Donde mueren nuestros soldados y sus civiles II


 

Karzai y el gobierno de Kabul compartían la culpa por no hacer frente a los principales traficantes. La ONU y las principales embajadas occidentales reunieron pruebas de que Karzai estaba tolerando a sospechosos de traficar con drogas porque eran aliados políticos o amigos suyos, o porque no podía permitirse apartarlos del poder.

El Ministerio del Interior no sólo no arrestó a los señores de la guerra, sino que se convirtió en uno de los principales protectores de los traficantes de droga, y Karzai se negaba a hacer limpieza. Cuando las milicias de los señores de la guerra fueron desmovilizadas y desarmadas por la ONU, los comandantes de las mismas consiguieron colocarse en el Ministerio del Interior y desde allí continuaron proporcionando protección a los traficantes. Un cargo como el de jefe de policía en las regiones productoras de opio se subastaba al mejor postor, y la tarifa rondaba los cien mil dólares por un nombramiento de seis meses con un salario de apenas sesenta dólares al mes. La corrupción masiva existente dentro de la policía ante la que no hizo nada Alemania, que supuestamente la estaba formando, fue una de las causas principales del descontento público y dio razones a los talibanes para movilizar apoyos. El año 2004 la fragmentada producción de opio de miles de pequeños traficantes se consolidó con un número menor de grandes traficantes. El año 2007, la UNODC estimaba que quedaban solamente de veinticinco a treinta grandes traficantes, cada uno de los cuales controlaba al menos doscientos o más traficantes menos importantes, que a su vez controlaban a unos quinientos vendedores locales. Más del 70 por ciento de los principales traficantes tenían su base en el sur y ninguno de ellos había sido encarcelados.

Las lealtades tribales, las políticas y los lazos con los talibanes o con el gobierno estaban tan estrechamente enmarañados que era imposible tirar de uno de los hilos sin deshacer toda la madeja. Había también una línea divisoria muy leve entre los personajes poderosos que traficaban directamente y aquellos que les protegían. El factor determinante era la debilidad de Karzai y su falta de voluntad de perseguir a los principales traficantes.

El 2005, después de que varios congresistas hicieran avergonzar al Pentágono por su inacción, el Pentágono y la CIA reconocieron públicamente que el dinero de la droga estaba alimentando al terrorismo. Estados Unidos, Gran Bretaña y el resto de naciones del G8 aprobaron un importante plan antinarcóticos en una cumbre celebrada en Londres en junio de 2005. Rumsfeld aceptó a regañadientes proporcionar transporte aéreo y planificación para cinco comandos afganos entrenados por las Fuerzas Especiales británicas y norteamericanas. Sin embargo, continuó dando largas al asunto a la hora de concretar. Rumsfeld había aceptado que había un problema, pero luego se aseguró de que el ejército americano no hiciera nada para resolverlo.

La llegada al sur de las fuerzas de la OTAN en 2006 cambió muy poco las cosas. Ningún país de la OTAN dio instrucciones a sus tropas de prohibir los convoyes de la droga o de capturar a los traficantes. A pesar del plan del G8, ningún país ofreció ayuda práctica, «Afganistán se está tambaleando y está a punto de convertirse en un narco-estado», reconoció en mayo de 2006 el general James Jones, comandante general de la OTAN en Europa.

 

Descenso al caos

Ahmed Rashid

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