El zen se basa en esta transmisión silenciosa del secreto II

La enseñanza fundamental sólo puede transmitirse a tra­vés de una experiencia personal, la de los maestros que se expre­san conforme a las circunstancias de tiempo y de lugar y según el grado de maduración de sus discípulos. Ningún maestro imita a otro, ni siquiera al suyo propio, no se imita más que a sí mismo en cuanto Despierto, y tampoco desea que se le imite, sino que cada discípulo llegue a ser simplemente él mismo en el Desper­tar. Sin embargo, la enseñanza es, en cuanto al fondo, idéntica, ya que refleja la experiencia inicial, la del Buddha Shakyamuni.

Debemos definir todavía lo que, en el zen, se entiende por maestro. Todo maestro ha sido primero discípulo de un maestro que, al termino de su formación, ha certificado su Despertar y lo ha reconocido como a su igual, dándole con ello la autorización de enseñar a su vez, y a veces incluso obligándole a hacerlo. En la práctica, por numerosos que sean sus discípulos, un maestro solo nombra a uno o dos, rara vez más, que son sus «sucesores en el Dharma». Debido a esto, existe una transmisión continua, al me­nos teóricamente, que, partiendo del Buddha, ha pasado de la India a China, después de China al Japón y, hoy en día, del Japón a Occidente, y que, por consiguiente, dura desde hace más de dos mil quinientos anos.
Si no hubiera diversidad en la unidad, este libro no tendría sentido, pero, al recoger los testimonios de los maestros, se obtie­nen otros tantos puntos de vista diferentes, otras tantas incitacio­nes, adecuadas a los distintos temperamentos, a buscar una ver­dad única, que se considera que está en nosotros pero que sólo es accesible mediante una indagación personal. Ahora bien, es importante subrayar que el zen desarrolla en cada individuo sus potencialidades innatas, y los maestros, asumiendo totalmente su propia personalidad, han tenido los caracteres más contrastados, y unas formas de actuar y de expresarse muy diferentes. Por con­siguiente, nada es más importante que escoger al propio maes­tro, aquel con el que se puede estar en comunicación directa, I shin den shin.

El zen no tolera los términos medios, aquellos en los que en resumidas cuentas uno se sentiría cómodo, en honor a la verdad. «Vomita a los tibios». El zen es todo o nada y, si ya no es todo, no es nada. Por eso, para sacudir el embotamiento, los hábitos, la ru­tina, para volver a poner en la «Vía», ha tenido necesidad cons­tantemente -y más que nunca hoy en día- de «marginales» y de iconoclastas, practicantes de una compasión ruda y rugosa, de provocadores que precisamente crean incomodidad. Solo estos «revolucionarios» un poco «anarquistas», que sin embargo eran artistas, poetas o inventores, devolvieron al zen el impulso que había perdido y le confirieron un frescor y un sabor siempre re­novados, capaces de sorprender al paladar hastiado que todavía no los había probado nunca.

 

 

Los maestros Zen

Jacques Brosse

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