DIARIO DE UN TORTURADOR



Otra vez llego tarde a casa.

Antes de introducir la llave ya noto la presencia de kiki tras la puerta. Inquieta, rasca con sus patas la madera. Cojo a la perra, que no hace más que lamerme la cara con satisfacción (es la única que se inquieta si tardo en llegar). En la puerta del salón mi mujer, huraña, me suelta la retahíla de donde habré estado, si vengo del bar… Mis hijos presupongo que, ajenos a todo interés por su progenitor, estarán en sus cuartos con su Facebook o sus videojuegos.

Me pregunto si tanto esfuerzo merece este trato. No hago más que trabajar y éste es el pago. Imagino que es ley de vida.

Estos días he notado en la mirada de la gente en la calle cierto desdén. Aunque deben ser imaginaciones. Como pueden saber cuál es mi verdadero cometido en la policía política, ni siquiera mi pertenencia a esta; y aunque lo supieran, deberían comprender que mi labor mantiene al país seguro para que puedan vivir.

A veces no puedo olvidar la cara de terror de esos desgraciados. Sus ojos pidiendo clemencia se me clavan en la mente. Pero el mundo es así. Yo sé que algunos no han hecho nada. Pero hay que mantener a la gente con el miedo en el cuerpo; así el resto se pensará dos veces revelarse contra el orden natural. Además, algo habrán hecho para acabar así.

Es un trabajo duro. A veces he pensado dejarlo, pero tal como están las cosas, y con mi edad: dónde voy ir. Tengo que pensar en mi familia. Mantener a tres críos, educación, hipoteca, que si las vacaciones, que si el coche. Además el mayor está a las puertas de la universidad, más gastos aún. La vida es como es; este es mi trabajo. Y en el fondo hago una labor social.

Conciencia, conciencia… qué tontería. Lo importante es el trabajo, mantener el nivel de vida de los tuyos: eso es lo correcto. Ganar dinero. Yo no tengo culpa de la pobreza de los demás, ni de su
sufrimiento, ni de su rebeldía; seguro que se lo han buscado con su indolencia…

Mi labor es importante. Es una labor social. No entiendo ciertas críticas.

Cierro la ducha. Cada día cuesta más librarme de tantas manchas de sangre. Cuánto se resisten algunos.

Se ha hecho tarde, ya llego tarde a la clase de meditación. ¡Que jodienda!

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