A las puertas del paraíso I

 

El jardín

 

Dejó luego la bolsa sobre la cama y se levantó. Fue hasta la ventana y la abrió de par en par, dejando que el aire fresco y húmedo penetrase en la habitación y comen­zase a robar sus densos y rancios olores.

La ventana daba a un jardín que, en el otro extremo, quedaba limitado por una rústica muralla de adobe. Más que un jardín, pudo haber sido en otro tiempo una pe­queña huerta: los chaparros matorrales de café, que pro­bablemente nadie había podado en los últimos años, parecían surgir de la tierra en ordenada formación, aun­que sus ramajes tendían ya a enredarse los unos con los otros y con las yerbas silvestres que crecían y se apreta­ban a sus troncos. Varios guineos de poca altura mostra­ban racimos de plátanos podridos, convertidos casi en vacías vainas negras; las trepadoras campanillas rosáceas subían a mezclarse con las grandes hojas verdes. Dos o tres arbustos de achote florecían cerca de la muralla y arrojaban alrededor su penetrante aroma de especia pi­cante. Detrás de la valla podían verse los tejados metálicos de nuevas viviendas.

Tomó un cigarrillo de la mesilla y lo encendió. Per­maneció unos minutos allí, apoyado en el quicio de la ventana, absorto en la contemplación de aquel jardín abandonado de la mano del hombre, de aquella imagen desolada de vida profusa y gratuita.

¿Por qué no haber sido así, por qué no haber dejado alguna vez que la existencia decidiese por él sus propios pasos, que formase el orden de sus ideas, la calidad de sus sentimientos, los compromisos de su espíritu y la ar­quitectura de su alma? ¿Quién envenenó, algún día re­moto que ya no alcanzaba a recordar, su corazón con sueños razonables y virtuosos? ¿Quién exigía que el mundo asumiese una moral, quién demandaba de los hombres un orden preciso, una misión, un destino? ¿Por qué no ser así, como aquel huerto, una existencia gratuita sometida a la voluntad de las estaciones, de las lluvias, de los temporales, de las sequías? ¿Qué podía justificar aquella ansia de misión, aquella sed de destino, aquel empeño por convertir la propia vida en una razón moral? ¿Quién le pidió a él, a Luis Ribera, que elaborase su pro­pio compromiso con la muerte, que decidiese al fin so­bre cuestiones absolutas como el bien y el mal? ¿Y quién determinaba la existencia misma de las cuestiones abso­lutas?

Pero tal vez el ya era un prisionero de su propio error. Quizás era ese el último presagio, la última honda sabiduría que ahora parecía aclararse en su alma: que uno no puede escapar de sus errores ni siquiera al reconocerlos como tales. ¿Y qué podía hacer él, después de todo? ¿Huir…? ¿Hacia donde, para qué? ¿Podría aceptar en el futuro, si es que escapaba, vivir en las convicciones que en ese instante enviaban sus signos? ¿Se soportaría a sí mismo en la conciencia de ser un hombre distinto? Per­cibía su miedo, su vértigo, ante las certezas que su pro­pia alma le iba sugiriendo. Y al mismo tiempo se sentía lleno de un profundo amor del que el mismo era el des­tinatario, se notaba invadido por una desconocida piedad hacia ese Luis Ribera que contemplaba un huerto destrui­do y, sin embargo, pleno de verdor y de vida.

 

 

Trilogía de Centroamérica:

Los dioses debajo de la lluvia

Javier Reverte

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