Soy como el siervo temeroso que se limita a enterrar el único talento I

 

Siento empatía por el dolor de esa mujer; yo también he desperdiciado mis talentos. Soy como el siervo temeroso que se limita a enterrar el único talento que le han dado*. Sé que no debería ser camarero. Mis amigos y mi familia, las personas que me conocen y me quieren, me ven haciendo otra cosa. No me malinterpretéis; no hay nada malo en ser camarero, pero si eres un camarero que sabe que en realidad debería estar haciendo otra cosa, la tensión entre lo que eres y lo que crees que deberías ser puede desgarrarte la psique. Es como casarse con una persona pero estar enamorada de otra.

La razón del miedo a usar mis talentos es mi temor al fracaso. Siempre espero a que pase una desgracia, antes de poner el otro pie. Por eso nunca he abierto esa cafetería. Por eso mis relaciones se agrían. Por eso aún temo que lo que escribo no llegue a ningún lado. Ese es el verdadero motivo por el que no he dejado The Bistro. Temo fracasar si intento hacer otra cosa.

Mi ansiedad se manifiesta en horribles pesadillas, visiones furiosas y desesperadas en las que aúllo de rabia mientras el mundo me 10 quita todo. La gente me dice que soy un fraude, antiguas novias se mofan desde la sombra, hombres de rostros endurecidos me persiguen por las calles, unos sádicos torturan a mi perro, y los viejos gritan como si estuvieran a punto de morir y los niños muertos se pudren en el vientre. En las raras ocasiones en las que consigo atrapar a uno de mis atormentadores, el sueño deriva en una infernal orgía de violencia, donde uso cualquier arma que tenga a mi alcance, incluso los dientes. Son los sueños de un hombre que nota que su vida se aleja en la corriente del tiempo. Estoy en un lugar de «tinieblas y rechinar de dientes».

-No puedo servirle alcohol-le digo a la mujer, volviendo al presente-, pero me encantaría que cenara con nosotros esta noche. Tenemos los fettuccine carbonara que siempre solía pedir.

La mujer se deja caer derrotada en la silla.

Está bien -dice-; en realidad no tenía hambre.

Quédese aquí -le aconsejo-o Beba un poco de agua.

Le devolverá las fuerzas. Le haré un café.

-No es necesario -dice levantándose-. Debería irme.

-Lamento que las cosas no le vayan bien, pero por favor vuelva otro día. La echamos de menos.

-Gracias. -Cuando la mujer pasa por mi lado me coge del brazo-. Gracias por ser amable.

La miro a los ojos.

-De nada.

-Adiós.

 

Confesiones de un camarero

Steve Dublanica

*pasaje bíblico

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