El miedo a lo inaprensible, a la incertidumbre,

 Detrás de los tigres azules puede esconderse una sorpresa aun más increible

 

…El curso de mi vida ha sido común, pero en los sueños siempre vi tigres.

A fines de l904, leí que en la región del delta del Ganges habían descubierto una variedad azul de la especie. La noticia fue confirmada por telegramas ulteriores, con las contradicciones y disparidades que son del caso. Mi viejo amor se reanimó. Sospe­che un error, dada la imprecisión habitual de los nombres de los colores…

Meses después, un colega me dijo que en cierta aldea muy distante del Ganges había oído hablar de tigres azules. El dato no dejó de sorprenderme, porque se que en esa región son raros los tigres. Nuevamente soñé con el tigre azul, que al andar proyec­taba su larga sombra sobre un suelo are­noso. Aproveche las vacaciones para em­prender el viaje a esa aldea…

Pensé al principio que esas fábulas cotidianas obedecían al propósito de que yo demorara mi estadía, que beneficiaba a la aldea, ya que la gente me vendía alimentos y cumplía mis quehaceres domésticos. Para verificar esa conjetura, les dije que pensaba buscar el tigre en otra región, que estaba aguas abajo. Me sorprendió que todos aprobaran mi decisión; Seguí advirtiendo, sin embargo, que había un secreto y que todos recelaban de mí.

…no insistí, pero esa noche, cuando todos dormían, me escurrí de la choza…

El suelo era agrietado y arenoso. En una de las grietas, que por cierto no eran pro­fundas y que se ramificaban en otras, reco­nocí un color. Era, increíblemente, el azul del tigre de mi sueño. Ojalá no lo hubiera visto nunca. Me fije bien. La grieta estaba llena de piedrecitas, todas iguales, circulares, muy lisas y de pocos centímetros de diámetro. Su regularidad les prestaba algo artifi­cial, como si fueran fichas.

…Me incline, puse la mano en la grieta y saque unas cuantas…

Ya en la choza, me quité la chaqueta. Me tendí en la cama y volví a soñar con el tigre. En el sueño observe el color; era el del tigre ya soñado y el de las piedritas de la meseta. Me despertó el sol alto en la cara.­

Saque un primer puñado y sentí que aún quedaban dos o tres. Una suerte de cosquilleo, una muy leve agitación, dio calor a mi mano. Al abrirla vi que los discos eran treinta o cuarenta. Yo hubiera jurado que no pasaban de diez. Los deje sobre la mesa y busque los otros. No precise contarlos para verificar que se habían multiplicado. Los junte en un solo montón y trate de contarlos uno por uno.

La sencilla operación resulto imposible. Miraba con fijeza cualquiera de ellos, lo sacaba con el pulgar y el índice y cuando estaba solo, eran muchos. Comprobé que no tenía fiebre e hice la prueba muchas veces. El obsceno milagro se repetía. Sentí frío en los pies y en el bajo vientre y me temblaban las rodillas…

Sin mirarlos, junte los discos en un solo montón… Con extraño alivio sentí que había disminuido su número. Cerré la puerta con firmeza y me tendí en la cama. Busque la exacta posición anterior y quise persuadirme de que todo había sido un sueño. Para no pensar en los discos.

…Yo estaba, creo, no menos aterrado,…

…pero cerré los ojos y recogí un puñado de piedras con la mano izquierda… y las deje caer en la palma abierta de la otra. Su número era mucho mayor.

…Si me dijeran que hay unicornios en la luna, yo aprobaría o rechazaría ese informe o suspendería mi juicio, pero podía imagi­narlos. En cambio, si me dijeran que en la luna seis o siete unicornios pueden ser tres, yo afirmaría de antemano que el hecho era imposible. Quien ha entendido que tres y uno son cuatro no hace la prueba con monedas, con dados, con piezas de ajedrez o con lápices. Lo entiende y basta. No puede concebir otra cifra…me había tocado en suerte descubrir, entre todos los hombres de la tierra, los únicos objetos que contradicen esa ley esencial de la mente humana.

…Al manejar las piedras que destruyen la ciencia matemática…

Al término de un mes comprendí que el caos era inextricable. Ahí estaban indómitos los discos y la perpetua tentación de tocar­los, de volver a sentir el cosquilleo, de arro­jados, de verlos aumentar o decrecer, y de fijarme en pares o impares. Llegue a temer que contaminaran las cosas y particular­mente los dedos que insistían en mane­jados…

No dormí la noche del 10 de febrero. Al cabo de una caminata que me llevó hasta el alba, traspuse los portales de la mezquita de Wazir Khan. Era la hora en que la luz no ha revelado aún los colores. No había un alma en el patio. Sin saber por que, hundí las manos en el agua de la cisterna. Ya en el recinto, pensé que Dios y Ala son dos nom­bres de un solo Ser inconcebible y le pedí en voz alta que me librara de mi carga. Inmóvil, aguardé una contestación.

No oí los pasos, pero una voz cercana me dijo:

-He venido.

A mi lado estaba el mendigo. Descifré en el crepúsculo el turbante, los ojos apaga­dos, la piel cetrina y la barba gris. No era muy alto.

Me tendió la mano y me dijo, siempre en voz baja:

– Una limosna, Protector de los Po­bres.

Busqué, y le respondí:

– No tengo una sola moneda.

– Tienes muchas -fue la contestación. En mi bolsillo derecho estaban las pie­dras. Saqué una y la deje caer en la mano hueca. No se oyó el menor ruido.

– Tienes que darme todas -me dijo-. El que no ha dado todo no ha dado nada.

Comprendí, y le dije:

-Quiero que sepas que mi limosna puede ser espantosa.

Me contestó:           

– Acaso esa limosna es la única que puedo recibir. He pecado.

Deje caer todas las piedras en la cóncava mano. Cayeron como en el fondo del mar, sin el rumor más leve.

Después me dijo:

No  sé aún cual es tu limosna, pero la mía es espantosa. Te quedas con los días y las noches, con la cordura, con los hábitos, con el mundo.

No oí los pasos del mendigo ciego ni lo vi perderse en el alba.

           

 

Buenos Aires, 29 de marzo de 1977.

Extracto del cuento:

Tigres azules

Jorge Luis Borges

 

Un ruego: no se pierdan la versión integra del cuento, es fascinante (realmente no se puede resumir en una página lo que tiene 29).

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