La flor del amor está en pocos jardines

 

No sé si le descubrí yo a él hace años o él me descubrió a mí, la verdad es que no lo sé. O tal vez fue el destino, o el karma, o la ley de la causalidad o la del accidente…, o nada de ello sino todo lo contrario, no lo sé. Pero lo cierto es que nos encontramos en este decorado de luces y de sombras que es la vida, lo cierto es que la casualidad o la causalidad quiso que para mi obra El yogui tomáramos al azar, o por destino, una foto de un desconocido que luego resultó ser la de él, la de Baba Sibananda, también conocido por Lal Baba ya que se arropa con una túnica roja. Y por una serie de coincidencias cargadas de sentido, que uno estaría tentado, sí, por sentir como mucho más que coincidencias si creyera en aquello de los encuentros kármicos, dhármicos o cósmicos, por esa serie de extrañas y misteriosas coincidencias, nos unimos en esta existencia de luces y de sombras, de incontrolado s y enigmáticos arabescos, a pesar de que yo me había prometido no volver a Benarés, ya tantas veces visitado, tantas sufrido y gozado. Pero desde que decidí ir a su encuentro en la ciudad de la Luz, he vuelto numerosas veces a verle y a sentarme a su lado en las escalinatas que descienden al Ganges. Algunas palabras y muchos silencios, en comunión y no sólo comunicación. Y me dice:

Lo más importante es el amor, pero desafortunadamente la flor del amor está en muy pocos jardines.

Hermosos ojos ambarinos, figura menuda embutida en la túnica anaranjada de los sannyasins, me dice:

-¡Es todo tan misterioso! Venimos a esta vida y nos vamos. La vida es corta y lo más hermoso es hacer algo por los demás.

Su luminosa sonrisa y a veces, también, su aspecto muy serio, circunspecto. Me dice:

-La meditación es el camino directo hacia el Ser. Yo no sé nada, pero Él lo sabe todo.

Desconfía de los gurús, de los sacerdotes mercenarios, de los «buitres» del supermercado espiritual, de las organizaciones e instituciones, de los ashrams. Y me dice:

-Hay que saber mirar y mantener la calma ante todo.

Ecuanimidad. Todos somos como los dedos de una gran mano cósmica y tenemos que aprender a conectar con ella, de la que en realidad nunca hemos estado desconectados. Es muy útil en este sentido la meditación. El corazón de todas las criaturas es el mismo, pero desde niños nos han superpuesto códigos, esquemas y se ha ido configurando el ego, que se interpone entre uno y su ser real.

Ha habido muchos tés especiados tomados a su lado, muchos abrazos y mucho cariño. Me regala un librito que ha escrito para mí, una veintena de cuartillas con sus pensamientos. Y ya en el tren, leo: «La paz es lo más importante de la vida humana. Sin paz la vida no tiene sentido. La meditación es el mejor sendero de vida para todos. En este planeta estamos algunos días y partimos. Tenemos que servir a los otros y ganar la paz de la mente.

 

100 viajes al corazón de la India

Ramiro Calle

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