Cuentas pendientes

 

Silvia León vivía al final de la calle Costa Rica, en un pequeño núcleo de chalés muy parecidos, junto a la M-30. Las tapias eran casi todas blancas y las copas de los árboles asomaban por ellas. En la puerta de madera pintada de verde del chalé de Silvia había un cartel que decía: «Villa Tucumán.»

Cuando era niño mi madre me llevaba a las casas donde asistía. Yo debía de tener menos de cinco años y todas las mañanas mi madre y yo tomábamos el tranvía muy temprano en la calle Fuencarral camino de las casas de los ricos.

Los fragmentos de recuerdos que tengo de esa época de mi vida están relacionados con chalés, con amplios jardines de color verde y con cocinas cálidas que me envolvían en mil olores imposibles.

En aquellas cocinas mi madre me ataba con una correa a una silla para que no me cayera al suelo y me daba una corteza de pan bañada en vino dulce, que yo mordisqueaba hasta que caía dormido.

Permanecíamos allí hasta la noche y las señoras de aquellas casas le daban a mi madre ropa usada, pan y sobras de las comidas y algunos juguetes en Navidad.

Años después, cuando ya tenía recuerdos nítidos, le hablaba a mi madre de aquel tiempo y ella me decía que era imposible que yo pudiera acordarme, pero yo me acordaba.

Desde entonces, siempre que he tenido ocasión de entrar en algún chalé me acordaba de mi niñez…

Aplastó la colilla de porro en el cenicero hasta que la convirtió en briznas y se volvió a acostar.

Silvia observó a Clara con atención, pero no pude darme cuenta de si su mirada era de tristeza o de cansancio. Clara continuó hablando tumbada en el sofá.

-Silvia no sabe decir no, el trabajo es el trabajo, lo más importante de la vida. Pero, a lo mejor, podemos continuar la fiesta contigo, Toni. A veces un tío no viene mal, ¿no, Silvia? ¿Eres divertido, Toni?

-Algunas veces -contesté.

-¿A qué vienes? A por dinero, ¿verdad? -añadió Clara.

-Sí, estoy aquí porque necesito dinero.

-Muy bien, Toni, ¿qué es lo que quieres? -habló Silvia.

Acepto la propuesta que me hiciste en mi casa, me he dado cuenta de que es una tontería no aceptar las reglas que vosotros imponéis…

Contó quince mil pesetas, me las entregó. Yo me las guardé en el bolsillo junto a las monedas que me quedaban. El contacto de los billetes me dio fuerza y seguridad. Todos aquellos que dicen que el dinero no da la felicidad suelen ser gente con mucho dinero.

 

Cuentas pendientes

Juan Madrid

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s