Nuestra capacidad de esfuerzo es tan fabulosa como nuestra capacidad de olvido


Recientemente, en un foro sobre emprendedores, un ponente extranjero explicó los resultados de un interesante estudio. Tomaron dos grupos de personas: gente que había emprendido un negocio y gente que, hasta la fecha, no lo había hecho. Los investigadores intuían la existencia de algunos rasgos que distinguían a los emprendedores, tales como inclinación al riesgo, edad, experiencia o similares. Tomaron cientos de datos personales de todos los individuos de la muestra y tras compararlos, resultó que una de las variables más discriminantes era el «sueldo del cuñado». Es decir, cuando uno ganaba menos que su cuñado, hacía lo que fuese para ganar más que él, y emprendía entonces un negocio propio. No pasa nada, es un motivo tan legítimo como otro cualquiera. Lo expongo para probar el gran peso que tiene el beneficio ajeno en el sentir propio.

Lo mismo se aplica cuando oímos en el bar que fulanito se está forrando en el inmobiliario o que menganito ha ganado 100000 euros en bolsa este año. Si nuestro sueldo es de 30000 euros al año y el «inútil» que tenemos delante gana 100000 comprando y vendiendo acciones, nos invade una envidia capaz de quitarnos el sueño. El ser humano es competitivo por naturaleza, y en parte gracias a ello ha llegado tan lejos como especie. Pero una cosa es ser competitivo y otra, envidioso.

La envidia de ver a otros ganar más que nosotros y la gula de no tener bastante con unos ingresos suficientes conducen a meterse en burbujas. En la primera parte del libro he referido varios momentos en los cuales se hizo evidente que un elevado número de personas abandonaba sus actividades productivas habituales para lanzarse a comprar y vender aquello que subía como la espuma.

En estos momentos hay muchos españoles atrapados en inversiones y promociones inmobiliarias que no reciben visitas de compradores. Eran nuevos promotores surgidos de la nada que no pertenecían al sector de la construcción. Cayeron en la trampa, atraídos por los beneficios anteriores de otros noveles inmobiliarios que parecían inteligentes y que, sencillamente, actuaron cuando la espiral ascendente les era favorable.

Durante las épocas de fácil acceso al dinero, muchos no le otorgan el valor que tiene. Pedro Solbes hizo una apreciación, cuando la crisis era ya inminente: dijo que la gente no medía lo que dejaba de propina, que veía dejar 50 céntimos con la propina del café como si nada. Su observación tenía más calado del que a primera vista parece. Cuando la economía va como un tiro, se tiende más a despilfarrar. Una de las cosas que más rápido ha cambiado desde otoño de 2008 es que, de pronto, las monedas y los billetes de 5 euros se han apreciado. Al restringirse el acceso al dinero, el billete y la moneda, antaño abundantes, se convierten en escasos. Vemos con ojos distintos el mismo dinero.

Pero durante las fases de expansión monetaria, como he explicado, es todo lo contrario. Claro, como somos celosos del beneficio ajeno y nuestra codicia es insaciable, entonces el ahorrador coloca su dinero ahí donde más suben los precios: en los activos en espiral especulativa.

Cuando deseamos algo, nos dejamos la piel por obtenerlo, nos esmeramos, esforzamos y arriesgamos por ello. El ser humano es en este sentido infatigable. Pero nuestra capacidad de esfuerzo es tan fabulosa como nuestra capacidad de olvido. Tendemos a no valorar lo que tenemos: eso pasa con los bienes materiales, con las relaciones, con los trabajos, con los amigos. Y con el ahorro. En épocas de euforia monetaria, olvidamos lo difícil que fue apartar aquel dinero, y con una asombrosa falta de cautela, se invierte sin una adecuada medición de los riesgos.

Otro factor que anima a la gente a colocar sus ahorros en dudosas  inversiones es que durante las fiebres especulativas se instaura una sensación de empobrecimiento en caso de no sumarse a los mercados más efervescentes. Si no invierto en pisos, me quedo atrás. Si no invierto en bolsa, gano lo poco que me da el banco, etcétera. ¿Qué hay detrás de esta sensación de quedarse
atrás? En el fondo, un no querer ser menos que el otro, un miedo al empobrecimiento que resulta del enriquecimiento ajeno y que, por ende, no es pobreza sino diferencia.

El hombre que cambió su casa por un tulipán

Fernando Trías de Bes

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