, o de retrasar voluntariamente la gratificación e ir más allá de la situación inmediata mientras perseguimos un objetivo superior, es una función ejecutiva fundamental de los seres humanos. Esta aptitud hace posible que el hombre que está a dieta se resista al canto de sirena de la hamburguesa de queso con patatas fritas que le tienta cada vez que pasa por delante de un McDonalds.

La función ejecutiva de autocontrol requiere dos cosas básicas: motivación y fuerza de voluntad. Llevar las riendas de nuestros impulsos consume bastante energía. Me viene a la mente una investigación realizada en el Departamento de Psicología de la Universidad de Case Western Reserve, donde sesenta jóvenes de veinte años de media, mitad hom­bres y mitad mujeres, se ofrecieron para participar en un experimento sobre degustación de alimentos. A todos se les avisó de que antes del experimento debían estar en ayunas un mínimo de tres horas. El laboratorio se preparó antes de la prueba y en un horno se cocinaron unas suculentas galle­tas de chocolate, por lo que la habitación estaba impregna­da de un delicioso aroma. Cada participante se sentó ante una mesa donde había un plato lleno de estas galletas y otro plato repleto de rábanos. El investigador explicó que las galletas de chocolate y los rábanos habían sido seleccionados para la prueba de percepción del gusto porque eran alimen­tos comunes pero muy diferentes. A la mitad de los partici­pantes se les indicó que comiesen tres rábanos, y a la otra mitad, tres galletas de chocolate, durante cinco minutos. A todos se les recordó que sólo podían comer el alimento indicado. A continuación, el investigador salió de la habitación, mas observó a los comensales a través de una mirilla secreta, para verificar que cumplían lo pactado. Ninguno se saltó las reglas, aunque algunos de los participantes del gru­po de los rábanos miraban con nostalgia a las galletas e in­cluso se las acercaron a la nariz con deleite.

Una vez finalizada la prueba, los participantes comple­taron un formulario y una entrevista. Como cabe suponer, los que comieron rábanos manifestaron que tuvieron que hacer más esfuerzo para comer que los del chocolate, además de que admitieron haber tenido que resistir la tentación de engullir las galletas. Por el contrario, ninguno del grupo del chocolate se sintió tentado de probar los rába­nos. Acto seguido, los investigadores pidieron a cada parti­cipante -como algo independiente del experimento ­que trataran de resolver un rompecabezas, que consistía en completar una figura geométrica con un lápiz sin retroce­der ni levantar la mano. Podían tomarse todo el tiempo que quisieran. Los sujetos no sabían que el problema era imposible de resolver. El grupo asignado a degustar rábanos abandonó la prueba mucho antes que el grupo del chocolate. La conclusión de los investigadores fue que el autocontrol tiene un coste de energía mental. Y la energía mental es limitada.

Esto explica que bajo según que circunstancias haya bastantes personas que cedan pronto y se dejen llevar por los acontecimientos. Todos conocemos individuos pasivos, indiferentes o que prefieren dejar correr las cosas sin plan­tarse ni pelearse. Unos optan por ahorrar energía, otros están «quemados», y no pueden llevar a cabo sus funciones ejecutivas. El nivel de energía mental se debilita por mu­chas razones. Por ejemplo: el cansancio físico, el dolor, el hambre, ansiedad…

Las personas que tienen que controlarse en una tarea concreta registran más dificultad si, a continuación, se les pide que se controlen en otra situación. La mujer cuyo trabajo durante el día requiere mucho control va a tener más dificultad a la hora de tolerar por la noche frustraciones en casa…

El insoportable peso de la razón: ¡por favor, engáñenme!

“Y ten cuidado; entre la muchedumbre de peregrinos no faltan ladrones, estafadores, timadores y todo tipo de individuos prestos a dejarte sin tu dinero en cuanto te descuides, y no compres nada, y menos aún reliquias. Te ofrecerán todo género de ellas: pelos de la Virgen, huesos de santos, jirones de tela de la túnica de Jesús, espinas de la corona de la Pasión, astillas de la Santa Cruz… Ayer vi a un incauto pagar diez monedas de plata por una pluma que le aseguraban que había pertenecido a la paloma del Espíritu Santo, y alguna más a otro que compró una ampollita de cristal que el vendedor aseguraba que contenía unas gotas de la leche que María le dio de mamar a su hijo Jesucristo.

“Esta ciudad está llena de gentes que han venido hasta ella movidos por su fe, pero también de delincuentes sin escrúpulos dispuestos a dejarte sin un vellón en cuanto se les presente la primera oportunidad.

El número de Dios

José Luis Corral

La locura de la razón: Hegel (el caldo de cultivo del Fascismo, Nazismo y Estalinismo)

 


Estado, realidad, razón: Todo lo real es estatal

Con decir que el estado es la culminación del espíritu objetivo está dicho todo.

La verdad es que para Hegel lo que queda al margen del Estado es razón minusválida, de valía menor y que si la realidad es un devenir procesual y arborescente en crecimiento continuo, el Estado es el resultado de tantos crecimientos, de tantas tensiones, de tantos desgarros y de tantos sufrimientos juntos.

Meditar sobre el Estado es recordar un poco a los místicos; al Estado le da Hegel fuerza y marchamo místico, le trata como a la culminación del devenir de una realidad a la que tiene por divina, por eso los nombres del Estado son los más elevados e incluso a veces da la impresión de que a Hegel le faltan nombres para tanta supuesta inefabilidad.

Estas son algunas de las denominaciones: «Es el camino de Dios en el mundo» (HEGEL: 1955, parágrafo 258, agregado), «es la idea divina tal y como existe en la tierra» (Fenomenología, 71), es el «espíritu ético que, en cuanto voluntad patente y clara para sí misma, se sabe y se siente, y cumple lo que sabe y del modo en que lo sabe. En lo ético, el Estado tiene su existencia inmediata” (lb id, parágrafo 257), es «la razón en la tierra» (HEGEL: 1982, p. 123), es «el espíritu de la realidad [ ... ] la idea universal se manifiesta en el Estado» (HEGEL: 1982, p. 102), es … Pero si el Estado es todas esas cosas, ¿puede pensarse que ya ha llegado el momento en que la humanidad bajo su mandato se sentirá feliz? Una vez que todos somos ese Estado, ¿podremos acariciar el sueño de haber llegado adonde íbamos?..

“La historia universal es la manifestación del divino proceso absoluto del Espíritu en sus formas supremas, el avance por el que el Espíritu conquista su verdad, su autoconciencia.
Los productos formados por este avance gradual son los espíritus de las naciones en la historia, los resultados de su vida moral, su modo de entender, su arte, su religión, su ciencia. La historia es el despliegue de la naturaleza de Dios”. Ahora, en términos históricos, adquiere más sentido la expresión clave de Hegel que antes citábamos: «Todo lo real es racional; todo lo racional es real.. Podemos entender: «sólo lo que tiene verdadera razón de ser -derivando del plan de Dios- merece ser llamado real»; cierto que hay márgenes de error, escorias, desperdicios, pero eso no es real. Sin embargo, como individuos, no puede menos de inquietarnos esa lectura: en el plan de Dios entraría todo, incluso el que algunos seamos echados a un lado, y suframos. Hegel lo reconoce así, brutalmente: «Es posible que le ocurran desgracias al individuo, pero eso no le importa a la historia universal, que tiene a los individuos como medios para su avance.»

La razón sería razón de Estado, totalitarismo, conformismo, servilismo. Sin embargo, la moneda tiene su reverso; la razón prevalece, también recurriendo a astucias,  Hegel hace que la historia sea progreso y no sinrazón.

Hegel, filósofo romántico

Carlos Díaz

 

Vida y muerte de las ideas

José María Valverde