TÚ CREES QUE HAY DOS MUNDOS PARA TI, DOS CAMINOS, PERO SÓLO EXISTE UNO

caminando_por_lisboa_imagui

Es uno entre cantidades de caminos. Por lo tanto debes tener siempre en mente que un camino no es más que un camino. Si encuentras que no debe seguirlo, no debes permanecer en él bajo ninguna circunstancia. Para tener una claridad de estas, es  necesario llevar una vida disciplinada. Sólo entonces sabrás que un camino no pasa de ser un camino y no hay afrenta ni para sí mismo ni para los otros cuando se deja, si esto es lo que tu corazón te dice. Pero tu decisión de continuar en el camino o dejarlo debe estar exenta de miedo y de ambición. Yo te prevengo. Mira bien cada camino y con intención. Experiméntalo cuantas veces consideres necesario.

Después pregúntate a ti mismo una cosa. Esta pregunta es una que sólo los hombres muy viejos se hacen. Cierta vez mi benefactor me contó algo al respecto, pero mi sangre era demasiado fuerte para poder comprenderla. Ahora yo la entiendo. Te diré cuál es: ¿ese camino tiene corazón? Todos los caminos son los mismos, no conducen a ningún lugar. Son caminos que atraviesan el matorral o que entran en él. En mi vida puedo decir que ya pasé por caminos largos, largos, pero no estoy en ninguna parte. La pregunta de mi benefactor ahora tiene un significado. ¿Este camino tiene corazón? Si tiene, el camino es bueno, si no, de nada sirve. Ninguno de los caminos conducen a alguna parte, pero uno tiene corazón y el otro no. Uno torna el viaje alegre, mientras lo sigas serás uno con él. El otro hará maldecir tu vida. Uno te torna fuerte, el otro te debilita.

gabrielsanz

Tú crees que hay dos mundos para ti, dos caminos, pero sólo existe uno. El único mundo posible para ti es el mundo de los hombres, y no puedes elegir abandonarlo. Es un hombre. El protector, Mescalito, te mostró el mundo de la felicidad, donde no hay diferencia entre las cosas, porque allá no hay nadie que busque la diferencia. Pero este no es el mundo de los hombres. El protector te sacudió para fuera y te mostró cómo es que el hombre piensa y lucha. Este es el mundo del hombre. Y ser un hombre es estar condenado a este mundo. Tú tienes la presunción de creer que vives en dos mundos, pero esto sólo es vanidad. Sólo existe un único mundo para nosotros. Somos hombres y tenemos que seguir el mundo de los hombres satisfechos.

¿Cómo sabré con certeza si el camino tiene o no tiene corazón?

Cualquier persona sabe de esto. El problema es que nadie hace la pregunta, y cuando al final el hombre descubre que tomó un camino sin corazón, el camino está listo para matarlo. En este punto, muy pocos hombres logran parar para pensar y dejar el camino.

Un camino sin corazón nunca es agradable. Tiene que trabajarse mucho para seguirlo. Por otro lado, un camino con corazón resulta fácil, no cuesta tomarle el gusto.

El deseo de aprender no es ambición. Es nuestro destino como hombres querer saber. Querer el poder sí que es ambición. No dejes que la hierba del diablo te ciegue. Engatusa a los hombres y les da una sensación de poder. Ella los hace sentir que pueden hacer cosas que ningún hombre común puede hacer. Pero éste es su ardid. Y en seguida el camino sin corazón se vuelve contra los hombres y los destruye. No cuesta mucho morir, y buscar la muerte es no buscar nada.

 

Las enseñanzas de Don Juan

Carlos Castaneda

Anuncios

CON LAS BOTAS PUESTAS II

Suplicaba con los ojos quedarse allí. El conductor estaba perplejo. Sus compañeros hablaban de cómo a un perro se le podía partir el corazón al negársele el trabajo que le mató, y recordaban casos que habían conocido, en los que los perros, demasiado viejos para el trabajo o enfermos, habían preferido morir antes de que se les arrancara de las riendas. También consideraban que era un acto de piedad el que, ya que Dave iba a morir en todo caso, lo hiciera en las riendas, alegre y con el corazón gozoso. Así que le puso los arneses de nuevo y, orgullosamente, se puso a tirar como antes, aunque en más de una ocasión se le escapó un grito involuntario a consecuencia del dolor que le producía el mal que llevaba en las entrañas. Varias veces cayó y fue arrastrado a las riendas, y una vez el trineo se le vino encima, de modo que a partir de entonces quedó cojeando de una de las patas traseras. Pero continuó hasta que llegaron al campamento, donde su conductor le buscó un sitio junto al fuego. Por la mañana se encontraba demasiado débil para viajar. A la hora de aparejarse los arneses trató de arrastrarse hasta su conductor. A costa de grandes esfuerzos consiguió incorporarse, se tambaleó y cayó. Después se fue arrastrando lentamente hacia donde estaban poniendo los arneses a sus compañeros. Adelantaba las patas delanteras y levantaba su cuerpo con una especie de tirón, y luego volvía a adelantar las patas delanteras y daba otro tirón para ganar unos pocos de centímetros. Sus fuerzas le abandonaron, y la última vez que le vieron sus compañeros yacía jadeando en la nieve, mirando hacia ellos.

La llamada de la naturaleza

Jack London

CON LAS BOTAS PUESTAS I

Pero fue Dave el que sufrió más que todos. Algo  había pasado con él. Se hizo más taciturno e irritable, y tan pronto instalaban el campamento se hacía su nido, donde su conductor le llevaba la comida. Una vez desenganchado de sus arneses y postrado en el suelo no volvía a incorporarse hasta que llegaba la hora de aparejarle los arneses por la mañana. A veces, estando a las riendas recibía una brusca sacudida al pararse el trineo, o al esforzarse para arrancado, gritaba de dolor. El conductor lo examinó, pero no pudo encontrar nada. Algo malo tenía en su interior, pero no pudieron localizar ningún hueso roto, no consiguieron resolver nada.

Cuando llegaron a Cassiar Bar, estaba tan débil que se caía continuamente entre las riendas. El mestizo escocés hizo un alto y lo sacó del equipo, amarrando al siguiente perro, Sol-leks, al trineo. Su propósito era dejar descansar a Dave, permitiéndole que corriera libremente detrás del trineo. Enfermo como estaba, Dave tomó muy a mal que le apartaran, protestando y gruñendo mientras le desenganchaban las riendas, y luego se lamentó con el corazón roto al ver que Sol-leks ocupaba la posición en la que él había prestado sus servicios durante tanto tiempo. Porque el orgullo de las riendas y del camino era su orgullo, y aun enfermo de muerte no podía soportar que otro perro hiciera su trabajo.

Cuando el trineo arrancó, trastrabilló por la blanda nieve junto al camino trillado, atacando a Sol-leks con sus dientes, lanzándose sobre él y tratando de arrojado sobre la blanda nieve del otro lado, intentando meterse en sus riendas y colocarse entre él y el trineo, todo al tiempo gimiendo y ladrando y llorando de dolor y de pena. El mestizo trató de apartado con el látigo, pero él no hacía ni caso de los golpes del látigo, y el hombre no se sentía con fuerzas para castigado más duramente. Dave se negaba a correr tranquilamente por el camino detrás del trineo, donde el camino era fácil, sino que continuó trastabillándose por la suave nieve, por donde la marcha era más difícil, hasta que se agotó. Entonces cayó y allí permaneció aullando lúgubremente, mientras la larga fila de trineos se deslizaba junto a él.

Acudiendo al último reducto de sus faenas consiguió acercarse tras ellos, hasta que la fila se detuvo de nuevo, entonces llegó trastrabillando hasta llegar a su trineo, donde se detuvo junto a Sol-leks. El conductor hizo un alto, a fin de pedir fuego para su pipa al hombre que venía detrás. A continuación regresó y puso en marcha a sus perros. Estos se lanzaron por el camino sin esfuerzo alguno, volvieron la cabeza atónitos y se pararon llenos de sorpresa. También el conductor estaba sorprendido; el trineo no se había desplazado. Llamó a sus compañeros para que presenciaran el espectáculo. Dave había mordido con sus dientes las riendas de Sol-leks, y se hallaba justo enfrente del trineo, exactamente en su puesto.

 

La llamada de la naturaleza

Jack London

 

OH, ¡FELIZ AQUEL QUE TODAVÍA TIENE ESPERANZA DE EMERGER DE ESTE MAR DE CONFUSIÓN!

FAUSTO: Oh, ¡feliz aquel que todavía tiene esperanza de emerger de este mar de confusión! Lo que se necesita no se sabe, lo que se sabe no se puede usar. Pero no llenemos de pesar esta hora de hermoso bien. Mira cómo resplandecen esas chozas a la luz ardiente del atardecer, rodeadas de hierba. El sol se aleja y cede, pero el día sobrevive, pues aquél marcha hacia otro lugar donde animará nueva vida. ¡Cómo desearía que unas alas me elevaran del suelo y pudiera acercarme a él más y más! Entonces, en el fulgor perenne del ocaso, vería a mis pies al tranquilo mundo: encendidos los altos, serenos los valles y el arroyo de plata fluyendo en corriente dorada. Este vuelo, propio de dioses, no se vería impedido por el salvaje monte lleno de barrancos, y entonces, el mar, con sus tibias ensenadas, se abriría a mis ojos asombrados. Pero, finalmente, parece que el dios Sol se hunde, tan sólo sigue despierta el ansia.

Me apresuro para beber su luz eterna. Ante mí, el día, y tras de mí, la noche; sobre mí, el cielo, y abajo, el oleaje. Es un hermoso sueño, pero él se escapa. Ah, no es tan fácil que a las alas del alma se añadan otras del cuerpo. Sin embargo, en todos es innato que su sentir se eleve y adelante, cuando, perdida en el cielo azul, la alondra gorjea su canto, cuando el águila flota sobre las escarpadas cimas plagadas de pinos, y cuando, sobre las llanuras y los mares, la grulla va en busca de su patria.

Fausto

Goethe

La vulgaridad del pobre

Exceptuando a Cornelia Meurisse, con sus velos y sus rosarios, la enfermedad de Lucien no le pareció a nadie algo digno de interés. Los ricos piensan que la gente modesta, quizá porque su vida está enrarecida, privada del oxigeno del dinero y el don de gentes, siente las emociones humanas con una intensidad menor y una mayor indiferencia. Dado que éramos porteros, parecía darse por hecho que la muerte era para nosotros una evidencia en el curso de las cosas, mientras que, para aquellos a los que la fortuna había sonreído, habría revestido el hábito de la injusticia y el drama.

Un portero que se extingue es un ligero hueco en el transcurso de la vida cotidiana, una certeza biológica que no lleva aso­ciada ninguna tragedia y, para los propietarios que se cruzaban con él todos los días en la escalera o ante la portería, Lucien era una no existencia que volvía a una nada que nunca había abandonado, un animal que, porque vivía una semivida, sin fasto ni artificios, en el momento de la muerte sin duda debía experimentar sólo una semirrebelión. El hecho de que, como todo el mundo, pudiéramos vivir un infierno y que, con el co­razón encogido de rabia a medida que el sufrimiento arrasaba nuestra existencia, acabáramos de descompo­nernos, en el tumulto del temor y del horror que la muerte a todos inspira, no se le pasaba siquiera por la mente a nadie en aquel lugar.

La elegancia del erizo

Muriel Barbery

Había un aire de locura en aquella actividad; su contemplación producía una impresión de broma lúgubre II


 

Un sonido metálico a mis espaldas me hizo volver la cabeza. Seis negros avanzaban en fila, ascendiendo con esfuerzo visible el sendero. Caminaban lentamente, el gesto erguido, balanceando pequeñas canastas llenas de tierra sobre las cabezas. Aquel sonido se acompasaba con sus pasos. Llevaban trapos negros atados alrededor de las cabezas y las puntas se movían hacia adelante y hacia atrás como si fueran colas. Podía verles todas las costillas; las uniones de sus miembros eran como nudos de una cuerda. Cada uno llevaba atado al cuello un collar de hierro, y estaban atados por una cadena cuyos eslabones colgaban entre ellos, con un rítmico sonido. Otro estampido de la roca me hizo pensar de pronto en aquel barco de guerra que había visto dispa­rar contra la tierra firme. Era el mismo tipo de sonido ominoso, pero aquellos hombres no podían, ni aunque se forzara la imaginación, ser llamados enemigos. Eran considerados como criminales, y la ley ultrajada, como las bombas que estallaban, les había llegado del mar cual otro misterio igualmente incomprensible. Sus pechos delgados jadeaban al unísono. Se estremecían las aletas violentamente dilatadas de sus narices. Los ojos con­templaban impávidamente la colina. Pasaron a seis pulgadas de donde yo estaba sin dirigirme siquiera una mirada, con la más completa y mortal indiferencia de salvajes infelices.

Detrás de aquella materia prima, un negro amasado, el producto de las nuevas fuerzas en acción, vagaba con desaliento, llevando en la mano un fusil. Llevaba una chaqueta de uniforme a la que le faltaba un botón, y al ver a un hombre blanco en el camino, se llevo con toda rapidez el fusil al hombro. Era un acto de simple prudencia; los hombres blancos eran tan parecidos a cierta distancia que el no podía decir quien era yo. Se tranquilizó pronto y con una sonrisa vil, y una mirada a sus hombres, pareció hacerme partícipe de su confianza exaltada. Después de todo, también yo era una parte de la gran causa, de aquellos elevados y justos procedimientos.

En lugar de seguir subiendo, me volví y bajé a la izquierda. Me proponía dejar que aquella cuerda de criminales desapareciera de mi vista antes de que llegara yo a la cima de la colina. Ya saben que no me caracterizo por la delicadeza; he tenido que combatir y se defenderme. He tenido que resistir y algunas veces ata­car (lo que es otra forma de resistencia) sin tener en cuenta el valor exacto, en concordancia con las exigen­cias del modo de vida que me ha sido propio. He visto el demonio de la violencia, el demonio de la codicia, el demonio del deseo ardiente, pero, ¡por todas las estrellas!, aquellos eran unos demonios fuertes y lozanos de ojos enrojecidos que cazaban y conducían a los hom­bres, sí, a los hombres, repito.

Pero mientras permanecía de pie en el borde de la colina, presentí que a la luz deslumbrante del sol de aquel país me llegaría a acostumbrar al demonio blando y pretencioso de mirada apagada y locura rapaz y despiadada. Hasta dónde podía llegar su insidia sólo lo iba a descubrir varios meses después y a unas mil millas río adentro. Por un instan­te quede amedrentado, como si hubiese oído una adver­tencia. Al fin, descendí la colina, oblicuamente, hacia la arboleda que había visto.­

El corazón de las tinieblas

Joseph Conrad