EL CHANTAJE EMOCIONAL: SENTIMIENTOS COMO MONEDA DE CAMBIO (II)

Este concepto se puede ver ilustrado en el siguiente caso. Un día una mujer de 39 años llegó a la consulta buscando ayuda porque tenía una relación con su madre que se había convertido en un martirio. Quería cambiarla, pero no sabía cómo, y deseaba resolver su continuo sentimiento de culpa y angustia. La joven comentó que se había independizado cuatro años antes; sin embargo, desde entonces la relación con su madre cambió y se deterioró. Su madre le hacía chantaje emocional continuo y le decía: «Desde que me dejaste sola paso miedo en casa, me siento triste y no tengo razón para estar en este mundo. ¿Me vas a dejar así? ¿Cómo puedes vivir tranquila con tu madre sufriendo tanto?». La joven comentaba que siempre había tenido una relación muy estrecha con su madre, pero desde que se marchó del hogar familiar sentía culpa a diario al pensar que le podía pasar algo ahora que ya no vivía con ella. La joven llamaba a su madre más de cinco veces al día. Sin embargo, decía que se sentía peor después de cada conversación. Cuando iba a ver a sus padres, la madre le repetía una y otra vez: «y ahora te marcharás a tu casita y me dejarás aquí de nuevo, con tu padre, con quien no puedo contar…Si me caigo y me muero, sobre tu conciencia caerá mi desgracia». La joven vivía atormentada de que le pudiera pasar algo a su madre. Ella la quería mucho, por lo que empezó a considerar la opción de volver al hogar familiar para estar pendiente de ella. No obstante, sentía que eso no era lo correcto y que ceder a semejante chantaje sólo iba a empeorar las cosas, así como la relación entre ellas. Al final decidió mantener su casa e invitó a su madre a acudir con ella a terapia familiar. Pensaba que unidas podrían resolver -mejor y más rápido- el problema con el que se encontraban y así podrían disfrutar mejor del tiempo cuando estuvieran juntas.

Pocas sesiones después ambas sintieron que habían resuelto sus diferencias y que habían podido establecer unas expectativas más razonables la una sobre la otra.

Los expertos señalan que los chantajistas utilizan a menudo a otras personas como modelos para comparar y así llevar a cabo su chantaje: «¿No puedes parecerte más a tu hermana?», «Pedro no parece tener tantos problemas como tú para resolver esto … », «Al contrario que tú, ¡nadie ve a tu amiga María abandonando a su marido sólo porque las cosas se ponen difíciles!», Dice aquel refrán que «las comparaciones son odiosas» y es cierto. Lo son, sobre todo siempre que se utilicen para perjudicar o dañar a otra persona. Cuando nos comparan con otros que «lo hacen mejor o son mejores personas, o más inteligentes, o más habilidosos… », siempre hieren, en mayor o menor grado, el orgullo y la autoestima. Las comparaciones ejercen una presión en la que es difícil defenderse, ya que el mensaje que se transmite es básicamente «el otro es bueno y tú eres malo». Muchos padres, parejas y jefes de equipo de trabajo utilizan este método, pensando que de esta forma van a provocar deseos de mejorar en el hijo, la pareja o el empleado, pero es un grave error. Comparar no ayuda y no forma parte de una crítica constructiva. Lo constructivo e basarse en los recursos positivos del individuo y construir a partir de ese punto, siempre proporcionando alternativas o sugerencias respecto a las capacidades de la propia persona, y no a las habilidades de los demás.

El sentimiento de culpa

Laura Rojas-Marcos

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