Entre tanto, tomemos un sorbo de té

 

Después de tanta sordidez. Retomemos viejas lecturas y olvidémonos la locura del capitalismo… entremos en nuestra cabaña para prepararnos una taza de té.

…un culto basado en la adoración de la belleza, frente a la sordidez de la existencia cotidiana. Promulga la pureza y la armonía, el misterio de la cari­dad mutua y el sentido del romanticismo en el orden social. Es esencialmente el culto de lo imperfecto, ya que es un esfuerzo para llevar a feliz término, alguna de las posibilidades de esta empresa imposible que cono­cemos como la vida.

Sin embargo, la filosofía del té no es una simple escuela estética, en el significado corriente de la pala­bra, puesto que nos ayuda a expresar junto con la ética y la religión, nuestra concepción integral del hombre y de la naturaleza.

Es una higiene, porque impone la pulcritud y la limpieza; es una economía, porque enseña que el bien­estar consiste más en la sencillez que en la complicación y el despilfarro; es una geometría moral, porque define el sentido de nuestra concepción del universo. Representa, en fin, el verdadero espíritu democrático de Oriente, en cuanto hace de todos sus adeptos unos aristócratas del gusto.

En nuestro lenguaje coloquial, se dice del hombre insensible a los episodios jocosos o serios del drama individual de la vida, que “le falta té”. Y por el contrario, se condena al esteta absurdo, que, indiferente a la humana tragedia, se abandona al empuje de sus emo­ciones, diciendo de él que tiene “exceso de té”.

Un extranjero se sorprenderá, de que levantemos tan grande polvareda en torno de “tan poca cosa”. “¡Que tempestad en una taza de té!” -dirá-. Sí tenemos en cuenta, no obstante, lo pequeña que es la copa de la ale­gría humana, que pronto rebosa de lágrimas, con que facilidad la apuramos en nuestra sed o ansia inextin­guible de infinito, no se nos reprochará que hagamos tanto caso de una pequeña taza de té.

En el líquido ámbar que colma la taza de porcelana marfil, el iniciado puede saborear la dulce reserva de Confucio, la ironía de Lao Tse y la etérea fragancia de Sakyamuni.

Aquellos que en su mezquindad son incapaces de elevarse a la altura de las grandes cosas, están mal pre­parados para comprender la magnitud de las cosas pequeñas en lo grande.

Un occidental cualquiera, con su superficial auto­suficiencia, no captará el hechizo de la ceremonia del té y no apreciará su encanto más que como una de las rarezas que para él constituyen la gracia y la puerilidad del lejano Oriente.

Asia os paga, por tanto, en la misma moneda. Mayor broma haríais, si supierais lo que nos­otros hemos escrito y pensamos sobre vosotros.

Y aún hay más: nos habíamos acostum­brado a consideraros como la gente menos consecuente de este mundo, sabiendo que predicabais doctrinas que no practicáis.

Pero tal vez, expresándome con esta sinceridad traiciono mi propia ignorancia del Culto del té. La esen­cia de la buena educación es: “no dar de sí mismo, más que lo que de cada uno se espera”. Peor para mí si me gano a pulso el calificativo de teísta maleducado.

La serenidad del paraíso de la Humanidad moder­na, ha sido rota por la ciclópea lucha entre la riqueza y el poder. El mundo cae en las tinieblas del egoísmo y la vulgaridad. Hay quien compara la ciencia con una con­ciencia depravada y quien practica la bondad con fines utilitarios. El Oriente y el Occidente como dos dragones sacudidos por un mar en fermentación, luchan en vano por reconquistar la piedra preciosa de la vida…

 

 

Entre tanto, tomemos un sorbo de té.

El resplan­dor del atardecer brilla entre las cañas de bambú,

el agua de las fuentes burbujea con deleite,

el suspiro de los pinos se escucha en nuestra choza.

Dejemos que los sueños se desvanezcan y

sumerjámonos en la maravi­llosa simpleza de las cosas”

El libro del té

Kakuzo Okakura

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