Tu enciendes el fuego; te mostraré algo lindo: ¡Una gran bola de nieve¡

 

Desde los tiempos más remotos los maestros zen han demostrado ser partidarios de escribir breves poemas: lacónicos y directos como sus respuestas a las preguntas acerca del Budismo. Muchos de ellos contenían claras referencias al Zen y a sus principios. Pero así como la frase de T’ung-shan: « ¡Tres libras de lino!», fue una respuesta llena de Zen pero no acerca del Zen, así también la poesía zen más expresiva es aquello que «no dice nada», es decir, que no es una filosofía o comentario acerca de la vida. Por ejemplo, una vez un monje preguntó a Feng-hsiieh: «Cuando tanto la palabra como el silencio resultan inadmisibles, ¿cómo podemos hacer para no errar?» El maestro replicó:

Siempre recuerdo a Kiangsu en marzo:

¡El canto de la perdiz, el macizo de flores fragantes ¡

 

… hallamos la expresión de un momento vivaz en su puro «ser tal»…

…Semejante empleo de la poesía evidentemente expresa el mismo tipo de visión artística que encontramos en las pinturas de Ma-yiian y Much’i, el mismo uso del espacio vacío que cobra vida con unas pocas pinceladas. En la poesía el espa­cio vacío es el silencio que rodea un poema de dos líneas: el si­lencio requerido por la mente, en el que no pensamos «acerca» del poema sino que realmente sentimos la sensación que el poe­ma evoca, y con mucha fuerza precisamente porque dice tan poco.


Ya en el siglo XVII los japoneses alcanzaron la perfección con esta poesía «sin palabras» en el haiku, poema de diecisiete sila­bas que deja el tema casi en el momento de tomarlo. Para quie­nes no están acostumbrados a estos poemas japoneses, el haiku no parece otra cosa que el comienzo o el titulo de un poema, y al traducirlos es imposible comunicar el efecto de su sonido e ima­gen, que es justamente lo importante. Desde luego hay muchos haiku que parecen tan presuntuosos como las pinturas japonesas en bandejas de laca barata destinadas a la exportación. Pero el oyente no japonés debe recordar que un buen haiku es un guija­rro arrojado al estanque de la mente del oyente, que evoca aso­ciaciones de su memoria. Invita al oyente a participar, en lugar de dejarlo mudo de admiración mientras el poeta se luce.


Los poemas haiku deben su desarrollo sobre todo a la obra de Basho (1643-1694), cuya manera de sentir el zen tendía a expre­sarse en un tipo de poesía totalmente afín al espíritu del wu-shih: «nada especial». «Para escribir haiku -decía-, búsquese un niño de un metro de alto», con lo cual aludía al hecho de que sus poemas tienen la misma inspirada objetividad de la expresión de asombro que encontramos en los niños, y nos devuelven aquella manera de sentir el mundo como lo vimos la primera vez con nuestros ojos azorados. .

 

Con la brisa de la tarde

el agua murmura contra

las patas de la garza.

 

El camino del Zen

Alan Watts

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