AMOR III, LA ESPERANZA

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Al menos había agua y una pequeña toalla, pude lavarme y me eché en la cama vestido, dejé la luz encendida y tuve tiempo de meditar.

«Bueno, con Goethe estaba yo ahora en orden. Era magnífico que hubiera venido hasta mí ensueños. Y esta maravillosa muchacha…

¡Si yo hubiese sabido al menos su nombre! De pronto un ser humano, una persona viva que rompe la turbia campana de cristal de mi aislamiento y me alarga la mano, una mano cálida, buena y hermosa.

De repente, otra vez cosas que me importaban algo, en las que podía pensar con alegría, con preocupación, con interés. Pronto una puerta abierta, por la cual la vida entraba hacia mí. Acaso pudiera vivir de nuevo, acaso pudiera volver a ser un hombre. Mi alma, adormecida de frío y casi yerta, volvía a respirar, aleteaba soñolienta con débiles alas minúsculas. Goethe estaba conmigo. Una muchacha me había hecho comer, beber, dormir, me había demostrado amabilidad, se había reído de mí y me había llamado joven y tonto. Y la maravillosa amiga me había referido también cosas de los santos y me había demostrado que hasta en mis más raras extravagancias no estaba yo solo e incomprendido y no era una excepción enfermiza, sino que tenía hermanos y que alguien me entendía.

¿Volvería a verla?

Sí;  seguramente, era de fiar. “Una palabra es una palabra”.

 

  

   

El lobo estepario

Hermann Hesse

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