A las puertas del paraíso II

 

La cantina

  

…la imagen de su po­sesión, como aquella puerta cubierta de joyas que el desesperado neófito, rumbo a Yesod, proyecta por milésima vez en los cielos para que por ella pase su cuer­po astral, la cual se desvanece para dejar en su lugar lenta e inexorablemente la de una cantina cuando, en el silencio sepulcral y en la paz, se abre por vez primera en la mañana…

…los desperdicios de la noche anterior, cajas de fósforos vacías, cáscaras de limón, cigarros aplastados como ‘torti­llas’ y cajetillas vacías que nadaban en medio de inmun­dicias y escupitajos. Y ahora que el reloj sobre el espejo indicaba las nueve pasadas, ahora que los voceadores de ‘La Prensa’ y ‘El Universal’ entraban pateando o se encontraban parados en la esquina en este preciso mo­mento, ante el mingitorio asqueroso y repleto de limpia­botas que llevaban sus cajones en la mano o los habían dejado equilibrados entre el mostrador y la barra de me­tal, ahora quería marcharse.

 

¡Ah,

sólo él sabía lo her­moso que era todo esto,

los rayos de sol,

 

 

 

 

 

 

 

 

 

rayos de sol,

rayos de sol que inundaban el bar de El Puerto del Sol,

que bailaban el berro y las naranjas

o caían en una sola línea dorada,

como si estuvieran en el acto

de con­cebir a un Dios,

que caían como una lanza

sobre algún bloque de hielo…”

 

Bajo el volcán

Malcolm Lowry

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