QUÉ TONTAS SON ESTAS MÁQUINAS

Tengo un problema con mi coche, bueno, mejor dicho, lo tenía. Ayer hizo explosión. No por deflagración sino por desbordamiento de sus estructuras.

No digo que fuera una sorpresa, que no lo viera venir, pero me fue imposible cambiar la trayectoria de los acontecimientos.

Pero empecemos por el principio. El recorrido diario con mi coche era de unos 35 km aproximadamente. Unos veinticinco de ida y vuelta al trabajo; a lo que les debo sumar cinco diarios que son el prorrateo de los viajes extras: compras, salidas (cine, restaurante)…

Con este recorrido solía ponerle unos 20 euros a la semana.

Después de unos años de convivencia perfecta, un día, ¡oh sorpresa!, vi atónito como mi coche se desviaba hacia una gasolinera.

-¡Pero si todavía tienes gasolina! – Le dije.

Pero por mucho que intente convencerlo, me obligó a parar para repostar.

-Bueno, también las máquinas tienen sus caprichos- Me dije

Le puse diez euros adicionales.

Como suponen esta extravagancia lejos de desaparecer se incrementó.

Primero sólo le pasaba ante gasolineras atractivas, pero luego su gusto se vulgarizó y ya teníamos que parar en todas las que encontrábamos por el camino.

Como se habrán percatado el consumo de gasolina superior al gasto que hacia el coche hizo que su depósito se expandiera, y el resto de su estructura. El coche se volvió más orondo. Sus líneas delicadas se convirtieron en una masa informe. Su peso, al incrementarse, afectó a la suspensión y a la fiabilidad de sus frenos.

Tenía que hacer algo.

Le decía al coche a todas horas que debía consumir gasolina en función de la energía que necesitase. Fue un fracaso.

La primera media que tome fue sacarlo adicionalmente para hacer más kilómetros y así gastar el combustible extra. Cada día hacíamos 20 ó 30 km después de comer. Pero era agotador, y apenas consumíamos una pequeña parte de la gasolina que habíamos añadido.

El aumento de recorrido hizo que el coche se estropeara más a menudo. Sus componentes envejecían prematuramente con tanto trote. En los últimos meses cada poco visitábamos al mecánico.

Después evitábamos recorridos donde se encontraran gasolineras. Pero sólo conseguí que pidiera más gasolina cuando teníamos que ir a una.

Un día y otro le decía, le gritaba, le imploraba que dejara de consumir tanto combustible. – Es que no  te miras al espejo- le decía- No ves que te estas matando.

Hasta que al final se desbarató.

Que tontas son estas máquinas.

 

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