El costo de la razón: llevar las riendas de nuestros impulsos consume bastante energía

La capacidad de frenar de forma consciente los impulsos, o de retrasar voluntariamente la gratificación e ir más allá de la situación inmediata mientras perseguimos un objetivo superior, es una función ejecutiva fundamental de los seres humanos. Esta aptitud hace posible que el hombre que está a dieta se resista al canto de sirena de la hamburguesa de queso con patatas fritas que le tienta cada vez que pasa por delante de un McDonalds.

La función ejecutiva de autocontrol requiere dos cosas básicas: motivación y fuerza de voluntad. Llevar las riendas de nuestros impulsos consume bastante energía. Me viene a la mente una investigación realizada en el Departamento de Psicología de la Universidad de Case Western Reserve, donde sesenta jóvenes de veinte años de media, mitad hom­bres y mitad mujeres, se ofrecieron para participar en un experimento sobre degustación de alimentos. A todos se les avisó de que antes del experimento debían estar en ayunas un mínimo de tres horas. El laboratorio se preparó antes de la prueba y en un horno se cocinaron unas suculentas galle­tas de chocolate, por lo que la habitación estaba impregna­da de un delicioso aroma. Cada participante se sentó ante una mesa donde había un plato lleno de estas galletas y otro plato repleto de rábanos. El investigador explicó que las galletas de chocolate y los rábanos habían sido seleccionados para la prueba de percepción del gusto porque eran alimen­tos comunes pero muy diferentes. A la mitad de los partici­pantes se les indicó que comiesen tres rábanos, y a la otra mitad, tres galletas de chocolate, durante cinco minutos. A todos se les recordó que sólo podían comer el alimento indicado. A continuación, el investigador salió de la habitación, mas observó a los comensales a través de una mirilla secreta, para verificar que cumplían lo pactado. Ninguno se saltó las reglas, aunque algunos de los participantes del gru­po de los rábanos miraban con nostalgia a las galletas e in­cluso se las acercaron a la nariz con deleite.

Una vez finalizada la prueba, los participantes comple­taron un formulario y una entrevista. Como cabe suponer, los que comieron rábanos manifestaron que tuvieron que hacer más esfuerzo para comer que los del chocolate, además de que admitieron haber tenido que resistir la tentación de engullir las galletas. Por el contrario, ninguno del grupo del chocolate se sintió tentado de probar los rába­nos. Acto seguido, los investigadores pidieron a cada parti­cipante -como algo independiente del experimento ­que trataran de resolver un rompecabezas, que consistía en completar una figura geométrica con un lápiz sin retroce­der ni levantar la mano. Podían tomarse todo el tiempo que quisieran. Los sujetos no sabían que el problema era imposible de resolver. El grupo asignado a degustar rábanos abandonó la prueba mucho antes que el grupo del chocolate. La conclusión de los investigadores fue que el autocontrol tiene un coste de energía mental. Y la energía mental es limitada.

Esto explica que bajo según que circunstancias haya bastantes personas que cedan pronto y se dejen llevar por los acontecimientos. Todos conocemos individuos pasivos, indiferentes o que prefieren dejar correr las cosas sin plan­tarse ni pelearse. Unos optan por ahorrar energía, otros están «quemados», y no pueden llevar a cabo sus funciones ejecutivas. El nivel de energía mental se debilita por mu­chas razones. Por ejemplo: el cansancio físico, el dolor, el hambre, ansiedad…

Las personas que tienen que controlarse en una tarea concreta registran más dificultad si, a continuación, se les pide que se controlen en otra situación. La mujer cuyo trabajo durante el día requiere mucho control va a tener más dificultad a la hora de tolerar por la noche frustraciones en casa…

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