OH, ¡FELIZ AQUEL QUE TODAVÍA TIENE ESPERANZA DE EMERGER DE ESTE MAR DE CONFUSIÓN!

FAUSTO: Oh, ¡feliz aquel que todavía tiene esperanza de emerger de este mar de confusión! Lo que se necesita no se sabe, lo que se sabe no se puede usar. Pero no llenemos de pesar esta hora de hermoso bien. Mira cómo resplandecen esas chozas a la luz ardiente del atardecer, rodeadas de hierba. El sol se aleja y cede, pero el día sobrevive, pues aquél marcha hacia otro lugar donde animará nueva vida. ¡Cómo desearía que unas alas me elevaran del suelo y pudiera acercarme a él más y más! Entonces, en el fulgor perenne del ocaso, vería a mis pies al tranquilo mundo: encendidos los altos, serenos los valles y el arroyo de plata fluyendo en corriente dorada. Este vuelo, propio de dioses, no se vería impedido por el salvaje monte lleno de barrancos, y entonces, el mar, con sus tibias ensenadas, se abriría a mis ojos asombrados. Pero, finalmente, parece que el dios Sol se hunde, tan sólo sigue despierta el ansia.

Me apresuro para beber su luz eterna. Ante mí, el día, y tras de mí, la noche; sobre mí, el cielo, y abajo, el oleaje. Es un hermoso sueño, pero él se escapa. Ah, no es tan fácil que a las alas del alma se añadan otras del cuerpo. Sin embargo, en todos es innato que su sentir se eleve y adelante, cuando, perdida en el cielo azul, la alondra gorjea su canto, cuando el águila flota sobre las escarpadas cimas plagadas de pinos, y cuando, sobre las llanuras y los mares, la grulla va en busca de su patria.

Fausto

Goethe

En mitad de la agitación, un momento para el reposo


 

No pertenece

ni a la noche ni a la mañana

la flor del melón

 

Despierta, despierta

te tomo como amiga

mariposa

 

Las gentes del siglo

no contemplan las flores

del castaño cerca del tejado

 

Solo soy un hombre

comiendo su sopa

ante la flor de asagao

 

En lo más alto del techo

un poco de sol pálido

frescor de la tarde

 

Incluso al día siguiente

de la tormenta

los pimientos son rojos

 

Haiku de las cuatro estaciones

Matsuo Basho

Belleza simétrica y asimétrica II


Belleza asimétrica: una promesa de espiritualidad

“…El salón de té -en japonés sukiya- no pretende ser otra cosa que una choza o habitáculo de agricultor, una habitación de paja, como decimos sencillamente nosotros.

Los caracteres ideográficos originales de sukiya traducidos literalmente, significan: la Morada de la Fantasía.

A través del tiempo, los diversos maestros del té modificaron un tanto los caracteres chinos, de confor­midad con su personal concepción del salón de té, de suerte que el vocablo sukiya vino a significar igualmen­te la Morada del Vacío y la Morada de lo Asimétrico.

Es, efectivamente, la Morada de la Fantasía, en cuanto que no es sino una construcción efímera, erigida para servir de asilo a un impulso poético. Es, además, la Morada del Vacío, ya que se presenta desnuda de toda ornamentación y en consecuencia, ofrece espa­cio donde colocar libremente cuanto se pueda para satisfacer un capricho estético pasajero. Es, finalmente, la Morada de la Asimetría, porque esta consagrada al culto de lo Imperfecto y porque se deja en ella adrede siempre algún detalle inconcluso, para que las imagina­ciones juguetonas lo rematen a su placer.­

El nombre de Morada de la Asimetría dado a la sala del té, simboliza otra fase de nuestro sis­tema decorativo. Los críticos de Occidente han escrito largo y tendido acerca de la ausencia de simetría que caracteriza a los objetos de arte japoneses. Eso es tam­bién una consecuencia de la elaboración de los ideales taoístas a través del zenismo.

El confucianismo y el budismo del Norte no se oponían a la expresión de la simetría. En realidad, si estudiásemos los viejos bronces de la dinastía T’ang y el pasado Nara, reconoceríamos un constante esfuerzo por la simetría. La decoración de nuestros interiores clásicos era rigurosamente regular en su disposición.

Pero el concepto taoísta y Zen de la perfección era muy diferente. Ambas escuelas atribuían mayor impor­tancia a la manera de buscar la perfección misma. La verdadera belleza solamente llega a descubrirla aquel que mentalmente completa lo incompleto. La fuerza de la vida y del arte descansa en sus posibilidades de crecimiento.

En el salón de té, corresponde a cada invitado completar por medio de la imaginación y según sus gus­tos personales, el efecto del conjunto. Desde que el zenismo llegó a ser la manera de pensar dominante, el arte de extremo Oriente evitó de una manera deliberada lo simétrico, no sólo porque representaba una repeti­ción.

La uniformidad del dibujo fue considerada como fatal para la frescura de la imaginación. De este modo, los paisajes y las flores han devenido los temas favori­tos de la pintura, más que la figura humana, cuya pre­sencia esta sólo en la mente de quien la mira. A un hombre le gusta demasiado estar en escena, y a despe­cho de nuestra vanidad nos cansamos pronto de con­templarnos nosotros mismos…”


El libro del té

Kakuzo Okakura

 

 

Si el universo, en su principio, no hubiese sido ligeramente asimétrico, no existirían las galaxias, las estrellas, los planetas…No existiría la vida.

La vida no procede simple­mente desde dentro, sino que se extiende a todo nuestro alrededor, tan­to si se quiere como si no

Nos quedamos tan quietos durante un rato que la estancia se llenó con los sonidos apagados procedentes de la cocina. Resultaba extraño hallarme en una casa diferente con Matsu, viéndolo por primera vez bajo una nueva luz. Allí parecía ser más suave, como si dominara menos la situación.

-Es una casa bonita -dije finalmente. Matsu asintió con un gesto de aprobación.

Sachi regreso trayendo una bandeja con té y pastas. Una vez que nos hubimos sentado sobre los cojines, levanté la mirada para examinar el rostro de nuestra anfitriona. Era más vieja de lo que había pensado en un principio, con una constitución delicada y movimientos rápidos. Al in­clinarse para servir el fuerte té verde, la bufanda negra se le deslizó un poco del lado izquierdo de la cara. Por debajo, pude ver los lugares don­de las úlceras habían roído la carne, dejando cicatrices blancas y esca­mosas, creando una masa desfigurada por entre la que el ojo izquier­do medio cerrado se esforzaba por mantenerse abierto. Al darse cuenta de mi mirada, Sachi bajo rápidamente la mirada y recuperó la parte de la bufanda que le cubría el rostro. Por lo que pude ver, únicamente el ros­tro y la mano izquierda parecían afectados por la enfermedad; la suave mano derecha y los dedos aparecían intactos.

- ¿Más té? -preguntó, empezando a levantarse.

-Por favor -asentí, ruborizado y azorado.

 Matsu se incorporó rápidamente y dijo:

-Deja, yo lo traigo.

Luego, desapareció en la cocina antes de que Sachi tuviera tiempo de decir nada. Muy lentamente, volvió a descender su cuerpo sobre el cojín y se volvió apenas lo suficiente para que yo pudiera ver únicamente el lado derecho de su rostro. Mientras que el lado izquierdo había queda­do devastado, el derecho, sin mácula, pertenecía al rostro más hermoso que hubiese visto jamás.

-Espero que no la hayamos molestado -dije, con el tono ansioso de un joven.

Sachi negó con un gesto de la cabeza. Se volvió un poco más para po­der observarme a sus anchas con su único ojo bueno.

-No recibo muchas visitas; sólo las de Matsu-san. A menudo, pa­san los años sin ver una sola cara nueva. Me siento muy honrada por su visita.

Entonces fui yo el que pareció sentirse tímido, sin saber que decirle a esta hermosa mujer. Fue como si ya hubiésemos descubierto algo en co­mún en nuestra soledad.

Sachi tuvo que haber percibido mi incomodidad, porque, fue ella la que continuó la conversación. Las palabras le surgieron con facilidad.

…-Debe de estar en el jardín.

Seguí a Matsu por un sendero de piedra que daba la vuelta alrededor de la casa hasta la parte de atrás. Abrió una alta puerta de bambú y se hizo a un lado, permitiéndome pasar el primero. En lugar de los verdes, los marrones y los destellos de color que caracterizaban el jardín de Mat­su, la sobriedad del jardín de Sachi me dejó atónito. No había árboles, flores o agua, sino sólo un paisaje hecho de arena, piedras, rocas y algo de musgo de un verde pálido que cubría las zonas más sombreadas. Tardé unos pocos minutos en captarlo todo. Sobre la tierra escabrosa y en pendiente, Sachi había creado montañas a base de rocas dispuestas artísticamente, rodeadas de gravilla y de piedras alargadas que parecían fluir hacia abajo, como una corriente entre las rocas que condujese a un lago o al mar. La superficie lisa del agua estaba formada por guijarros suaves y redondeados, ordenados en líneas rectas y circulares para suge­rir remolinos y olas.

-Un paisaje seco -susurre en voz alta.

-Se llama kare sansui -dijo de pronto Matsu y sólo entonces recor­dé que estaba detrás de mí.

-Es hermoso -dije, extrañado al observar cómo la luz diferente y las piedras oscuras eran capaces de crear aquella textura e ilusión.

…-Es maravilloso -le dije.

El sol estaba casi en su cenit, lo que aclaraba el color de las rocas, has­ta el punto de que parecían relucir.

-No podría haberlo hecho sin la ayuda de Matsu -confeso Sachi-. Hace muchos años, cuando llegué a Yamaguchi por primera vez, para mí se había desvanecido por completo la posibilidad de tener una vida propia. Matsu fue el que insistió en que tuviera un jardín.

-¿Y tú misma creaste todo esto?

-Con ayuda de Matsu. Él me mostró que la vida no procede simple­mente desde dentro, sino que se extiende a todo nuestro alrededor, tan­to si se quiere como si no. Así, este jardín se ha convertido en una parte de mi vida.

Hubiera querido decide algo, pero las palabras se me atragantaron. Su jardín era una mezcla de hermosura y tristeza, las rocas y las piedras una ilusión de movimiento. ¿Qué podía haber hecho ella para merecer tal destino? …Obser­ve a la mujer delgada y tímida que estaba de pie delante de mí y hubiera deseado encontrar respuesta a todas mis preguntas, pero mantuve la se­renidad y únicamente pude confiar en que se me darían las respuestas a su debido tiempo.

 

 

El jardín del samurai

Gail Tsukiyama

 

 

 

En días y momentos mágicos


El aire tenía una densidad que acariciaba la piel, y el mar, refulgente,

apenas producía un murmullo adormecedor. Allí se

podía sentir cómo el mundo, en días y momentos mágicos, nos

ofrece la engañosa impresión de ser un lugar afable, hecho a

la medida de los sueños y los más extraños anhelos humanos. La

memoria, imbuida por aquella atmósfera reposada, conseguía

extraviarse y que se olvidaran los rencores y las penas.

Sentado en la arena, con la espalda apoyada en el tronco de

una casuarina, encendí un cigarro y cerré los ojos. Faltaba una

hora para que cayera el sol, pero, como ya iba siendo habitual

en mi vida, yo no tenía prisas ni expectativas. Más bien casi no

tenía nada: y casi sin el casi. Lo único que me interesaba en ese

momento era disfrutar del regalo de la llegada del crepúsculo,

el instante fabuloso en que el sol se acerca al mar plateado del

golfo y le dibuja una estela de fuego sobre la superficie. En el mes

de marzo, con la playa prácticamente desierta, la promesa de aquella

 visión me provocaba cierto sosiego, un estado de cercanía al

equilibrio que me reconfortaba y todavía me permitía pensar en

la existencia palpable de una pequeña felicidad, hecha a la medida

de mis también disminuidas ambiciones.

El hombre que amaba a los perros

Leonardo Padura

Vacilante como quien cruza un río en invierno

La tranquilidad y el silencio  únicamente se ven enturbiados por la música del agua que bulle en la marmita de hierro. La tetera canta como un trovador, puesto que se ha adoptado la precaución de disponer en su fondo unos herretes a propósito para producir una melodía particular que evoca las resonancias, amortiguadas por las nubes, de una catarata o de las rompientes de un mar lejano contra las rocas o de un chubasco en un bosque de bambúes o los suspiros de los pinos en lejanas colinas.

“Vacilante como quien cruza un río en invierno; indeciso, como quien teme el ataque por la espalda de un vecino; respetuoso como un invitado; trémulo como el vidrio en punto de fusión; sencilllo como leña sin labrar; concavo como un valle; sin forma como una agua agitada; ha aquí la imagen del ser perfecto.”

Entre tanto, tomemos un sorbo de té.

El resplandor del atardecer brilla entre las cañas de bambú, el agua de las fuentes burbujea con deleite, el suspiro de los pinos se escucha en nuestra choza.

Dejemos que los sueños se desvanezcan y sumerjámonos en la maravillosa simpleza de las cosas.

El libro del té

Kakuzo Okakura

Tú eres el monstruo devorador al que hay que quitar el collar II


Si alguien te ataca o viene el miedo, una enfermedad o el dolor,
acéptalo en silencio y sin alteración.

El roshi iluminado no está fuera de la vida, enferma y sufre,
pero no pierde su sonrisa.

Cuando hiela tenemos frío,

nadie puede detener al tiempo y la vejez se acerca,

si estás a la intemperie la escarcha te mojará por la noche

y la luna te cubrirá de plata.

Nadie puede detener la caída de las hojas cuando llega el otoño

ama lo que no puedes cambiar.

Tokusán muestra a Seppo el cuenco vacío

y le dice que a él no le altera nada externo,

pero Seppo mientras prepara el desayuno de los monjes

le contesta que ese es su problema,

que contemplar el vacío de su perfección lo hace imperfecto.

que es necesario disolverse.

Si estás bajo el árbol sólo interpretas,

si estás colgado por los dientes lo vives,

no puedes hablar.

Cuando el buda, la mente y el resto ya ha pasado

Nansén vuelve a comer su arroz con buen apetito,

lshan que desprecia la jarra de agua de Hyakujo,

recoge las gotas para saciar la sed del verano

y Unmon oye a Tozán responderle:

Vengo de mi maestro, mi templo es el aliento y aquí sigo.

Cada uno de ellos meditó intensamente

y alcanzó la comprensión,

y la tradición zen se nutre de valerosos guerreros

que entregaron su vida por romper la barrera de la ignorancia e

ir más allá de la dualidad y la separatividad

de la mente ordinaria.

Comprenderse a sí mismo

es entregarse al abismo de lo incomprensible

y descansar en su mesa.

El alma zen del koan

Emilio Fiel

Tú eres el monstruo devorador al que hay que quitar el collar I


Tú eres el monstruo devorador al que hay que quitar el collar,

así que sácalo de tu cuello.

“¿A dónde irás después de morir?

Ahora voy al baño, tengo ganas de hacer pis”.

La mente ha de fundirse con el momento,

respondiendo a lo que surge sin pensamientos.

Cuando encima, encima, cuando debajo, debajo,

lo mismo respecto a la lluvia o al sol.

No crea problemas

al margen del trance concreto de este instante,

sino que se mete en él

y responde de manera fulgurante,

sin liarse con la dualidad del frío o del calor.

Especialmente cuando cualquier estímulo ha desaparecido

y ningún exceso inunda su mente.

Si dejas las palabras a un lado

y te sumerges internamente en el presente del cuerpo

responderás sin dudarlo.

Porque alcanzar la realización

es ser abrasado por el fuego que lo quema todo,

especialmente los conceptos limitativos

y la imagen reflejada de uno mismo.

Deja tu cabeza a un lado porque no puedes vaciar el océano

con una cuchara aunque te esfuerces.

Se trate de meditar sentado en el zafu

o de una persecución en toda regla,

el combate continúa,

deja el ego a un lado y entrégate a la batalla

como a la meditación, danza ante el peligro.

El alma zen del koan

Emilio Fiel

Ha terminado confundiendo los conceptos con la realidad, el pensamiento con la experiencia y el sistema con la vida

 

Baso, maestro de Yakusan (751-834), preguntó: «¿Cómo te va?», y Yakusan replicó: «Dejo que la piel se caiga y que sólo permanezca la sustancia verdadera». Esta «sustancia verdadera», o Realidad, sin embargo, no debe entenderse como un núcleo, una cosa-en-sí que existe aparte de lo que se conoce como apariencia o fenómeno. No se trata de un objeto de percepción intelectual que debamos distinguir de esto o de aquello. La Realidad es lo que se mantiene detrás (aunque no nos guste usar este tipo de expresión) cuando la piel o la fachada desaparecen.

Aunque el zen subraya la importancia del contacto personal, no ignora, sin embargo, el privilegio de la conceptualización otorgada únicamente a la mente humana. El zen también recurre, pues, a la palabra, pero la principal diferencia existente entre el zen y otras enseñanzas espirituales es su dominio sobre las palabras y los conceptos. El zen es, pues, consciente del papel que desempeñan los conceptos en la experiencia humana pero, en lugar de convertirse en esclavo de ellos, los pone en el lugar que les corresponde.

El hombre es homo sapiens y también es homo faber; pero el principal peligro al que se expone su condición de homo faber es el de esclavizarle de sus propias creaciones.


El hombre fabrica herramientas y las utiliza en los diversos campos de su actividad, pero siempre se expone a la tiranía de las herramientas que él mismo ha fabricado. Como resultado de esta situación deja de ser dueño de sí mismo y se convierte en un miserable esclavo de sus criaturas y, lo peor de todo, es que ni siquiera es consciente de este hecho.

Esto es más notable en el ámbito del pensamiento. El hombre ha creado muchos conceptos valiosos que le han ayudado a manejar la realidad. Pero ha terminado confundiendo los conceptos con la realidad, el pensamiento con la experiencia y el sistema con la vida. Al olvidar que los conceptos son una creación suya deja de estar en contacto con la realidad.

 

Vivir el Zen

D.T. Suzuki

Tu enciendes el fuego; te mostraré algo lindo: ¡Una gran bola de nieve¡

 

Desde los tiempos más remotos los maestros zen han demostrado ser partidarios de escribir breves poemas: lacónicos y directos como sus respuestas a las preguntas acerca del Budismo. Muchos de ellos contenían claras referencias al Zen y a sus principios. Pero así como la frase de T’ung-shan: « ¡Tres libras de lino!», fue una respuesta llena de Zen pero no acerca del Zen, así también la poesía zen más expresiva es aquello que «no dice nada», es decir, que no es una filosofía o comentario acerca de la vida. Por ejemplo, una vez un monje preguntó a Feng-hsiieh: «Cuando tanto la palabra como el silencio resultan inadmisibles, ¿cómo podemos hacer para no errar?» El maestro replicó:

Siempre recuerdo a Kiangsu en marzo:

¡El canto de la perdiz, el macizo de flores fragantes ¡

 

… hallamos la expresión de un momento vivaz en su puro «ser tal»…

…Semejante empleo de la poesía evidentemente expresa el mismo tipo de visión artística que encontramos en las pinturas de Ma-yiian y Much’i, el mismo uso del espacio vacío que cobra vida con unas pocas pinceladas. En la poesía el espa­cio vacío es el silencio que rodea un poema de dos líneas: el si­lencio requerido por la mente, en el que no pensamos «acerca» del poema sino que realmente sentimos la sensación que el poe­ma evoca, y con mucha fuerza precisamente porque dice tan poco.


Ya en el siglo XVII los japoneses alcanzaron la perfección con esta poesía «sin palabras» en el haiku, poema de diecisiete sila­bas que deja el tema casi en el momento de tomarlo. Para quie­nes no están acostumbrados a estos poemas japoneses, el haiku no parece otra cosa que el comienzo o el titulo de un poema, y al traducirlos es imposible comunicar el efecto de su sonido e ima­gen, que es justamente lo importante. Desde luego hay muchos haiku que parecen tan presuntuosos como las pinturas japonesas en bandejas de laca barata destinadas a la exportación. Pero el oyente no japonés debe recordar que un buen haiku es un guija­rro arrojado al estanque de la mente del oyente, que evoca aso­ciaciones de su memoria. Invita al oyente a participar, en lugar de dejarlo mudo de admiración mientras el poeta se luce.


Los poemas haiku deben su desarrollo sobre todo a la obra de Basho (1643-1694), cuya manera de sentir el zen tendía a expre­sarse en un tipo de poesía totalmente afín al espíritu del wu-shih: «nada especial». «Para escribir haiku -decía-, búsquese un niño de un metro de alto», con lo cual aludía al hecho de que sus poemas tienen la misma inspirada objetividad de la expresión de asombro que encontramos en los niños, y nos devuelven aquella manera de sentir el mundo como lo vimos la primera vez con nuestros ojos azorados. .

 

Con la brisa de la tarde

el agua murmura contra

las patas de la garza.

 

El camino del Zen

Alan Watts