TRES CLAVES PARA AFRONTAR NUESTRA LUCHA COTIDIANA (TERAPIA DE ACEPTACION Y COMPROMISO- ACT) I


Intentar no sufrir nunca, nos asegura el sufrimiento continuo

“El sufrimiento forma parte inseparable de la vida”

Buda

Debido a los cambios de nuestra sociedad, el no tener que soportar ningún dolor, fastidio, demora o alteración, el no tolerar ninguna inco­modidad física ha acabado por volverse lo normal… Esto no supondría necesariamente un problema si discriminásemos en que cosas no tene­mos por que resignamos. El efecto perverso que alberga un mundo tan cómodo estriba en la generalización que se produce desde un ámbito de nuestra vida (el físico) a otros en los que las cosas no pueden funcionar así. La eficacia de los fármacos nos ha deslumbrado, las comodidades materiales nos han encantado y las hemos adoptado rápida e irrenun­ciablemente y, por todo ello, al final, hemos creído que nuestra vida debía ser así en todos sus aspectos: tanto físicos como psicológicos.

De esta manera, hoy en día, la mayoría de las personas -cons­ciente o inconscientemente- piensa que debe hacer lo necesario para tener siempre un estado psicológico de total comodidad, que la men­te no debe albergar sino “pensamientos positivos”, que ante la aparición de preocupaciones y desgracias lo mejor es olvidar lo antes posi­ble… y, además, que esta vida mental es perfectamente posible y que se puede aprender. Detrás de esta concepción hay una creencia sim­ple y fundamental: las personas felices son las que acaban cuanto antes con sus “malos rollos mentales”.

…No podemos olvidar que la postura del nunca sufrir parte de una concepción biológica, mientras que la realidad del hombre (y, desde luego, su salud mental) no puede reducirse a algo solo biológico, pues es al mismo tiempo histórica y social. Y es que acabar con todo malestar psicológico supondría acabar con nuestra memoria, equivaldría a dejar de ser humanos…

Si una parte de nuestro cuerpo está tan dañada que no podemos vivir con ella cabe la posibilidad, en muchos casos, de bloquearla o amputarla; pero si el problema está en un recuerdo, en una experien­cia, en un sentimiento ¿cómo podemos extirparlo sin dejar de ser nosotros?

La “moda” del no sufrir nunca psicológicamente se ha propagado de tal manera que, hoy en día, cualquier persona cree imprescindible tomar tranquilizantes o acudir a un psicólogo ante acontecimientos dolorosos como la muerte de un familiar, la perdida de un trabajo o la separación matrimonial. Antes de la existencia de los psicólogos y de los ansiolíticos ¿no pasaban esas cosas? ¿Toda la humanidad ha estado profundamente traumatizada al carecer de esos apoyos? Parece haber­se olvidado que, cuando alguien sufre desgracias de este calibre, tiene que pasarlo mal, y que es precisamente querer olvidarlo a toda costa, desentenderse, dejarlo atrás cuanto antes -y no lograrlo- lo que acaba por convertirlo en traumático. Cuando nos negamos a pasarlo mal, cuando deseamos liberarnos de toda contrariedad, no sufrir dificultades, etcétera, nos encontramos con que tenemos ya dos problemas: por un lado, los remordimientos, las obsesiones, el malestar en si; y, por otro, nuestro agotamiento por tratar de evitarlos.

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