EL TRAPO DEL YOGUI

Un joven yogui vivía al lado del río. Allí pasaba la mayor parte de su tiempo practicando yoga y meditando. Su vida era simple y libre de preocupaciones. Por no tener otras responsabilidades, el yogui podía pasar largos ratos sentado, contemplando con ojos cerrados la bella forma trascendental del Señor que se encuentra en nuestro corazón. Esta era su rutina y meditación diaria.

Un día, mientras estaba a las orillas del río el yogui lavaba su única prenda de ropa y única posesión, el trapo que usaba para cubrir sus partes íntimas. En la India al hacer tanto calor, poco más era necesario. Aun así mientras el yogui lavaba y secaba el trapo, tenía que estar desnudo y esperar a que este se secara. Un día mientras esperaba que se secara su trapo pensó, “Si tuviera otro trapo no malgastaría mi tiempo esperando a que este trapo estuviera seco. Podría vestirme enseguida después de mi baño.”

Justo en ese momento pasaba un sabio por allí. Un sabio con poder de leer el pensamiento. Él se paró y se dirigió al yogui. “Querido hijo, sé lo que tienes en mente. Quieres ganar tiempo. Pero escúchame cuando te digo que mejor que adquirir más posesiones es mejor conformarse con lo que uno tiene. Es mejor así.” Entonces el sabio le ofreció al joven sus bendiciones y siguió su camino.

 El joven yogui meditó profundamente en lo que le había dicho aquel sabio pero al final pensó que con un solo trapo más, no pasaría nada, no era demasiado desear. Así que fue al mercado y compró un trapo de vestir.

 Al día siguiente se bañó en el río como de costumbre, lavó su ropa y la tendió en una roca a secar. Después se vistió su nueva ropa y se fue a meditar. Más tarde, el yogui volvió a la roca a recoger su trapo seco. Al recogerlo de la roca el yogui se dio cuenta de que el trapo estaba lleno de agujeritos, mordidas de un ratón hambriento. El yogui estaba disgustado pero pensó, “Ya sé, me compraré un gato para que ahuyente a los ratones mientras se seca mi ropa.” Y así el joven yogui volvió al mercado a comprar un gato.

Al día siguiente el yogui pasó el día felizmente meditando hasta que cayó la noche. A esta hora el gato empezó a maullar, molestando al yogui. “Oh, el gato quiere leche, ” suspiró el yogui. Así que esta vez fue al mercado y volvió con una vaca. Todo iba tranquilamente hasta que de nuevo cayó la noche y la vaca comenzó a mugir. “¡No voy a ordeñar la vaca todos los días!”, pensó. “Se tarda mucho.”

Así que volvió al pueblo y allí le pidió a una joven que fuera su esposa. Ella podría ordeñar la vaca y dársela al gato, que mantendría alejado al ratón del trapo del joven yogui. Y así el yogui fue feliz un tiempo. Después vinieron los bebés… Hasta que un día su esposa le dijo, “necesitamos una casa.” Así que el yogui construyó una casa

Mientras pasaba el tiempo, el yogui fue meditando cada vez menos y preocupándose más y más. Estaba constantemente ocupado cuidando de su casa, su familia, que crecía, y sus animales. Algunas veces, cuando tenía un momento de paz, él solía recordar aquellos tiempos cuando no tenía ninguna preocupación y su única posesión era tan solo un trapo.

 Entonces un día, recordando aquellos tiempos de paz, de nuevo apareció el viejo sadhu que pasaba por allí. El sadhu sonrió y dijo, “Veo que estas pensativo, así pues te diré una vez más que es mejor contentarse con lo que uno tiene. Porque cuando se trata de querer o desear cosas, no hay fin.”

 

Relatos de la antigua India

Sólo cuando se lo libera del odio y del amor se revela plenamente

El camino perfecto no conoce dificultades excepto cuando se
niega a tener preferencias; Só
lo cuando se lo libera del odio y del
amor se revela plenamente y sin máscara; por una diferencia de una
décima de pulga
da se separan el cielo y la tierra. Si deseas verlo con
tus propios ojos no has de tener ideas fijas ni a favor ni en contra.

Entrar en el juego de lo que te gusta y lo que te disgusta esa es
la enfermedad de
la mente [ ... ] (El Camino) es perfecto como el
vasto espacio, sin ningún deseo, ni nada superfluo. Es a causa de
hacer elecciones que s
u talidad se pierde de vista [ ... ] Uno en Todo,
Todo en Uno. Si sólo esto es realizado, no te preocupes por no ser
perfecto.

Cuando la Mente y cada mente creyente no están divididas, y
son indivisas cada mente creyente y la Men
te, ahí es donde las palabras

fallan, porque no es del pasado, presente ni futuro.

La maleta del buscador

Maria Teresa Román

La danza de Shiva es la danza del universo; el incesante flujo de energía que pasa por una infinita variedad de modelos que se funden unos con otros.

 

El nombre de Shiva no aparece en las antiguas escrituras, pero el de Rudra, que es otro de los nombres de este dios y casi tan co­mún como el anterior, aparece frecuentemente en ellas, acompaña­do de apelativos como «el Aullador», «el Rugiente», «el Terrible». En las fases iniciales de la evolución de la triada de los dioses hindúes, se produjo la absorción por Shiva del védico Rudra, personi­ficación de los poderes implacables de la destrucción. Shiva era «el que quita o el que devuelve». Tiene hermosa apariencia, y se repre­senta con cuatro brazos, cuatro caras y tres ojos. El tercer ojo de este dios, situado en el centro de su frente, posee el poder de lanzar miradas incendiarias que son el terror de todos los seres creados.

El lado destructivo de Shiva queda patente también en su titulo de Bhairava, «el alegre devorador». Como Bhairava, Shiva ronda por los cementerios y los lugares donde se efectúan las cremacio­nes, ataviado con un collar de calaveras, con la cabeza llena de ser­pientes y seguido por una comitiva de diablos y diablillos. El otro aspecto del carácter de Shiva queda igualmente manifiesto en la dan­za cósmica, cuando el dios, en su aspecto de Nataraja, «rey de los danzarines», baila delante de Parvati para aliviar los sufrimientos de sus fieles. Esta danza cósmica de Shiva es uno de los símbolos mas esplendidos de la mitología mundial, una profunda concepción que han plasmado con arte inimitable los bronces del sur de la In­dia. Los estados de trance inducidos por la danza recibían igual con­sideración que los producidos por el yoga, como demuestran las pro­visiones de fondos de los templos hindúes para la ejecución de dan­zas rituales frente a las imágenes sagradas. Shiva Nataraja es re­presentado de pie, bailando rodeado por un circulo de llamas, que simbolizan los procesos vitales de la creación universal. El dios le­vanta en el aire una de sus piernas sobre una pequeña figura agaza­pada sobre una flor de loto, que se encoge bajo su pie. Este demo­nio enano representa la ignorancia humana, efecto de los conjuros de maya. Derrotarla significa alcanzar la sabiduría y la liberación de las servidumbres del mundo. En una de sus manos, el dios lleva un tambor, símbolo del lenguaje, la fuente de la revelación y la tradi­ción. La segunda mano del dios hace la señal de la bendición, mien­tras que una lengua de fuego que aparece en la palma de su tercera mano sirve de recordatorio de la destrucción. La cuarta mano de Shiva apunta hacia abajo, hacia su pie levantado, a salvo ya del poder de la ilusión, y significa el refugio y la salvación del devoto en la búsqueda de la sabiduría.

En Mamallapuram, al sur de Madras, se encuentra el famo­so relieve del Descenso del Ganges, en el que se conmemora un episodio glorioso en el que Shiva intervino en su cualidad de Ganga­dhara, «sostenedor del río Ganges». Hubo un tiempo en que la tierra se vio privada de humedad, mientras que las aguas del Gan­ges fluían en los cielos, lavando únicamente el firmamento. De tal modo quedó la tierra contaminada por las cenizas de los muer­tos, que se desesperó de poder purificarla algún día. No parecía haber forma alguna posible de lavar la tierra, hasta que el sa­bio Bhagiratha tuvo la idea de traer de los cielos las aguas del Ganges y terminar así con la terrible sequía. Pero el río sagra­do era una masa de agua tan grande, que su caída sobre la tie­rra hubiera producido una gran destrucción, de no ser porque Shiva decidió intervenir, interponiendo su cabeza en lo más fuerte de la corriente. La espesa cabellera del dios consiguió dividir las aguas, que fluyeron mansamente, formando meandros entre sus ca­bellos, y se dividieron por fin en siete ríos tributarios de suave y pacífico caudal.

El vehículo de Shiva es Nandi, un toro blanco como la leche que figura bien visible en el exterior de la entrada principal de los tem­plos del dios. Nandi es el guardián de las criaturas de cuatro patas.

Diccionario de mitología universal

Arthur Cotterell