Aparentes víctimas, aparentes verdugos

Mentir con la­ verdad, con todas las cartas sobre la mesa, como un acto de ilu­sionismo con las manos desnudas…

 

 

-Crímenes perfectos… Hay un libro con ese mismo título que yo consulté cuando trataba de establecer las analogías de la lógica con la investigación criminal. El libro pasaba revista a decenas de casos nunca resueltos. El más interesante, para lo que yo buscaba, era el de un medico, Howard Green, que llegó a la formulación para mi más precisa del problema. Quería ma­tar a su esposa y escribió un diario minucioso, verdaderamen­te científico, sobre todas las posibles ramificaciones adversas. No era difícil, concluía él, matarla de una manera en que la po­licía no pudiera culpar definitivamente a nadie. Proponía ca­torce formas diferentes, algunas realmente ingeniosas. Lo que era mucho más difícil era librarse a sí mismo para siempre de cualquier sospecha. El peligro principal para el criminal, soste­nía, no era la investigación que pudiera hacerse de los hechos hacia atrás -eso podía siempre solucionarse borrando o con­fundiendo rastros con una preparación suficiente del crimen ­sino las trampas sucesivas que podían tenderle hacia adelante. La verdad, escribió en términos casi matemáticos, es férreamente única: cualquier apartamiento de la verdad es siempre refutable. Él sabría en cada interrogatorio lo que había hecho y cada coartada en la que pensaba tenía inevitablemente un ele­mento de falsedad que con la suficiente paciencia podía ser puesto al descubierto. Ninguna de las alternativas que analiza lo convencen: hacerla matar por otro, simular un suicidio o un accidente, etc. Llega entonces a la conclusión de que debe pro­porcionarle a la policía otro culpable, uno que sea obvio e in­mediato y que cierre la investigación. El crimen perfecto, escri­be, no es el que queda sin resolver sino el que se resuelve con un culpable equivocado.

-¿Y la mata finalmente? 

 -Oh no, ella lo mata a él. Descubre una noche el diario, tie­nen una pelea terrible, ella se defiende con un cuchillo de coci­na y logra herirlo mortalmente. Al menos esto es lo que le cuenta al tribunal. El jurado, horrorizado por la lectura del dia­rio y las fotos de los hematomas de su cara, dictamina que el homicidio fue en defensa propia y la declara inocente. Es por ella en realidad que el crimen figura en el libro: muchos años después de muerta unos estudiantes de grafología demostraron que la letra en el cuaderno del doctor Green era una imitación casi perfecta, pero sin duda no pertenecía a él. Y descubrieron también este pequeño detalle fascinante: el hombre con el que se caso ella discretamente poco después era un copista de ilus­traciones y obras antiguas de arte. Me gustaría saber quien de los dos fue en todo caso el que redacto el diario: es una impostación magistral del estilo científico. Fueron increíblemente au­daces porque el diario, que se leyó durante el juicio, decía y re­velaba línea por línea lo que ellos habían hecho. Mentir con la­ verdad, con todas las cartas sobre la mesa, como un acto de ilu­sionismo con las manos desnudas…

 

Los crímenes de Oxford

Guillermo Martínez

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