Los diez mandamientos para enfrentarse al miedo: Sexto mandamiento (I)

 

 

6. Respétese y haga que los demás respeten sus miedos

 

Los esfuerzos de enfrentamiento son infinitamente más sutiles y delicados de lo que podría­mos imaginar. Curarse de una fobia no es sólo intentar supe­rar a la fuerza los miedos, sino reconstruir en el tiempo una relación diferente con los miedos alérgicos que son los mie­dos fóbicos. Este trabajo se realiza en el tiempo, lo cual im­plica conocer las propias fuerzas, saber economizarlas y so­bre todo respetarse: estimularse sin violencia. La consigna en lo que respecta a enfrentarse a los miedos es ir siempre un poco mas allá de lo que hubiéramos hecho espontáneamente, pero sin entablar batallas estresantes, y recordar que el obje­tivo no es no tener miedo, sino no dejar que nos dirija ni nos desborde.

Insisto en que no hemos de someternos a las fobias com­plejas que tienden a invadir nuestra existencia en todos los as­pectos y a provocar graves pérdidas de autoestima y estados depresivos. Por esta razón recuerdo a mis pacientes de los grupos de terapia: «Ustedes no son fóbicos, y mucho menos ¡sólo fóbicos!, aunque el sufrimiento les haga olvidar el resto, como sucede en las enfermedades crónicas. Ustedes son sim­plemente personas normales que padecen fobia, pero que po­seen también muchas otras características y capacidades». No se ocupe sólo de sus síntomas, ¡sino también de su persona!

Sea respetuoso consigo mismo. Esto incitará a las demás personas a comportarse del mismo modo con usted, sin que tenga, como creen muchos fóbicos, que disimular sus mie­ dos. Agnes, una de mis pacientes fóbicas al agua, me contó un día la siguiente anécdota. Como le daba miedo nadar cuando no tocaba pie, planificamos juntos una serie de ejemplos que debía realizar en la piscina que había cerca de su casa: principalmente consistían en alejarse primero uno o dos metros del borde del lado más profundo. Valiente, pero no temeraria, le pidió al socorrista que la vigilara: «¿le im­portaría vigilarme un poco, por favor? Tengo miedo cuando no toco pie». El socorrista, simpático pero paternalista, le preguntó si sabía nadar, lo cual era su caso, después añadió lógicamente: « ¡Entonces no hay razón para tener miedo!». A lo cual, Agnes, que no se callaba una, respondió: «Escuche, no necesito un psiquiatra, sino un socorrista, por si empiezo a ahogarme. ¿Ha salvado alguna vez a alguien? Muy bien, entonces me soltare del borde». Realizó sus ejercicios bajo la mirada desconcertada pero atenta del socorrista.

Agnes tuvo una relación muy simple con su miedo: con­sideraba que no había por que avergonzarse por padecer una fobia y que se puede pedir ayuda sin tener que aguantar acti­tudes paternalistas por parte de la persona que presta la ayu­da. Las personas fóbicas se preguntan muchas veces si es una buena idea hablar de sus miedos. Si hay que aceptarlos o di­simularlos. También se preguntan cómo hablar de su fobia. En términos generales, la regla más adoptada parece ser sim­plificarse la vida, hablar claramente sin desvalorizarse.

 

Psicología del miedo

Christophe André

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