Un mundo Potemkin

Miro alrededor del callejón donde estoy. Es una parte del restaurante que los clientes nunca ven. Es literalmente el culo del restaurante, por donde entran las mercancías y sale la basura. También es un lugar donde los tipos cansados se toman un respiro antes de volver a su interminable rutina. Algunos restaurantes obligan a sus empleados a usar la puerta de servicio para entrar y salir del edificio. Dios prohíbe que la gente vea al servicio.

Hace unos años vi un cuadro de Catalina la Grande, zarina de Rusia, viajando por un campo invernal de Crimea en su trineo imperial. En el cuadro había grupos de aldeanos bien alimentados delante de sus casas, de aspecto próspero, que saludaban a la soberana cuando pasaba. En otra sección del cuadro se revela que las casas son, en realidad, fachadas baratas erigidas para inducir a la zarina a creer que sus súbditos son felices. Ocultos tras las fachadas de cartón piedra están los auténticos aldeanos, hambrientos, harapientos y muertos de frío bajo el cruel invierno ruso. Dice la leyenda que el general
Potemkin, el gobernador militar de Crimea, había hecho construir esos falsos poblados para ganarse el favor de la zarina; de ahí su nombre: pueblos Potemkin.

Mientras miro alrededor del sucio callejón, recuerdo que los restaurantes son versiones culinarias de los pueblos Potemkin; fachadas de oropel que ocultan una realidad caliente y turbulenta que los clientes nunca quieren ver. Detrás del esplendor exterior de todo restaurante, hay un vertedero desbordado en la trastienda. Los clientes no quieren saber que son inmigrantes ilegales quienes cocinan sus platos o limpian sus mesas. No quieren saber que el personal está trabajando para un ogro amoral. No les importa si las chicas que limpian mesas no tienen dinero suficiente para comer o si su camarero las está pasando canutas para pagar el alquiler.

A la mayoría de los clientes solo les importa una cosa: que les sirvan lo que quieren cuando lo quieran. Ven a los chefs famosos en la tele y creen que los restaurantes son lugares mágicos ideados para masturbar sus papilas gustativas. No se dan cuenta de que los restaurantes son lugares donde la gente se esfuerza para ganarse la vida. He descubierto que la mayoría de las personas son cobardemente indiferentes a lo que sucede en los callejones de la prosperidad, sea detrás de un restaurante o en un Wall Mart.

Tiro el cigarrillo al suelo y lo piso con el talón. Tal vez no debería ser tan duro con la gente. Aún me quedan ciertas pretensiones de superioridad moral de los días de seminario. Yo también quiero olvidarme de mis problemas cuando salgo a comer, pero no me comporto como un auténtico cabrón.

Confesiones de un camarero

Steve Dublanica

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Una respuesta a “Un mundo Potemkin

  1. Fantastic coment,the true reality.I live in Spain the fakoffs are coming here.The work in the spanish restaurants and hotels are de same, people from anywere for 5 dollars the our.The directors from hotels or restaurants are small professionals, but big pigs.I not speak inglish, but i can writh that.God luck.

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