Procesos tecnológicos y estatus femenino I

 

AZADONES, ARADOS Y ORDENADORES 

 

Las vicisitudes del estatus femenino en jefaturas y Es­tados reflejan el grado en que el sexo masculino conseguía utilizar sus ventajas de musculatura y altura para controlar procesos tecnológicos fundamentales, tanto para la guerra como para la producción. Cuando hom­bres y mujeres están igualmente capacitados para productivas de importancia vital, el estatus femenino asciende hasta alcanzar la pa­ridad con el masculino. Pero si hay aspectos esenciales de la producción o de la actividad bélica que los varones realizan con más eficacia que las mujeres, el estatus de estas será inferior.

El contraste entre el estatus femenino en el África oc­cidental y en la India ilustra este principio. Estas regio­nes poseían tipos de agricultura muy diferentes: uno en que ambos sexos estaban igual de capacitados y otro en que los varones disfrutaban de una decisiva ventaja física. En el África occidental, la principal herramienta agrícola no era el arado tirado por bueyes, como en la India septentrional, sino la azada de mango corto. Los habitantes de esta región no utilizaban arados porque en su hábitat, húmedo y umbroso, la mosca tsetse hacia sumamente difícil la cría de animales de tiro. Además, los suelos no se secan y endurecen como sucede en la árida India septentrional, de modo que, sin otra herra­mienta que simples azadas, las mujeres podían ser tan eficaces como los varones a la hora de preparar los cam­pos y no necesitaban a los varones para plantar, cosechar y comercializar sus cultivos.

En la India septentrional, la contribución de ambos sexos a la agricultura era me­nos favorable a las mujeres. Los hombres monopoliza­ban el manejo de los arados tirados por bueyes y estos eran indispensables para roturar los duros suelos. El varón se alzo con este monopolio por las mismas razones que le llevaron a alzarse con el monopolio de las armas cinegéticas y bélicas: su mayor fuerza física le permitía ser entre un 15 y un 2o por ciento más eficaz que una mujer. Esta ventaja marcaba muchas veces la diferencia entre la supervivencia y la muerte por inanición, en es­pecial durante sequías prolongadas, cuando cada centímetro que penetrara en tierra la reja del arado y cada minuto de menos que necesitara un par de bueyes para completar un surco eran decisivos para conservar la hu­medad… Maclachlan determinó que el arado tipo viene a pesar unos 2o kilos y que una pareja de bueyes posee una fuerza de tiro equivalente a 9o kilos. Hasta el final de la jornada, el labrador tiene que guiar su voluminoso equi­po de arado a lo largo de una distancia de casi 4o kilómetros, procurando que los surcos salgan derechos y tengan una profundidad máxima y uniforme. Según Ma­clachlan, los jóvenes que carecen de la fortaleza de los hombres maduros lo hacen bien durante un corto perío­do de tiempo, pero al cabo de unas cuantas horas el arado comienza a temblar, rebotando en el suelo, y los surcos se tuercen.

 

Nuestra especie

Marvin Harris

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