Mi tarot privado, 27

Las Cartas de mi juego: Naipe Nº 27 y última, La nieve

 

La rueda de la existencia

 

       Todos somos remolinos en el río de la vida. Durante el fluir de sus aguas, un río o un arroyo pueden golpear rocas, ra­mas o irregularidades del terreno, provocando remolinos que bro­tan espontáneamente aquí y allá. El agua que entra en uno de estos remolinos rápidamente sigue su curso y vuelve a unirse al río, hasta que se encuentra con un nuevo remolino y repite el procedimiento para seguir adelante. A pesar de que durante periodos breves pare­ce aislada de todo lo demás, en realidad el agua de los remolinos es el río mismo. La estabilidad del remolino es sólo temporal. La ener­gía del río de la vida forma cosas vivas -un ser humano, un gato o un perro, árboles y plantas- y si lo que mantenía al remolino en pie sufre una alteración lo hace desaparecer para unirse a la gran corriente de agua. La energía que formó un remolino en particular se desvanece y el agua avanza, quizá para volver a quedar atrapada más adelante y volver a convertirse en remolino.

De todas maneras, preferimos no relacionar este proceso con nuestra vida. No nos gusta considerarnos una formación temporal, un remolino en el río de la vida. Pero el hecho es que adoptamos una forma durante un tiempo y luego, cuando las condiciones resultan adecuadas, nos desvanecemos…

 

La vida tal como es

Charlotte Joao Beck

 

Foto: Luis F Llavori Romatet

 

           El juego de la realidad. El juego de las mutaciones. La nieve se convierte con la primavera en agua; ésta con el verano se disfraza de nube; el invierno nos trae de nuevo la nieve. Un juego de plastilina donde todo se transforma en todo en un ciclo eterno. Nada permanece y nada desaparece. Odios, amores, sufrimientos, alegrías bailan, corren en un juego absurdo y alucinante; si no te aferras a ellos participaras en la diversión.

 T. Deshimaru

 

            A sus ojos las lágrimas crecieron en la oscuridad parcial del cuarto y se imaginó que veía una figura de hombre, joven, de pie bajo un árbol anegado. Había otras formas próximas. Su alma se había acercado a esa región donde moran las huestes de los muertos. Estaba consciente, pero no podía aprehender sus aviesas y tenues presencias. Su propia identidad se esfumaba a un mundo impalpable y gris: el sólido mundo en que estos muertos se criaron y vivieron se disolvía consumiéndose.

Leves toques en el vidrio lo hicieron volverse hacia la ventana. De nuevo nevaba. Soñoliento, vio cómo los copos, de plata y de sombras, caían oblicuos hacia las luces. Había llegado la hora de variar su rumbo al Poniente.

 Sí, los diarios estaban en lo cierto: nevaba en toda Irlanda. Caía nieve en cada zona de la oscura planicie central y en las colinas calvas, caía suave sobre el mégano de Allen y, más al Oeste, suave caía sobre las sombrías, sediciosas aguas de Shannon. Caía así en todo el desolado cementerio de la loma donde yacía Michael Furey, muerto. Reposaba, espesa, al azar, sobre una cruz corva y sobre una losa, sobre las lanzas de la cancela y sobre las espinas yermas. Su alma caía lenta en la duermevela al oír caer la nieve leve sobre el universo, como el descenso de su último ocaso, sobre todos los vivos y sobre los muertos. 

 

Dublineses

J. Joyce

foto: José J. Rico Cerdá

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