Querido p R:

No me quedan más que unas horas, el tiempo justo para darte algunas aclaraciones que te debo. En primer lugar explicarte por que estoy en la Amazonia. Te imagino diciendo: “¿Qué diantre ha ido a hacer allá?” En Europa me ahogaba y tú sabes perfectamente que necesito respirar con avidez: “¡Seis litros de capacidad en el espirómetro”, “Un torso como un armario”, eran apreciaciones tuyas. ¿Adónde iba a ir yo? ¡Pues al “pulmón del mundo”, a la “mayor reserva de oxigeno del planeta”, ¡por descontado! A la selva amazónica. Puedes creerme si te digo que aquí he respirado a pleno pulmón. Sin embargo, las cosas cambian con el tiempo; estos cerdos están quemando la selva. Se producen incendios por todas partes. Es descorazonador ver zonas inmensas, tan extensas como provincias, convertirse en humo. ¿Quién puede detenerlos?
Cuando me marche de Paris tuve presente el proverbio portugués del siglo XVI que dice: “Ya no hay pecado cuando pasas el Ecuador.” Mira un mapa. Manaos esta unos dos o tres grados por debajo del Ecuador. Al instalarme en esta ciudad, cambiaba de golpe de país, de continente y de hemisferio.
Manaos era una ciudad que tenía tras de sí su pasado. Como yo… Pero vamos a lo esencial, porque el tiempo va pasando. De entrada, sin esto que te explico no comprenderías nada de lo que sigue; tengo que decirte cual ha sido la pasión de mi vida, al menos la de los últimos cuarenta años. Después de trabajar duro unos años, pasando en plena selva semanas enteras sin ver a nadie, una idea me dominó, y no me abandonó ni un instante; me ayudó a sobrevivir entre increíbles peligros. Decidí que iba a resolver alguno de los enigmas matemáticos más celebres. Es posible que eso no signifique nada para ti, aunque sea un trabajo colosal.
¿Por qué esta idea que tantos otros antes que yo habían tenido? ¿Para lidiar con los titanes matemáticos del pasado y vencerlos? No. Nunca me ha gustado competir, quizá porque los otros cuentan demasiado poco para mí. ¿Para ser celebre y ocupar un lugar destacado en los modernos templos de la ciencia? Aún menos. ¿Tú me imaginas pasando los días en un centro de investigación, rodeado de «colegas»? No, Pierre. Acepte ese reto simplemente para sobrevivir. No puedes imaginar lo que es la naturaleza en este país. Su vitalidad tiene algo de terrorífico. ¿Me creerás si te digo que HE VISTO crecer los árboles? Si existe algún rincón en el mundo donde la naturaleza sienta horror al vacío, es aquí. Te vas de un lugar que has vaciado con esfuerzo infinito. Vuelves unos días después y está lleno a rebosar. ¡Te desborda por todas partes! ¿Que puede oponerse a una naturaleza insaciable, que lo engulle todo en un instante y a la que nada se le resiste?

En esta atmósfera en que la carne se descompone, los cuerpos húmedos chorrean, donde todo se pudre; en esta atmósfera que precipita la muerte por exceso de vida, yo me he aferrado a seres inmateriales, a ideales, que no llegan a corromperse ni con el calor asfixiante ni con la inaudita humedad. He querido oponer el rigor extremado a la exuberancia agobiante contra la que nada puede hacerse. Me he bañado en la pureza congelada del cristal, para resistir a esa fiebre de materias perecederas.
¿Se ha visto alguna vez como se pudren las definiciones matemáticas, o gotean los teoremas, o enmohecen los razonamientos, o los gusanos se comen axiomas? He escogido las matemáticas no sólo porque eran mi formación de base, sino porque, puedes reírte si quieres, he llegado a la conclusión de que las matemáticas son imputrescibles. Para escapar de la opresión de una realidad que me ahogaba, me he aferrado a una actividad pura del espíritu…
Para escapar de la opresión de una realidad que me ahogaba, me he aferrado a una actividad pura del espíritu…
El teorema del loro
Denis Guedj