La mujer que fue confundida con un felpudo II

 

Aproximación a la culpa

 

Miles seres viven aceptando un trato infrahumano por parte de sus padres, hijos, parejas, amigos… y encima se sienten culpables.

No quiero hacer un tratado exhaustivo de la culpa en este texto, sólo una primera aproximación. Pero hay que ponerse manos a la obra para desenmascarar esta tragedia.

Primero las personas que sufrimos este tipo de emociones solemos tener un miedo desmedido a casi todo. En este caso, a no ser queridos, y sin darnos cuenta hemos aceptado nuestro rol social de sirvientes: nuestro papel se limita a ayudar a los demás que  lo merecen todo y nosotros nada.

La baja autoestima hace que algunas personas se relacionen de una manera peculiar: para ser querido tiene que hacer meritos.  Los demás siempre son más importantes que él. Estrategia errónea, ya que termina por ser confundido con un felpudo.

Este mundo  es escaso en términos medios: si te das mucho eres bobo, y si te pones en tu sitio eres egoísta; por lo que nunca conseguiremos contentar a todos.

Un caso: A una mujer que se sacrificaba por todos, le fue concedido el deseo de entrar en la mente de sus allegados: “oh dios, después de todos sus esfuerzos la llamaban  Juanita la boba o la felpudo.

De entrada, la mayoría de  personas a las que le dedicamos ese desvivir para que se sientan bien son unos miserables; porque consciente o inconscientemente se están aprovechando de nosotros. Como saben que pueden hacer lo que quieran y disculparse fácilmente con un: “estaba en un mal momento, o con lo te quiero, o no me di cuenta…” Así  pues, a maltratar que es gratis.

Por lo tanto: todos los que actúan así no merecen tu culpa, sino tu desprecio.

Un paradoja: es mi caso, en mitad de una etapa de sufrimiento y debilidad fue cuando empecé a liberarme de la culpa. Me di cuenta que muchas personas aún conscientes de mi mal momento seguían intentando utilizarme. Desde mi pequeña atalaya empecé a oír sus palabras una detrás de otra refereridas a que mal se sentían, a sus problemas, a como podía resolverlos… una especie de soliloquio acompañado. En mí nacían unas ganas de decirle pero pedazo de egoísta no te das cuenta que estoy mal, y encima me llamas para traerme más preocupaciones…

En el fondo y en la superficie a esa gente que “le den” (perdón por la ordinariez).

Si pretendes ser apreciado, quiérete tú primero.

Antes de que se me olvide, el mundo y los demás pueden sobrevivir sin ti. Los problemas graves sólo los pueden resolver los médicos, psicólogos…No siguas haciendo el héroe para que te quieran más, porque vas a matar de risa a más de uno.

Existe una regla sencilla de memorizar: cuanto más culpable te puedas sentir, más se burlarán y se aprovecharán de ti.

Y otra: el que te quiere no te hará sentir culpable.

Última perla: toda relación (amistad, familiar, amor…) basada en la culpa te llevará, en última instancia, a odiar a la otra persona.

 

 

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La mujer que fue confundida con un felpudo I

 

Aproximación a la culpa

 

En este artículo quiero acercarme a uno de los problemas que más limitan la vida de mucha gente: la culpa. Como le oí una vez a Woody Allen: “…siempre me he sentido culpable, pero nunca he hecho nada…” Muchos nos sentimos así.

La culpa es una emoción, y las sensaciones que la producen tienen valencia negativa. Para mí las emociones son producto de sensaciones: estados corporales producidos por estimulos con valencia;  que puede ser negativa, si generan estados de malestar en el individuo que fuerzan a la mente a buscar estrategias para evitarlas o  superarlas; o valencia positiva: que generan un sentimiento de bienestar que fortalecen las conductas ejecutadas. Un mismo estímulo, por ejemplo un coche, puede generar sensaciones neutras; sensaciones positivas: si a alguien le recuerda la primera vez que hizo el amor en uno; o negativas: si  le trae a la memoria un accidente de tráfico.

Esta claro que la culpa nos genera un estado de malestar. Hace que le demos vueltas a la cabeza por conductas realizadas que nos parecen inadecuadas; normalmente, porque pensamos que nuestras acciones han generado daño a otros.

Si la culpa la pudiésemos representar en un continuo, iría desde el extremo del psicópata (utilizo este término de manera un poco exagerada, pero sólo ceñido al concepto culpa) que nunca siente responsabilidad por sus acciones, al otro extremo:  que sería la persona que resbala con una cáscara de plátano y le pide disculpas a quien la tiró. Con un término medio donde los individuos son empáticos con los otros, sin tener que asumir responsabilidades que consideran inadecuadas.

Si el continuo se manejara en el concepto tiempo: partiría desde el concepto culpa, para sentir el pasado; hasta el futuro, donde mostraríamos preocupación. Con un término medio ideal que representarían las personas que saben situarse y disfrutar plenamente del presente.

Si añadiésemos unos datos generacionales, afirmaríamos que los que son un poco carrozas como yo, tendríamos( por la manera que fuimos educados) una tendencia exagerada a la culpa; mientras que los más jóvenes tenderían al polo psicópata: esto de “aprovéchate de pepito para escalar, para triunfar debes  pisar a los demás, piensa sólo en ti…” sin el que les atormente el menor sentido de culpabilidad.

La manera empírica para detectar una persona con este problema es que si se le pisa no emite queja ( es un felpudo), y por presentar un problema de lenguaje: la ausencia de la palabra no.

La culpa se puede sentir sobre muchos aspectos, pero me voy a centrar sobre todo en la relación con los demás.

Existimos seres que nos sentimos culpables por el más mínimo desaire hecho a los otros, mientras que admitimos las mayores humillaciones: “siempre el otro tiene justificación, en cambio nuestro comportamiento merece el castigo de la culpa”; porque en el fondo la culpa es el castigo expiatorio de un supuesto pecado realizado.

– “ me llamo imbécil, pero es que estaba borracho” .

– “ le dije que fue comentario impertinente, pero creo que me he pasado porque estaba en un mal momento..”

Los ejemplos son miles, pero  el esquema es el mismo: nosotros no valemos nada, los demás tienen derecho a machacarnos, y siempre nuestra mente buscará una disculpa a la acción. Al contrario, la mas ínfima respuesta de defensa por nuestra parte siempre creemos que causará daño en el otro, y llevará aparejada el castigo, del que sólo nos liberamos sintiendo la culpa carcomiendo nuestras tripas.