El sueño de la razón produce monstruos

Si se abandona la ambición de guiarnos por la razón, se volatiliza igualmente la posibilidad de admitir que existen argumentos mejores que otros. Ese es, por lo demás, el motivo por el que ciertos relativistas consideran que la principal aportación de la filosofía del siglo xx habrá sido libramos de ella misma, es decir, la de engendrar su propia «superación». Ya se entienda ésta en el sentido de Heidegger o bien en el sentido de Rorty, el resultado es idéntico: en ambos casos, la filosofía se ve reducida al rango de simple práctica «cultural», a la que puede concederse una finalidad estética, pero cuya utilidad social es cuando menos restringida.

Esta posición tan sólo presenta una ventaja: la de dar lugar, entre los escombros de la filosofía, a nuevas formas de creatividad intelectual, que incluso los relativistas deben admitir que no han visto nacer aún.

Sus inconvenientes, por otro lado, son considerables. Más allá del hecho de que parece tan arbitrario anunciar el fin de la filosofía como proclamar el de la historia, la pintura o bien el de la pareja, la renuncia a toda concepción objetiva de la razón entraña inmensos peligros para el futuro de la humanidad. Peligros que se hacen más visibles a medida que los valores morales menos discutibles parecen, en este final del siglo xx, cada día más amenazados.

La reaparición, en los cuatro puntos cardinales del planeta, del racismo y del nacionalismo étnico (que fueron los principales ingredientes de nacionalsocialismo hitleriano), de toda clase de fundamentalismos religiosos (por definición hostiles a la libertad de pensamiento), la abundancia de sectas, la explosión general de la credulidad y del irracionalismo, por no hablar del riesgo que constituye la difusión, por los medios audiovisuales, de ideas estandarizadas que anestesian el espíritu crítico:

¿no son todos esos fenómenos de una naturaleza que hace temer por el triunfo, a escala mundial, de una verdadera regresión oscurantista?

Contra una regresión semejante, la única barrera posible continúa siendo, a pesar de su fragilidad, el retorno a los ideales de la Ilustración :sus pensadores sostenían que la razón humana podía combatir la ignorancia, la superstición y la tiranía, y construir un mundo mejor.

Historia de la filosofía en el siglo XX

Christian Delacampagne

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