Los tres sabios de Gebhal (I)

 

 

“The blindness of the wisdom…”

J.S. Schnhauer

-Mire,  amo-. En las manos sostenía un curioso objeto.

A pesar de los rastros de suciedad, producto de los años que llevaba enterrado, su aspecto era maravilloso: una especie de cubo de piedra oscura, que aún mostraba grandes zonas de esplendido pulimento. Piedra que más parecía una gema de increíble tamaño, tallada en caras perfectamente ortogonales.

Su presencia sobrecogía: la extraña sensación de un objeto que, siendo una obra humana, encarnaba el misterio de lo evidente: dentro de sí se intuía ese puente que une los dos mundos: el nuestro y el otro.

– No cabe duda, es el zennorat del templo de  Astarth en Nippkisht-. Con esta frase el sacerdote confirmó la sospecha de Otrión, señor de las tierras donde fue desenterrada.

– Esto nos traerá problemas con los Histros – prosiguió el sacerdote- Desde su desaparición, tras las incursiones bárbaras, no han cejado en el intento de recuperarlo. El zennorat de Asthar representa la epifanía  de la madre naturaleza en nuestro mundo. Protege la vida y potencia la fertilidad. Es la sabiduría y el amor. Una piedra que llegó desde los cielos, y que muestra el color verdadero de las diosas madres. La tradición dice que sólo en manos de los sabios puede desplegar su verdadero poder. El monarca debe reunir al consejo.

Después de escucharlos, el rey Hiperón concluyó ante sus nobles:

– Está manifestación de la diosa Astarth se ha mostrado entre nosotros como  señal de una nueva era: donde nuestro pueblo es el elegido por los dioses para dirigir el valle del creciente fértil; y en la que la gloria y la felicidad serán nuestras compañeras inseparables.

– ¡Viva nuestro rey!

– Por lo tanto: jamás consentiré devolverla a los histros. Como vamos nosotros, simples mortales, a contrariar el deseo del Cielo.

Todos volvieron a gritar con júbilo: “¡viva nuestro rey!” Sin embargo, en algunos corazones  brotó la visión angustiosa de una guerra inminente e inevitable; sin embargo, en otros muchos, surgió el deseo de rapiña y poder.

La guerra ya duraba tres años.  La superioridad de los histros no evitaba que las tropas del rey Hiperón los mantuvieran a raya; aunque  estos ya habían perdido ricas zonas de su territorio. En el campo de batalla, la muerte había segado a muchos buenos soldados de ambos bandos.

Las madres lloraban a sus hijos. Los hijos lloraban a sus padres. Las lágrimas se fundían en la sangre de las heridas; y las secaban los lisiados con sus muñones. Todo seguía su dinámica de horror banal. Aunque el cansancio por tanto mandoble descarriado, el exceso de tanta extremidad tirada por el suelo,  la añoranza de la cerveza casera…  se apoderaba paulatinamente de los contendientes.

Al fin, después de tanta sangre inútil en sus brazos, y del ingente  gasto de sus riquezas: los dos bandos decidieron consultar a la propia Diosa como zanjar el conflicto. Así que fueron a consultar al oráculo de Tellmaos.

-Que sea Ella la que decida el futuro de su huella en este mundo.

 

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