Era entonces mucho más anarquista que revolucionario

[…] Su ánimo estaba siempre alerta. Ignoraba el entorpecimiento, las somnolencias, las huidas, los regates, las treguas, las prudencias, el respeto. Se interesaba por todo y nunca daba nada por sentado. Frente a un objeto, en vez de escamotearlo en provecho de un mito, de una palabra, de una impresión, de una idea preconcebida, lo miraba; no lo abandonaba antes de haber comprendido sus circunstancias, sus múltiples sentidos. No se preguntaba lo que había de pensar, lo que hubiera sido original o inteligente pensar; simplemente pensaba en ello […].

No tenía por supuesto ninguna intención de llevar una existencia de ratón de biblioteca; aborrecía las rutinas y las jerarquías, las carreras, los hogares, los derechos y los deberes, todo lo serio de la vida. No se resignaba a la idea de tener un oficio, colegas, superiores, reglas que observar y que imponer; nunca sería un padre de familia, ni siquiera un hombre casado. [ … ] La obra de arte, la obra literaria, era a sus ojos un fin absoluto. […] Las discusiones metafísicas le hacían encogerse de hombros. Se interesaba por las cuestiones políticas y sociales […] pero su asunto propio era escribir, el resto venía después. Por otra parte era entonces mucho más anarquista que revolucionario.

 

Memorias de una joven formal

Simone de Beauvoir

Historia de la Filosofía en el siglo XX

Christian Delacampagne

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