AL NORTE DE LA CALLE TREMONT, DETRÁS DEL PUESTO DE IN­FORMACIÓN Y DE LA FUENTE Y EL QUIOSCO PARKMAN I

Al norte de la calle Tremont, detrás del puesto de in­formación y de la fuente y el quiosco Parkman, un par de predicadores cristianos se trabajaba a un grupo no muy numeroso de oficinistas, secretarias y turistas. La mujer era alta y tenía un potente vozarrón que remataba con un megáfono. El hombre era bajo y se movía entre la gente, repartiendo folletos. El aire transportó las palabras de la mujer para que Dillon dejase de mirar a los indigentes.

Hay una cosa extraña —dijo—. Cuando venía hacia aquí, he tomado más o menos el camino más largo para ver si había alguien más interesado y quién podría ser. Así que voy andando, cruzo la calle y vengo hacia aquí y paso por delante de esa pareja y la mujer dice «Si no aceptas a Jesús, que es Cristo Nuestro Señor, perecerás, perecerás en las llamas eternas»…

“Pero ¿Por qué tengo yo que ponerme a pensar en una cosa así?

…Conocí a un tipo, lo conocí cuando estuve en Lewisburg por aquel marrón federal, hace tres o cuatro años. No recuerdo por qué estaba él, no sé si por robo con allanamiento en un edificio federal o por un palo a una estafeta de correos. En cualquier caso, no es un mal tipo. Es grande, había boxeado un poco. Es de New Bedford o por ahí. Así que nos hicimos amigos.

Yo salí antes y volví aquí. Le dije dónde podría en­contrarme, así que, cuando le dieron la condicional, vol­vió a casa, a vivir con su mujer y su madre, pero sabía dónde encontrarme si me necesitaba. Y no pasó mucho tiempo hasta que me necesitó. Porque esas dos mujeres se propusieron volverlo del todo majara…Mientras él estaba en la cárcel no se les ocurrió otra cosa que decir que ya no querían ser católicas y que iban a ser, ¿cómo se llaman?, testigos de Jehová. Magnífico. El tipo vuelve a casa, conoce bien el negocio de la construcción, se busca un trabajo, cada noche vuelve a casa, hay partido o algo, y ellas quieren que salga a la acera y se ponga delante del supermer­cado a predicar a Jesús a cualquier pobre desgraciado que se acerca a comprar medio kilo de pescado.

 

 

Los amigos de Eddie Coyle

GEORGE V. HIGGINS

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