Trabajo o diversión II


 

Antes de que le responda, considere dos cosas. En pri­mer lugar, mis dotes de rapsoda no son precisamente de primer orden; de modo que pedir a alguien que pagara por oírme recitar durante lo minutos podía considerarse un abuso. En segundo termino, aunque yo pregunte a los estu­diantes si me pagarían por el privilegio de asistir a la recitación, no tenían por que pujar en ese sentido; podían perfec­tamente haber dado la vuelta a la tortilla y exigir que fuera yo el que les pagara a ellos.

Y ahora, los resultados (un redoble de tambor, por fa­vor). Los que respondieron a la pregunta hipotética relativa a mi paga se mostraron de hecho dispuestos a pagarme por el privilegio. Como media, se ofrecieron a pagarme alrede­dor de un dólar por la lectura poética breve, unos dos dólares por la intermedia y algo mas de tres dólares por la larga (después de todo, igual resultaba que podía ganarme el sus­tento fuera de la docencia).

Pero, que hay de los estudiantes previamente anclados a la idea de cobrar de mí, en lugar de pagarme? Como cabría esperar, exigieron un pago: como media, pedían l,3o dólares por escuchar la lectura poética breve; 2,7o por escu­char la intermedia, y 4,8o por soportar la lectura larga.

De manera muy parecida a Tom Sawyer, pues, yo había logrado partir de una experiencia ambigua (y si el lector tu­viera la oportunidad de oírme recitar poesía comprendería lo ambigua que puede resultar dicha experiencia) y conver­tirla arbitrariamente en una experiencia placentera o dolo­rosa. Ninguno de los dos grupos de estudiantes sabía si mi lectura poética era de tal calibre que valla la pena pagar por ella o de tal calibre que sólo merece oírse cuando a uno se le compensa financieramente por la experiencia (es decir, no sabían si resultaba placentera o dolorosa). Pero una vez que se habían formado la primera impresión (que ellos tenían que pagarme a mí, o que yo tenía que pagarle a ellos), la suerte estaba echada; y el ancla también. Además, una vez tomada la primera decisión, seguían otras en lo que parecía ser una manera lógica y coherente. Los estudiantes no sabían si oírme recitar poesía era una experiencia buena o mala, pero, cualquiera que fuese su decisión, la empleaban como punto de partida para sus decisiones siguientes, creando una pauta coherente de respuestas para las tres lec­turas poéticas.

Obviamente, Mark Twain llegó a las mismas conclusio­nes: «Si Tom hubiera sido un filósofo grande y sabio como el autor de este libro, habría comprendido que el trabajo es aquello que uno está obligado a hacer, y el juego es aquello que uno no esta obligado a hacer». Luego, Twain observa­ba: «Hay caballeros ricos en Inglaterra que conducen cada día coches de pasajeros de cuatro caballos de 3o a 5o kilómetros en verano porque ese privilegio les cuesta una suma considerable de dinero; pero si se les ofreciera un salario por el servicio, eso lo convertiría en un trabajo, y entonces renunciarían a hacerlo».

 

Las trampas del deseo

Dan Ariely

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