Piensa en el infierno y serás feliz II

 

Historia del miedo

La escolástica cristiana, elaborada en el siglo XIII por santo Tomas de Aquino, había traspasado a Satanás del mundo espiritual al mun­do secular, entronizándolo como el causante de todos los males exis­tentes en la Tierra y cabecilla de todos los enemigos de Dios, como los infieles, los blasfemos, las brujas, los magos y los hechiceros. Y ha­bía concebido el mundo moralmente dividido en dos partes antagónicas: los cristianos, cultivadores del bien y de las virtudes, y los que cultivaban el mal y los vicios, esclavizados por Satanás y sus demo­nios. Aunque la Iglesia se había mostrado tolerante, desde el siglo XIV cambió su postura radicalmente, volviéndose intransigente y belige­rante contra cualquier indicio de idolatría o herejía, brujería, hechicería o magia, considerando a todos los sospechosos como adorado­res del demonio. De esta forma, afirmaba la persistente presencia de Satanás en el mundo, con el consiguiente peligro para todos los cre­yentes, que debían estar permanentemente vigilantes contra sus ten­taciones. Cooperar con los demonios siempre implicaba pactar con ellos: la Iglesia condenaba la magia en sus distintas formas y sin pa­liativos. En 1324, el papa Juan XXII publicó una bula pontificia pro­clamando que practicar, activa o pasivamente, la magia maléfica equivalía a rendir culto al diablo y calificando a magos, brujas y hechiceras (que a menudo eran simples sanadoras o curanderas) de herejes que debían ser castigados.

…Las hambrunas, las malas cosechas, las epidemias de peste negra, las plagas, las constantes guerras y las re­vueltas populares que, sobre todo en la segunda mitad del siglo XIV, asolaban la sociedad medieval. La Iglesia quiso ver en estas desgracias colectivas una conspiración satánica y arremetió contra cualquier for­ma de magia o hechicería, cuya práctica concebía como una renuncia a la fe cristiana y como consecuencia de un pacto con el demonio.

Y cunde el miedo.

Los siglos XIV y XV son una época de pobreza teológica y de riqueza espiritual. La mística eclipsa la reflexión, lo mismo que el sentimiento ahoga la razón. Es una situación propicia para los des­bordamientos infernales: los demonios se infiltran en la tierra por las resquebrajaduras del pensamiento racional y se alimentan de las catástrofes humanas. La piedad es enormemente emotiva y da pie a toda suerte de excesos: flagelantes, penitentes, «pobres de Dios», ilu­minados que van de ciudad en ciudad mostrando sus extravagancias y ridiculizando las ansiedades del mundo. Las grandes olas de espiritua­lidad, los impulsos a practicar la pobreza y el alejamiento del mundo han sido canalizados en parte por las órdenes mendicantes -domi­nicos y franciscanos-, reglamentadas y confirmadas por Roma. La fe, desvinculada de la razón busca otras garantías y otros consuelos, en los que al infierno le corresponde desempeñar un importante papel.

Esto se ve de manera clara en la Imitación de Cristo de Tomás de Kem­pis, la obra más celebre de la literatura espiritual de la época, que atri­buye al infierno un doble papel: pensar en los tormentos que podemos evitar renunciando a nuestras pequeñas miserias presentes, y potenciar el miedo de caer en él, que nos ayuda a luchar contra el pecado. Piensa en el infierno y serás feliz. “Si más pensaras en la muerte que en vivir lar­gos años, sin duda que con más facilidad te salvarías. Y si atentamente en tu interior consideras las penas que en el infierno y en el purgatorio ha­brá, cree que gustoso sufrirías trabajo y dolor sin temer ningún rigor”.

 

Biografía del miedo

Enrique González Duro

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