EL AMOR (VI) TODO LO PUEDE

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¿Se ha cortejado jamás a una mujer en tal humor? ¿Se ha conquistado jamás a una mujer en tal humor? Yo la he conquistado, pero no la conservaré mucho tiempo.

¡Qué!, yo, que maté a su marido y a su padre, ¡apoderarme de ella en el mayor odio de su corazón, con maldiciones en la boca, y lágrimas en los ojos, al lado de ensangrentado testigo de su odio; teniendo contra mí a Dios, a su conciencia y estos obstáculos, y sin amigos que respaldaran mi pretensión al mismo tiempo, sino el mismo demonio y la cara simuladora, y sin embargo, ganarla a ella: el mundo entero contra nada. ¡Ja, ja!

¿Ha olvidado ya a aquel valiente Príncipe, Eduardo, su señor, a quien yo, hará unos tres meses, apuñalé en mi furia en Tewksbury? El espacioso mundo no puede volver a ofrecer un caballero más dulce y amable, formado en la prodigalidad de la naturaleza, joven, valiente y sabio, sin duda egregio de veras; y, con todo, ¿ella baja los ojos hasta mí, que segué la dorada primavera de ese dulce Príncipe, y la dejé viuda en lecho de gemidos; hasta mí, que no igualo entero a la mitad de Eduardo; a mí, que soy tan renqueante y deforme?

Apuesto mi ducado contra un ochavo de mendigo, que me había engañado hasta ahora sobre mi persona: por vida mía, aunque yo no pueda, ella encuentra que soy un hombre maravillosamente grato. Me gastaré algo en un espejo y ocuparé una veintena o dos de sastres en que estudien modas con que adornar mi cuerpo: puesto que he llegado a introducirme en mi propio favor, lo mantendré en la tumba, y luego volveré con lamentos a mi amor. Brilla, hermoso sol, hasta que me compre un espejo, para que pueda ver mi sombra al caminar

 

Ricardo III

William Shakespeare

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AMOR V: EL DESEO NUNCA APRENDE

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Un hombre se sienta en el centro de un mercado de Oriente Próximo llorando a lágrima viva, con una bandeja de pimientos desparramados en el suelo delante de él. Va cogiendo pimiento tras pimiento, regular y metódicamente, metiéndoselos en la boca y masticándolos de manera deliberada, a la vez que solloza incontrolablemente.

«¿Qué te sucede, Nasruddin?», le preguntan sus amigos, mientras se congregan en torno a tan extraordinaria escena. «¿Qué te sucede?»

Las lágrimas van cayendo por el rostro de Nasruddin mientras susurra una respuesta: «Estoy buscando uno dulce», jadea.

Una de las cualidades más cautivadoras de Nasruddin es que habla con los dos lados de su boca. Como el deseo mismo, enseñar historias de Nasruddin siempre tiene dos aspectos. Nasruddin es un mentecato, pero también es un sabio. Sus acciones tienen un significado obvio, que contiene un tipo de enseñanza, y un significado oculto, que contiene otro. El primer significado se desprende de la historia inmediata. Es el mensaje básico del budismo. El deseo nunca aprende; nunca despierta. Incluso cuando no produce más que sufrimiento, persevera. Nuestra infatigable persecución del placer nos hace realizar algunas cosas terriblemente extrañas.

En realidad, Nasruddin está plasmando nuestras vidas: luchando contra la ola de la desilusión, seguimos buscando uno dulce. Como deben estar preguntándose sus amigos mientras le contemplan con incredulidad: ¿no sería mejor desistir? En esta versión de la historia Nasruddin está ofreciendo una enseñanza espiritual convencional. Nuestros deseos nos atan a la rueda del sufrimiento. Aun cuando sabemos que nos traen dolor, no podemos convencemos a nosotros mismos para dejar de aferramos a ellos.

La parábola de Nasruddin plasma la solución a la insaciabilidad del deseo así como el problema. No pone trabas a su deseo, a pesar de la angustia que le produce. En su llanto no cohibido, en su aceptación implícita de los peligros y de las promesas del anhelo, hay una sabiduría oculta relacionada con las exigencias implacables del deseo. Nasruddin no pide disculpas por su deseo; persiste impasible a pesar de su apreciable sufrimiento. Tampoco lucha con sus lágrimas en un esfuerzo por hacer que cesen. No interfiere ni con la tristeza ni con el anhelo. Aunque conocedor de su propia insensatez, Nasruddin no se resiste.

 

Abiertos al deseo

Mark Epstein

 

AMOR IV: SOY TU HOMBRE

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Si quieres un amante
haré todo lo que me pidas
Si quieres otro tipo de amor
me pondré una máscara por ti
Si tú quieres un compañero,
toma mi mano
O si quieres golpearme con rabia
aquí estoy,
Soy tu hombre

Si quieres un boxeador
saltaré al ring por ti
Y si quieres un médico
examinaré cada centímetro de ti
Si quieres un chofer
súbete
O si simplemente quieres dar una vuelta conmigo
sabes que puedes,
Soy tu hombre

Ah, la luna es demasiado brillante
la cadena está demasiado tensa
la bestia no irá a dormir
He repasado las promesas que te hice
y que no pude cumplir
Pero un hombre nunca consiguió hacer que una mujer vuelva
no suplicándole de rodillas
Yo me arrastraría hasta ti, nena
y caería a tus pies
y aullaría a tu belleza
como un perro en celo
me disolvería en  tu corazón
y arrancaría tus sábanas
y diría por “favor, por favor”
Soy tu hombre

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Si necesitas dormir
un rato en carretera,
yo conduciré por ti
Y si tienes que hacer la calle
desapareceré
Si quieres un padre para tu hijo
o si simplemente quieres pasear un rato conmigo por la arena
Soy tu hombre

    

  

I´m your man

Leonard Cohen

AMOR III, LA ESPERANZA

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Al menos había agua y una pequeña toalla, pude lavarme y me eché en la cama vestido, dejé la luz encendida y tuve tiempo de meditar.

«Bueno, con Goethe estaba yo ahora en orden. Era magnífico que hubiera venido hasta mí ensueños. Y esta maravillosa muchacha…

¡Si yo hubiese sabido al menos su nombre! De pronto un ser humano, una persona viva que rompe la turbia campana de cristal de mi aislamiento y me alarga la mano, una mano cálida, buena y hermosa.

De repente, otra vez cosas que me importaban algo, en las que podía pensar con alegría, con preocupación, con interés. Pronto una puerta abierta, por la cual la vida entraba hacia mí. Acaso pudiera vivir de nuevo, acaso pudiera volver a ser un hombre. Mi alma, adormecida de frío y casi yerta, volvía a respirar, aleteaba soñolienta con débiles alas minúsculas. Goethe estaba conmigo. Una muchacha me había hecho comer, beber, dormir, me había demostrado amabilidad, se había reído de mí y me había llamado joven y tonto. Y la maravillosa amiga me había referido también cosas de los santos y me había demostrado que hasta en mis más raras extravagancias no estaba yo solo e incomprendido y no era una excepción enfermiza, sino que tenía hermanos y que alguien me entendía.

¿Volvería a verla?

Sí;  seguramente, era de fiar. “Una palabra es una palabra”.

 

  

   

El lobo estepario

Hermann Hesse

AMOR I, LO DIFÍCIL

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Roxanne

No tienes que ponerte  bajo luz roja
esos días se han terminado
no tienes que vender tu cuerpo en la noche

Roxanne

No tienes que ponerte ese vestido por la noche
caminar por las calles en busca del sustento
no te importa si saldrá mal o si saldrá bien

Roxanne

No tienes que ponerte bajo luz roja
   

    
Te amé desde que te conocí
no habría hablado contigo
pero tengo que decirte simplemente cómo me siento
no te compartiré con otro chico
Sé que mi decisión está tomada
así que guarda tu maquillaje
te lo dije una vez, no te lo diré de nuevo
es un camino peligroso

Roxanne
Tú no tienes que ponerte bajo la luz roja

 

  

 

Roxanne

The Police

DAVE

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Pero fue Dave el que sufrió más que todos. Algo  había pasado con él. Se hizo más taciturno e irritable, y tan pronto instalaban el campamento se hacía su nido, donde su conductor le llevaba la comida. Una vez desenganchado de sus arneses y postrado en el suelo no volvía a incorporarse hasta que llegaba la hora de aparejarle los arneses por la mañana. A veces, estando a las riendas recibía una brusca sacudida al pararse el trineo, o al esforzarse para arrancado, gritaba de dolor. El conductor lo examinó, pero no pudo encontrar nada. Algo malo tenía en su interior, pero no pudieron localizar ningún hueso roto, no consiguieron resolver nada.

Cuando llegaron a Cassiar Bar, estaba tan débil que se caía continuamente entre las riendas. El mestizo escocés hizo un alto y lo sacó del equipo, amarrando al siguiente perro, Sol-leks, al trineo. Su propósito era dejar descansar a Dave, permitiéndole que corriera libremente detrás del trineo. Enfermo como estaba, Dave tomó muy a mal que le apartaran, protestando y gruñendo mientras le desenganchaban las riendas, y luego se lamentó con el corazón roto al ver que Sol-leks ocupaba la posición en la que él había prestado sus servicios durante tanto tiempo. Porque el orgullo de las riendas y del camino era su orgullo, y aun enfermo de muerte no podía soportar que otro perro hiciera su trabajo.

Cuando el trineo arrancó, trastrabilló por la blanda nieve junto al camino trillado, atacando a Sol-leks con sus dientes, lanzándose sobre él y tratando de arrojado sobre la blanda nieve del otro lado, intentando meterse en sus riendas y colocarse entre él y el trineo, todo al tiempo gimiendo y ladrando y llorando de dolor y de pena. El mestizo trató de apartado con el látigo, pero él no hacía ni caso de los golpes del látigo, y el hombre no se sentía con fuerzas para castigado más duramente. Dave se negaba a correr tranquilamente por el camino detrás del trineo, donde el camino era fácil, sino que continuó trastabillándose por la suave nieve, por donde la marcha era más difícil, hasta que se agotó. Entonces cayó y allí permaneció aullando lúgubremente, mientras la larga fila de trineos se deslizaba junto a él.

Acudiendo al último reducto de sus faenas consiguió acercarse tras ellos, hasta que la fila se detuvo de nuevo, entonces llegó trastrabillando hasta llegar a su trineo, donde se detuvo junto a Sol-leks. El conductor hizo un alto, a fin de pedir fuego para su pipa al hombre que venía detrás. A continuación regresó y puso en marcha a sus perros. Estos se lanzaron por el camino sin esfuerzo alguno, volvieron la cabeza atónitos y se pararon llenos de sorpresa. También el conductor estaba sorprendido; el trineo no se había desplazado. Llamó a sus compañeros para que presenciaran el espectáculo. Dave había mordido con sus dientes las riendas de Sol-leks, y se hallaba justo enfrente del trineo, exactamente en su puesto.

 

La llamada de la naturaleza

Jack London