LAS PILAS TIENEN UN POLO POSITIVO Y UNO NEGATIVO: ESA ES SU ESENCIA

En las raíces mismas del pensamiento y el sentimiento chinos reposa el principio de polaridad, que no debe confundirse con los conceptos de oposición o conflicto. En las metáforas emplea­das por otras culturas, la luz está en lucha con la oscuridad, la vida con la muerte, lo bueno con lo malo, lo positivo con lo negativo; así, a lo largo y a lo ancho del mundo florece un idea­lismo que pretende cultivar el primero y verse libre del último. Para el modo de pensar tradicional chino, esto resulta tan incom­prensible como la existencia de una corriente eléctrica sin sus polos positivo y negativo puesto que el concepto de polaridad se basa en el principio de que + y -, norte y sur, son aspectos diferentes de uno, y el mismo sistema y la desaparición de uno de ellos significada la desaparición del sistema.

Se nos ha imbuido de un complejo sistema de relaciones que no comprendemos y, cuanto más estudiamos sus detalles, más incomprensible se nos vuelve, revelando aún más detalles sus­ceptibles de análisis. A medida que tratamos de comprender y dominar el mundo, este se aleja de nosotros. En lugar de irritarse ante esta situación, un taoísta se preguntara por su sig­nificado. ¿Qué es aquello que se aleja cada vez que es perse­guido? La respuesta es: tú mismo. Los idealistas (en el sentido moral de la palabra) consideran el universo como algo diferente y separado de ellos mismos, es decir como un sistema de objetos externos que necesita ser sometido. Los taoístas ven el mundo como algo igual o inseparable de ellos mismos; así, Lao-tzu po­día decir: «Sin abandonar mi casa conozco el universo entero»: Esto supone que el arte de vivir se asemeja más a la navegación que a la dominación, puesto que lo importante es conocer los vientos, las mareas, las corrientes, las estaciones y los principios de cre­cimiento y decadencia, de modo que en nuestros actos debemos utilizarlos en lugar de luchar contra ellos. En este sentido, la actitud taoísta no se opone a la tecnología en sí misma. Precisa­mente, los escritos de Chuang-tzu están plagados de referencias a la habilidad y la pericia perfeccionadas mediante ese impor­tante principio de «seguir la corriente». La, cuestión consiste, por lo tanto, en que la tecnología sólo es destructiva si está en ma­nos de personas que no comprenden que ellos y el universo son uno y el mismo proceso. Nuestra superespecialización en lo que se refiere a la atención consciente y al pensamiento lineal ha conducido al descuido, o a la ignorancia, de los principios básicos y ritmos de este proceso, cuyo factor principal es la polaridad.

 

 

 

El camino del Tao

Alan Watts

 

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OTOÑO

 

Por aquí y por allá

se   oye el murmullo de las cascadas

y  las hojas caen

 

Lluvias frías

hasta  el mono quisiera

un abrigo de paja

 

Más blanco que las piedras

de la montaña rocosa

el viento de otoño

 

Sol púrpura y ardiente

pero el viento

es de otoño

 

Adherida a un champiñón

la hoja

de un árbol desconocido

 

El sonido de la campana

se expande en la bruma

del alba

 

Sopa de arroz

oigo tocar el laúd

granizos sobre el tejado

 

Sopla el viento de otoño

pero  los erizos de las castañas

son verdes

 

Haiku de las Cuatro Estaciones

Matsuo Basho

 

 

 

MI ÚNICO GURÚ ES LA PERSONA QUE ME FASTIDIA

 

Para ello trazó claramente las líneas de ataque. Sin atajos, sin trucos fáciles o fórmulas prefabricadas, definió con trazos firmes el camino hacia la salud de la mente y la profundidad del espíritu. Incluso le dio un nombre: «sufrir para acabar de sufrir.» Es decir, usar el mismo sufrimiento para combatirlo y reducirlo en cuanto sea posible. La idea es paradójica una vez más, pero en sí misma es bien sencilla. El placer nos gusta y nos hace pasarlo bien, pero el placer no nos enseña nada. El sufrimiento sí. El sufrimiento siempre trae una lección consigo, y si sabemos ir aprovechándonos de esas lecciones según las vamos recibiendo en la vida, estamos en camino de madurez y desarrollo. Los obstáculos de ese desarrollo, lo tenemos ya bien dicho, son nuestros apegos, falsas ilusiones y condicionamientos adquiridos.

Lo que ahora hace el sufrimiento es descubrimos esos obstáculos ocultos a nosotros mismos. Cuando encuentro que algo súbitamente me molesta, quiere decir que algún apego, ilusión o condicionamiento ha sido tocado, por eso duele. Eso me da la oportunidad de descubrir ese obstáculo, sacarlo a la superficie y desentenderme de él. El sufrimiento moral actúa como el dolor físico. Cuando un diente me duele, me avisa de que se está formando una caries y tengo que ir al dentista. Si las caries no dolieran, pronto nos quedaríamos sin dentadura. Cuando algo duele, en el cuerpo o en el alma, nos avisa de la presencia allí de un agente maligno. El dolor lleva a la salud.

 

«La tragedia de nuestras vidas no es lo que sufrimos, sino lo que nos perdemos al sufrir. Nos perdemos la oportunidad de avanzar en la vida por el sufrimiento mismo. Avanzamos más cuando nos rechazan que cuando nos aceptan, porque el ser aceptados nos hace creer que todo va bien, mientras que el ser rechazados nos hace caer en la cuenta de que aún hay cosas en nosotros que hay que corregir. Mi único gurú es la persona que me fastidia, porque es quien me revela mis propias flaquezas.  Alégrate, pues, cuando sientes que se levanta en ti un sentimiento doloroso, porque, si le sigues la pista, te llevará más cerca de la liberación. Todo progreso espiritual tiene lugar a través del sufrimiento, con sólo que aprendamos a usar el sufrimiento para acabar con el sufrimiento. No os distraigáis cuando sufrís, no os pongáis a racionalizar el sufrimiento, a justificarlo, y menos intentéis olvidarlo o pasarlo por alto. La única manera de tratar con el sufrimiento es hacerle frente, mirarle fijamente a la cara, observarlo, entenderlo. ¿Qué falsa ilusión mía estaba escondida detrás de ese sufrimiento? ¿Qué asimiento de los de mi colección se ha visto amenazado al aparecer este sufrimiento en el horizonte? ¿Cuál de mis condicionamientos ha sido violado? Ahí está mi oportunidad dorada de conocerme a mí mismo, de corregir mis debilidades, de mejorar mi vida…


Ligero de equipaje

Carlos G. Vallés

foto:
http://solopixels.blogspot.com/

 

 

 

 

 

 

 

EL PUEBLO DE SABA

Hablando de tontería, me viene a la memoria la historia del pue­blo de Saba. Su tontería era, en efecto, contagiosa como la peste.

Saba era una gran ciudad, tan grande como las ciudades de que se habla en los cuentos para niños. Decimos cuentos para niños, pero estos cuentos son estuches de perlas que contienen muchas enseñanzas. Tomad en serio las palabras insensatas de los cuentos.

La ciudad de Saba era, pues, incomparable por su tamaño. Pero sus habitantes eran incapaces de apreciarlo. La distancia a recorrer para ir de un extremo de la ciudad al otro era inconmensura­ble. Sólo en esta ciudad se encontraba la población de una decena de ciudades. Esta población se componía en todo y por todo de tres personas de cara sucia. Aunque fuese innumerable, se resumía en estos tres banales personajes.

Uno de ellos era un ciego cuya vista era penetrante. Es decir, que podía ver una hormiga, pero que era incapaz de divisar a Salomón.

El segundo era un sordo cuyo oído era muy fino. Es como decir un tesoro sin oro.

En cuanto al último, era un hombre desnudo cuya túnica era muy larga.

El ciego dijo de pronto:

«Veo un ejército que se acerca. Puedo distinguir incluso de qué pueblo se trata.»

El sordo dijo a su vez:

«¡Tienes razón! Oigo el rumor de sus conversaciones.»

El hombre desnudo dijo entonces:

«¡Temo que desgarren la orla de mi túnica!»

El ciego añadió:

«¡Ya llegan! Tenemos que huir si queremos evitar ser capturados.»

El sordo:

«Su estruendo se acerca. ¡Huyamos lo más aprisa posible!»

El hombre desnudo:

«¡Socorro! ¡Van a destrozar mi túnica!»

 

El sordo es el deseo. Oye venir la decadencia de los demás, pero no la suya. El ciego es la ambición. Ve los defectos del pueblo hasta en el menor detalle, pero es ciego para los suyos. El hombre desnu­do teme que le corten la orla de su túnica, pero ¿cómo sería eso posible? El pueblo de esta tierra está arruinado, pero teme a los ladrones. Todos hemos llegado desnudos a este mundo y así es como lo dejaremos. Pero todos tememos a los ladrones. En el momento de la muerte, los ricos comprenden que no poseen un céntimo. Los hombres de talento sienten que han errado el camino. Son como esos niños que toman unos trozos de cerámica por bienes precio­sos. Si se les quitan, lloran. Y si se les devuelven, se alegran. El niño, hasta que es adulto, no distingue el bien del mal. Sus lágrimas y su risa no tienen valor alguno. Los aristócratas tiemblan por sus bienes como si los hubieran adquirido en sueños. Si se les desper­tase, se burlarían de su temor a los ladrones. Los sabios de este mun­do son semejantes. Temen a los ladrones y se quejan diciendo:

«¡Los ladrones derrochan nuestro tiempo!»

Pero el que cultiva lo verdaderamente útil no se preocupa del tiempo, pues el tiempo no existe para él.

 

150 cuentos sufíes

Rumi

 

LA AMADA DEL ENAMORADO


Un enamorado recitaba poemas de amor a su amada. Unos poe­mas llenos de lamentaciones nostálgicas. Su amada le dijo:

«Si esas palabras me están destinadas, pierdes el tiempo pues­to que estamos reunidos. ¡No es digno de un amante el recitar poe­mas en el momento de la unión!»

El enamorado respondió:

«Sin duda estás aquí. Pero, cuando estabas ausente, sentía un placer distinto. Bebía del arroyo de nuestro amor. Mi corazón y mis ojos se complacían. ¡Ahora, estoy frente a la fuente, pero está agotada!

—Realmente, dijo la amada, no soy yo el objeto de tu amor. Tú estás enamorado de otra cosa y yo no soy sino la morada de tu ama­do. El verdadero amado es único y no se espera otra cosa cuando se está en su compañía.»

 

150 cuentos sufíes

Rumi

EL TRAPO DEL YOGUI

Un joven yogui vivía al lado del río. Allí pasaba la mayor parte de su tiempo practicando yoga y meditando. Su vida era simple y libre de preocupaciones. Por no tener otras responsabilidades, el yogui podía pasar largos ratos sentado, contemplando con ojos cerrados la bella forma trascendental del Señor que se encuentra en nuestro corazón. Esta era su rutina y meditación diaria.

Un día, mientras estaba a las orillas del río el yogui lavaba su única prenda de ropa y única posesión, el trapo que usaba para cubrir sus partes íntimas. En la India al hacer tanto calor, poco más era necesario. Aun así mientras el yogui lavaba y secaba el trapo, tenía que estar desnudo y esperar a que este se secara. Un día mientras esperaba que se secara su trapo pensó, “Si tuviera otro trapo no malgastaría mi tiempo esperando a que este trapo estuviera seco. Podría vestirme enseguida después de mi baño.”

Justo en ese momento pasaba un sabio por allí. Un sabio con poder de leer el pensamiento. Él se paró y se dirigió al yogui. “Querido hijo, sé lo que tienes en mente. Quieres ganar tiempo. Pero escúchame cuando te digo que mejor que adquirir más posesiones es mejor conformarse con lo que uno tiene. Es mejor así.” Entonces el sabio le ofreció al joven sus bendiciones y siguió su camino.

 El joven yogui meditó profundamente en lo que le había dicho aquel sabio pero al final pensó que con un solo trapo más, no pasaría nada, no era demasiado desear. Así que fue al mercado y compró un trapo de vestir.

 Al día siguiente se bañó en el río como de costumbre, lavó su ropa y la tendió en una roca a secar. Después se vistió su nueva ropa y se fue a meditar. Más tarde, el yogui volvió a la roca a recoger su trapo seco. Al recogerlo de la roca el yogui se dio cuenta de que el trapo estaba lleno de agujeritos, mordidas de un ratón hambriento. El yogui estaba disgustado pero pensó, “Ya sé, me compraré un gato para que ahuyente a los ratones mientras se seca mi ropa.” Y así el joven yogui volvió al mercado a comprar un gato.

Al día siguiente el yogui pasó el día felizmente meditando hasta que cayó la noche. A esta hora el gato empezó a maullar, molestando al yogui. “Oh, el gato quiere leche, ” suspiró el yogui. Así que esta vez fue al mercado y volvió con una vaca. Todo iba tranquilamente hasta que de nuevo cayó la noche y la vaca comenzó a mugir. “¡No voy a ordeñar la vaca todos los días!”, pensó. “Se tarda mucho.”

Así que volvió al pueblo y allí le pidió a una joven que fuera su esposa. Ella podría ordeñar la vaca y dársela al gato, que mantendría alejado al ratón del trapo del joven yogui. Y así el yogui fue feliz un tiempo. Después vinieron los bebés… Hasta que un día su esposa le dijo, “necesitamos una casa.” Así que el yogui construyó una casa

Mientras pasaba el tiempo, el yogui fue meditando cada vez menos y preocupándose más y más. Estaba constantemente ocupado cuidando de su casa, su familia, que crecía, y sus animales. Algunas veces, cuando tenía un momento de paz, él solía recordar aquellos tiempos cuando no tenía ninguna preocupación y su única posesión era tan solo un trapo.

 Entonces un día, recordando aquellos tiempos de paz, de nuevo apareció el viejo sadhu que pasaba por allí. El sadhu sonrió y dijo, “Veo que estas pensativo, así pues te diré una vez más que es mejor contentarse con lo que uno tiene. Porque cuando se trata de querer o desear cosas, no hay fin.”

 

Relatos de la antigua India

Sólo cuando se lo libera del odio y del amor se revela plenamente

El camino perfecto no conoce dificultades excepto cuando se
niega a tener preferencias; Só
lo cuando se lo libera del odio y del
amor se revela plenamente y sin máscara; por una diferencia de una
décima de pulga
da se separan el cielo y la tierra. Si deseas verlo con
tus propios ojos no has de tener ideas fijas ni a favor ni en contra.

Entrar en el juego de lo que te gusta y lo que te disgusta esa es
la enfermedad de
la mente [ ... ] (El Camino) es perfecto como el
vasto espacio, sin ningún deseo, ni nada superfluo. Es a causa de
hacer elecciones que s
u talidad se pierde de vista [ ... ] Uno en Todo,
Todo en Uno. Si sólo esto es realizado, no te preocupes por no ser
perfecto.

Cuando la Mente y cada mente creyente no están divididas, y
son indivisas cada mente creyente y la Men
te, ahí es donde las palabras

fallan, porque no es del pasado, presente ni futuro.

La maleta del buscador

Maria Teresa Román