DESARROLLO, MODERNIDAD Y PROGRESO

detroit01.sJPG_950_2000_0_75_0_50_50.sJPG_

Navegábamos a lo largo de la costa, nos deteníamos, desembarcábamos soldados , continuábamos, desembarcábamos empleados de aduana para recaudar impuestos en algo que parecía un páramo olvidado por Dios, con una casucha con planchas y un asta podrida so­bre ella; desembarcábamos aun más soldados, para cui­dar de los empleados de aduana, supongo. Algunos, por lo que oí decir, se ahogaban en el rompiente, pero, fue­ra o no cierto, nadie parecía preocuparse demasiado. Eran arrojados a su destino y nosotros continuábamos nuestra marcha. La costa parecía ser la misma cada día, como si no nos hubiésemos movido; sin embargo, deja­mos atrás diversos lugares, centros comerciales con nom­bres como Gran Bassam, Little Popo; nombres que parecían pertenecer a alguna sórdida farsa representada ante un telón siniestro. Mi ociosidad de pasajero, mi aislamiento entre todos aquellos hombres con quienes nada tenia en común, el mar lánguido y aceitoso, la oscuridad uniforme de la costa, parecían mantenerme al margen de la verdad de las cosas, en el estupor de una penosa e indiferente desilusión…

Durante algún tiempo pude sentir que pertenecía aún a un mundo de hechos naturales, pero esta creencia no duraría demasiado. Algo iba a encar­garse de destruirla. En una ocasión, me acuerdo muy bien, nos acercamos a un barco de guerra anclado en la costa. No había siquiera una cabaña, y sin embargo disparaba contra los matorrales. Según parece los fran­ceses libraban allí una de sus guerras. Su enseña flotaba con la flexibilidad de un trapo desgarrado. Las bocas de los largos cañones de seis pulgadas sobresalían de la parte inferior del casco… En la vacía inmen­sidad de la tierra, el cielo y el agua, aquella nave dis­paraba contra el continente…

Nada podría ocurrir. Había un aire de locura en aquella actividad; su contemplación producía una impresión de broma lúgubre. Y esa impresión no desapareció cuando alguien de a bordo me aseguró con toda seriedad que allí había un cam­pamento de aborígenes -¡los llamaba enemigos!-, oculto en algún lugar fuera de nuestra vista.   

Hicimos escala en algunos otros lugares de nombres grotescos, donde la alegre danza de la muerte y el comercio con­tinuaba desenvolviéndose en una atmósfera tranquila y terrenal, como en una catacumba ardiente.

»Al fin se abrió ante nosotros una amplia extensión de agua. Apareció una punta rocosa, montículos de tie­rra levantados en la orilla, casas sobre una colina, otras con techo metálico, entre las excavaciones o en un de­clive…

Pasé junto a un caldero que estaba tirado sobre la hierba, llegue a un sendero que conducía a la colina. El camino se desviaba ante las grandes piedras y ante unas vagonetas tiradas boca abajo con las ruedas al aire. Faltaba una de ellas. Parecía el caparazón de un animal extraño. Encontré piezas de maquinaria desmantelada, y una pila de rieles mohosos… A la derecha oí sonar un cuerno y vi correr a un grupo de negros. Una pesada y sorda detonación hizo estremecerse la tierra, una bocanada de humo salio de la roca; eso fue todo. Ningún cambio se advirtió en la superficie de la roca. Estaban construyendo un ferrocarril. Aquella roca no estaba en su ca­mino; sin embargo aquella voladura sin objeto era el único trabajo que se llevaba a cabo.

 

El corazón de las tinieblas

Joseph Conrad

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s