Estupidez

 

Yo estaba ese día en Oaxaca con mi mujer en viaje privado (y tan privado: acabábamos de casamos). Mientras desayunábamos leímos en la prensa local que la calma volvía poco a poco a Chiapas y que los transportes públicos recuperaban la normalidad. No sé cómo la convencí, pero compramos un billete de autobús y al día siguiente salimos hacia la «guerra», hacia San Cristóbal de las Casas.

La carretera de Oaxaca a Chiapas discurre por un terreno quebrado y reseco de montañas desnudas, cactus y ramblas calcinadas. Es el México pobre y atrasado, o al menos uno de los muchos Méxicos pobres y atrasados que hay en este país de contrastes. La calzada es una curva continua adaptada a la compleja orografía. En las orillas del camino van desfilando pequeñas aldeas y loncherías hechas con muros de adobe y chapa metálica. La ruta pasa por Juchitán, una aldea misérrima y polvorienta donde el autobús hace una parada en un símil de estación con el cuarto de baño más sucio del mundo. Y luego por Tehuantepec, donde el paisaje empieza a cambiar para hacerse un poco más húmedo y boscoso. Hasta que aparece Tuxtla Gutiérrez, la capital del estado de Chiapas, una ciudad grande y con cierto toque cosmopolita. Hay grandes almacenes, buenas tiendas y algunas mansiones coloniales en aceptable estado de conservación que contrastan con la penuria que habíamos visto hasta el momento.

Pero a la salida de Tuxtla Gutiérrez unos soldados detuvieron el bus. Había toque de queda y nadie podía estar en la carretera a partir de las seis de la tarde, nos comunicaron.

-¿Cómo que no? -le espeté con esa estulticia de consumidor del primer mundo acostumbrado a exigir sus derechos (aunque luego ninguna compañía te los respete, desde la del móvil a la que repara tostadoras).

-Yo he pagado el billete y tengo que llegar esta noche a San Cristóbal -añadí en un tono entre airado y de líder sindical, como intentando seducir al resto de viajeros para que me apoyara en el incipiente motín.

Pero no hubo ni conato de motín ni siquiera una mirada de apoyo. Más bien alguna de conmiseración.

-Le repito, señor, que la carretera está cortada, hay toque de queda y se están produciendo bombardeos -dijo el oficial a cargo del control-. Nadie va a pasar de aquí esta noche.

-Pero yo he pagado el billete y tengo que llegar. .. -acerté a decir antes de que el oficial se diera media vuelta y zanjara la cuestión dejándome con la palabra en la boca.

El resto de pasajeros me observaba entre la benevolencia y la incredulidad. Sólo me faltó pedir el libro de reclamaciones de esa guerra… Los seres humanos occidentales podemos llegar a ser muy ridículos cuando nos sacan de contexto.

 

 

Pedro Páramo ya no vive aquí

Paco Nadal

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s