Me dejo estar y miro un tallo de hierba de verano II


…Fa-tsang (+643 a + 712), de la escuela mahayana Hua-yen, cuya imagen del universo consistía en una red multidimensional de joyas, ca­da una conteniendo los reflejos de todas las demás ad infinitum. Cada joya era un shih, o «cosa-acontecimiento», y su principio de shih shih wu ai (“entre una cosa-acontecimiento y otra no hay obstrucción”) exponía la interpretación e interdependen­cia mutua de todo lo que ocurre en el universo. Coge una brizna de hierba… todos los mundos están contenidos en ella. En otras palabras, todo el cosmos esta implícito en cada uno de sus miem­bros y cada aspecto de aquel debe ser considerado como su cen­tro. Este es el principio puro y básico de la visión orgánica, a la que retornaremos en nuestra discusión sobre el significado del Tao.

Entretanto -y antes de seguir adelante– es preciso decir que para un verdadero taoísta una discusión tan levemente académica como ésta, resultarla presuntuosa e innecesaria. Natu­ralmente, yo me deslizo por la literatura y la filosofía chinas co­mo quien cuida un huerto -a diferencia de una gran granja­- siento por la atmósfera literaria del Tao -los textos, la ca­ligrafía, las pinturas e incluso los diccionarios chinos- el mis­mo tipo de afecto que aquel que podía sentir por una pe­queña hilera de tomates o judías, por un ciruelo o por una mo­desta espiga de trigo.

Sea como fuere, una aproximación al Tao parcialmente li­teraria y académica no aporta nada con respecto a su esencia, de modo que para entender lo que sigue, el lector debe permi­tirse – ahora y en cada lectura posterior- alcanzar un estado mental adecuado. Se os pide -transitoriamente, por supuesto-­ que dejéis de lado todas vuestras opiniones filosóficas, religiosas y políticas, y que seáis casi como los niños, que no saben nada.

Nada, eso es, excepto que realmente oís, veis, sentís y oléis. Su­poned que no estáis yendo a ningún lado salvo aquí, y que nun­ca hubo, hay ni habrá otro tiempo salvo el presente. Simplemen­te sed conscientes de lo que en realidad es, sin atribuirle nom­bres y sin juzgarlo, puesto que estáis palpando la realidad misma y no las opiniones sobre ella. No tiene sentido tratar de su­primir los borbotones de palabras e ideas que transitan por la mayoría de los cerebros adultos, de modo que si no se detienen, dejadlas seguir como quieran y escuchadlas como si fuera el so­nido del tráfico o el cloqueo de las gallinas.

Dejad que vuestros oídos oigan lo que quieren oír; dejad que vuestros ojos vean lo que quieran ver; dejad que vuestra mente piense lo que quiera pensar; dejad a vuestros pulmones respirar a su propio ritmo. No esperéis ningún resultado espe­cial, puesto que en este estado desprovisto de palabras e ideas, ¿dónde puede existir pasado o futuro, y dónde alguna noción de propósito? Deteneos, mirad y escuchad… y permaneced aquí un momento antes de proseguir la lectura.

 

El camino del Tao

Alan Watts

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