Centrados en nuestro ombligo

Y al lado de este recinto que de verdaderamente sagrado tiene poco, pero sí mucho de mágico y chamánico, está el que se ha conocido siempre coloquialmente como el moritorio de la madre Teresa, aquella que hace años desencarnó, pero cuya labor sigue viva en las monjas que continúan su obra y en el recuerdo de miles de desvalidos atendidos y moribundos recogidos que se salvaron al final de las garras de la muerte. Hace muchísimos años ya, Teresa fundó este moritorio junto al templo de la diosa Kali. Con su inquebrantable autocontrol, se opuso a los brahmanes que se manifestaban hostiles contra ella. Eran un grupo de agresivos, arrogantes y reaccionarios brahmanes. Ella, enfrentándose a ellos, les dijo: «Si queréis matarme, hacedlo, pero no molestéis a los internos». Los brahmanes se disolvieron sin replicar. Tiempo después, un anciano sacerdote del templo acudió a visitar el moritorio. Quedó tan impresionado por la labor de la monja que se arrojó a sus pies… En el interior de la nave hay salas para mujeres y salas para hombres, asistidas por monjas y cooperantes. Un lugar digno para morir, pero también digno para revivir, porque parte de los moribundos recogidos en las miserables callejuelas de Calcuta se restablecen. Siempre que lo he visitado he comprobado que hay enfermos de todas las clases, en un recinto pobre, pero digno y muy limpio. En cuanto uno muere, su jergón se desocupa para que lo ocupe otro enfermo. Aquí se trabaja de lo lindo. Hay una estancia donde se lavan los cuerpos de los enfermos. Es increíble la cordialidad de los que en condiciones físicas lamentables están sobre los jergones. Cordiales, afectivos, deseando estrechar una mano o mirar unos ojos. La hospitalidad maravillosa de la India se pone de manifiesto incluso entre aquellos que bordean el precipicio de la muerte. Recuerdo las palabras de Teresa: «Mi comunidad son los pobres. Su seguridad es la mía. Su salud es mi salud. Mi casa es la casa de los pobres. No de los pobres a secas, sino de los que entre los pobres son más pobres, de aquellos a los cuales procura uno no acercarse por miedo al contagio o a la suciedad, porque están cubiertos de microbios o de gusanos, de los que ya no comen porque no tienen fuerzas para comer, de los que se derrumban por las calles, conscientes de que se van a morir y a cuyo lado transitan los vivos sin prestarles atención, de los que ya no lloran porque se les han agotado las lágrimas».

100 viajes al corazón de la India

Ramiro Calle


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