La vida no procede simple­mente desde dentro, sino que se extiende a todo nuestro alrededor, tan­to si se quiere como si no

Nos quedamos tan quietos durante un rato que la estancia se llenó con los sonidos apagados procedentes de la cocina. Resultaba extraño hallarme en una casa diferente con Matsu, viéndolo por primera vez bajo una nueva luz. Allí parecía ser más suave, como si dominara menos la situación.

-Es una casa bonita -dije finalmente. Matsu asintió con un gesto de aprobación.

Sachi regreso trayendo una bandeja con té y pastas. Una vez que nos hubimos sentado sobre los cojines, levanté la mirada para examinar el rostro de nuestra anfitriona. Era más vieja de lo que había pensado en un principio, con una constitución delicada y movimientos rápidos. Al in­clinarse para servir el fuerte té verde, la bufanda negra se le deslizó un poco del lado izquierdo de la cara. Por debajo, pude ver los lugares don­de las úlceras habían roído la carne, dejando cicatrices blancas y esca­mosas, creando una masa desfigurada por entre la que el ojo izquier­do medio cerrado se esforzaba por mantenerse abierto. Al darse cuenta de mi mirada, Sachi bajo rápidamente la mirada y recuperó la parte de la bufanda que le cubría el rostro. Por lo que pude ver, únicamente el ros­tro y la mano izquierda parecían afectados por la enfermedad; la suave mano derecha y los dedos aparecían intactos.

¿Más té? -preguntó, empezando a levantarse.

-Por favor -asentí, ruborizado y azorado.

 Matsu se incorporó rápidamente y dijo:

-Deja, yo lo traigo.

Luego, desapareció en la cocina antes de que Sachi tuviera tiempo de decir nada. Muy lentamente, volvió a descender su cuerpo sobre el cojín y se volvió apenas lo suficiente para que yo pudiera ver únicamente el lado derecho de su rostro. Mientras que el lado izquierdo había queda­do devastado, el derecho, sin mácula, pertenecía al rostro más hermoso que hubiese visto jamás.

-Espero que no la hayamos molestado -dije, con el tono ansioso de un joven.

Sachi negó con un gesto de la cabeza. Se volvió un poco más para po­der observarme a sus anchas con su único ojo bueno.

-No recibo muchas visitas; sólo las de Matsu-san. A menudo, pa­san los años sin ver una sola cara nueva. Me siento muy honrada por su visita.

Entonces fui yo el que pareció sentirse tímido, sin saber que decirle a esta hermosa mujer. Fue como si ya hubiésemos descubierto algo en co­mún en nuestra soledad.

Sachi tuvo que haber percibido mi incomodidad, porque, fue ella la que continuó la conversación. Las palabras le surgieron con facilidad.

…-Debe de estar en el jardín.

Seguí a Matsu por un sendero de piedra que daba la vuelta alrededor de la casa hasta la parte de atrás. Abrió una alta puerta de bambú y se hizo a un lado, permitiéndome pasar el primero. En lugar de los verdes, los marrones y los destellos de color que caracterizaban el jardín de Mat­su, la sobriedad del jardín de Sachi me dejó atónito. No había árboles, flores o agua, sino sólo un paisaje hecho de arena, piedras, rocas y algo de musgo de un verde pálido que cubría las zonas más sombreadas. Tardé unos pocos minutos en captarlo todo. Sobre la tierra escabrosa y en pendiente, Sachi había creado montañas a base de rocas dispuestas artísticamente, rodeadas de gravilla y de piedras alargadas que parecían fluir hacia abajo, como una corriente entre las rocas que condujese a un lago o al mar. La superficie lisa del agua estaba formada por guijarros suaves y redondeados, ordenados en líneas rectas y circulares para suge­rir remolinos y olas.

-Un paisaje seco -susurre en voz alta.

-Se llama kare sansui -dijo de pronto Matsu y sólo entonces recor­dé que estaba detrás de mí.

-Es hermoso -dije, extrañado al observar cómo la luz diferente y las piedras oscuras eran capaces de crear aquella textura e ilusión.

…-Es maravilloso -le dije.

El sol estaba casi en su cenit, lo que aclaraba el color de las rocas, has­ta el punto de que parecían relucir.

-No podría haberlo hecho sin la ayuda de Matsu -confeso Sachi-. Hace muchos años, cuando llegué a Yamaguchi por primera vez, para mí se había desvanecido por completo la posibilidad de tener una vida propia. Matsu fue el que insistió en que tuviera un jardín.

-¿Y tú misma creaste todo esto?

-Con ayuda de Matsu. Él me mostró que la vida no procede simple­mente desde dentro, sino que se extiende a todo nuestro alrededor, tan­to si se quiere como si no. Así, este jardín se ha convertido en una parte de mi vida.

Hubiera querido decide algo, pero las palabras se me atragantaron. Su jardín era una mezcla de hermosura y tristeza, las rocas y las piedras una ilusión de movimiento. ¿Qué podía haber hecho ella para merecer tal destino? …Obser­ve a la mujer delgada y tímida que estaba de pie delante de mí y hubiera deseado encontrar respuesta a todas mis preguntas, pero mantuve la se­renidad y únicamente pude confiar en que se me darían las respuestas a su debido tiempo.

 

 

El jardín del samurai

Gail Tsukiyama

 

 

 

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